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A propósito de la muerte de Margaret Thatcher

Seremos de hierro más duro que el de la dama

Fuentes: La Vanguardia

Yo era joven (más o menos 20 años) cuando Margaret Thatcher puso en marcha con resolución férrea las imprescindibles reformas estructurales a principios de los ochenta tan necesarias para sanear la economía británica  y flexibilizar un rígido mercado de trabajo que, ya sabe usted, protegía a un segmento privilegiado de la fuerza de trabajo, hombres […]

Yo era joven (más o menos 20 años) cuando Margaret Thatcher puso en marcha con resolución férrea las imprescindibles reformas estructurales a principios de los ochenta tan necesarias para sanear la economía británica  y flexibilizar un rígido mercado de trabajo que, ya sabe usted, protegía a un segmento privilegiado de la fuerza de trabajo, hombres de abultada barriga que bebían pintas de cerveza cuando debían estar trabajando. O para  adelgazar a un estado obeso (bloated, solía decir ella) tras años de socialismo y keynesianismo insostenible; y reestablecer el incentivo de trabajar en un sistema de protección social infiltrada por tramposos minusválidos nada patrióticos que no entendían en qué consistía un buen día de trabajo duro. O privatizar las escleróticas empresas públicas en sectores como el ferrocarril lastradas por sindicatos reaccionarios e insolidarios  con otros de su misma clase. La dama de hierro  también hizo lo necesario para impulsar la nueva economía de los servicios, en lugar de esas viejas manufacturas de empresas anacrónicas como el automóvil Rover, los astilleros Cammel Laird en  Birkenhead, o los aviones de Havilland que realizaban actividades industriales que jamás podían ser viables en una economía avanzada del siglo XX. La hija del tendero fortaleció la gran City de Londres a través de los años del big bang que eliminó todas esas superfluas normas y reglas para el sector bancario y financiero, que tanto aporta al bienestar de nosotros británicos.

En aquel entonces yo, y casi todos mis amigos, reaccionamos con pavor y rabia contra el necesario programa de regeneración nacional de la dama de hierro. Eramos unos hooligans naifs sin cultura democrática pese a ser del país de Winston Churchill quizás por la deriva socialista de la enseñanza pública. O quizas tenía que ver con crecer en Liverpool, una ciudad aún bajo la sombra de los  sindicatos todopoderosos, nada representativos de las verdaderas aspiraciones de la clase baja y media británicas, deseosas de trabajar y mejorarse. Aquellos sindicatos eran grupos de interés gremial que  defendían salarios y condiciones laborales imposibles de mantener en la era de la globalización. Los estibadores organizados del puerto, por ejemplo,  que  se oponían  a  reformas necesarias como la casualización de la mano de obra descargadora, una imprescindible recuperación de los valores victorianos de trabajo duro y mano de obra flexible que, un siglo antes, habían convertido Liverpool en el gran puerto del imperio. Nosotros, jóvenes engañados por troskistas de Militant Tendencies, estábamos convencidos de que lo que hacía la señora Thatcher se trataba de un salvaje atentado contra todos los derechos sociales, laborales y democráticos logrados a lo largo de siglo y medio de luchas y de legislación progresista en el Reino Unido desde los años de las primeras asociaciones de trabajadores, el primer sistema de pensiones, la sanidad y la enseñanza pública y redes públicas de apoyo social finalmente  sistematizadas por el informe Beveridge de 1942, puesto en marcha al final de la Segunda Guerra Mundial por los laboristas de Clement Attlee. Ingenuos e indisciplinados, salimos a al calle a protestar, a veces , con mucha violencia, por ejemplo,  durante aquella huelga de los mineros retrógrada en 1984. Defendíamos a quienes se pelearon con la policía en las calles de Brixton, Toxteth, y Bristol en los  lamentables disturbios de la under class de 1982 y luego contra el impuesto poll tax, tan necesario para cuadrar las cuentas  del estado.  Perseguimos a diputados tories a veces hasta sus casas como auténticos  gamberros inconscientes de la gran tradición de la democracia británica, tan civilizada comparada con países que apenas conocían las libertades como España. Yo recuerdo una vez en el lobby de la London School encontrarme con Francis Pym el ministro de Defensa que había coordinado la heroica respuesta a los generales argentinos  en las islas Falkland. Y yo en aquel entonces era tan hooligan y carente de espíritu democrático  que le grité. «¡Pym!» y cuando me miró ,  añadí. «You’re a bastard!» ¿A quien le puede extrañar  que los patriotas de la National Front y el British Movement  saliesen con palos y pancartas que rezaban «You’re going the right way to traitors’ gate (vais bien encaminados a la puerta de los traidores) cuando hicimos aquella deplorable marcha anti guerra en 1982 desafiando a la valiente dama? Nos comportábamos más como anarquistas españoles en aquellos años que como sujetos británicos formados con el ejemplo de grandes instituciones como  la Cámara de los Comunes y los Lores, y la noble City londinense con sus venerables beefeaters y merchant banks (bancos de inversiones) y sus ejecutivos con bombin y trjaes a rayas pin stripe.. Sin  olvidar a la magnífica Reina  Isabel tan admirada como la señora Thatcher ( que en algun momento adoptaría también  la primera persona plural «we» de la monarca),  una sociedad que entendía y aun entiende que la nación debe tener su referente por encima del ciclo electoral. Imagínese aquella letra de los Sex Pistols, God save the queen , the fascist regime! que hasta llegó al número uno de los cuarenta principales debido a nuestra perversión cultural juvenil, patología  que pronto seria corregida con la ayuda de Mrs Thatcher. En aquel jubileo para conmemorar el aniversario 25 de Elizabeth II, íbamos con chapas lamentables y violentas que decian Stuff the jubilee! 

Ahora, como residente de la España de Mariano Rajoy y del Partido Popular apoyado en su programa de necesarias reformas estructurales y de flexibilización laboral por la disciplina de los mercados de bonos y del Bundesbank alemán, sé que todo eso era y es imprescindible para competir en la economía global . Entiendo que no se puede tolerar que jóvenes salgan a la calle e intimiden a los valientes políticos que defienden la necesidad de que quienes, (gracias a la generosidad liberalizadora  de los discípulos  españoles de la dama de hierro y de su programa de privatización de viviendas públicas) hayan comprado una vivienda con hipoteca, sean responsables y reembolsen todo al banco. Ya entiendo la importancia para países como España ahora del heroico ejemplo de la dama de hierro y su lucha contra la cultura de la dependencia y contra los estafadores de familias sin trabajo -muchas de ellas inmigrantes- que pretenden  robar a nuestros contribuyentes cobrando  pensiones y prestaciones.  Ahora sé que Mrs. Thatcher no destruyó una sociedad y una economía sino que regeneró una Gran Bretaña entonces en decadencia, necesitada de violentos ajustes estructurales. Ahora sí , verdaderamente «great» de nuevo, la Gran Bretaña compite a en la economía global. Y este mismo reto ahora lo afrontan -basandose en el ejemplo de la great lady – sus discípulos del barrio de Salamanca, vestidos, quizas por respeto y admiración, del mismo blazer inglés con escudo de Kings College, portando el mismo juego de palos de golf que los que solía llevar el entrañable marido de la señora Thatcher, Dennis.

No haga caso, pues, a nadie que ponga en duda que la dama dejase una economía saneada y competitiva. No haga caso a quienes quisieran mancillar su herencia destacando la pérdida enorme de cuota de mercado de las empresas exportadoras británicas pese a una libra permanentemente floja; o la destrucción de la base manufacturera británica; la dependencia de la economía de una corrupta élite financiera cuyo negocio se fundamenta en  los trucos tributarios de un camuflado paraíso fiscal  y una ausencia de regulación preventiva que, en el 2008, hundió la economía mundial. No haga caso a quien destaque los constantes problemas por la balanza de pagos británica; una economía cuya salud depende de un sector de la vivienda volátil y de un enorme endeudamiento privado; el cero crecimiento británico registrado desde hace cinco años y el miedo a una recesión triple dip (de tres bajones) o una deuda pública que crece como la espuma  pese a la austeridad salvaje  y tipos de interés  muy bajos. No hagan caso a sociólogos que resalten el duro impacto social y cultural de un aumento de la desigualdad de renta sin igual en Europa en los 20 años de Thatcher y gobiernos tory post Thacher. Ni la concentración de la pobreza infantil en familias sin trabajo cuyo coste presupuestario persistente ahora justifica la final solution de recortes definitivos de sus prestaciones sociales. No se deje llevar por las primeras impresiones cuando coja un tren británico. No haga caso a periodistas  como Martin Wolf en un Financial Times que ya no es lo que era o Larry Elliot, de The Guardian  en su nuevo libro Going south, que describe un declive imparable desde los años Thacher .

Ahora que entiendo que era necesario aniquilar aquel pueblo para salvarlo; desmantelar la economía y la sociedad  británica para prepararla  para la dura competencia global del siglo XXI, entiendo también lo que se esta haciendo en España en esta gran oportunidad que otros llaman crisis. Pero, quisiera hacer alguna matización respecto a  los métodos de la dama de hierro aplicados en un régimen de cero flexibilidad cambiaria,  y ortodoxia macroeconómica  como la zona euro. Lo digo tras mantener una conversación la semana pasada con Patrick Minford, ex asesor económico de Mrs Thatcher en los años ochenta después de una conferencia en la Fundación Rafael del Pino de Madrid. Minford advirtió que aunque los  cerebros económicos del thatcherismo, en aquel entonces, sabían que hacía falta ser duro, muy duro para romper a esos «intereses creados» sindicales y esa cultura de la dependencia, no le parecía nada aconsejable ser tan durísimo como el gobierno español en el contexto de la crisis del euro. «Mi posición siempre ha sido la siguiente: haz una fuerte devaluación que cree un entorno de crecimiento y esperanza y luego ya puedes hacer las tareas pendientes», dijo. Aplicar soluciones thatcherianas sin disponer de herramientas macroeconómicas para reactivar la economía, como una divisa que puede devaluarse, una política monetaria expansiva o recortes de impuestos, es muy peligroso, me advirtió Minford. «¿Aguantará la sociedad?», preguntó. Los economistas thatcherianos, prosiguió, «infravaloramos hasta dónde están dispuestos a llegar en Europa sin tirar la toalla. Recuerda un poco al militar que posiciona las tropas con el río atrás para que no haya posibilidad de retirada». Ni la señora Margaret TINA (There is no alternative) cerraría todas las vias de escape, vino a decir. Aunque no haya masacre en la orilla del río, «supondrá años décadas de estancamiento y paro. Va a ser una historia de terror. Más austeridad, bajo crecimiento y cada vez mas regulación», prosiguió. Es decir que,  Minford quizás se sentía honrado de ser uno de los padres intelectuales de los thatcherianos del PP: ¡Muy bien que España y la europeriferia quieran seguir a la dama de hierro en sus reformas, con toda esa disciplina victoriana y blazeres de Oxford!  Jolly well done! Pero, cuidado amigos españoles, habría añadido. Porque hacerlo en la periferia encorsetada y deprimida de la zona euro sin crecimiento, sin herramientas de expansión macroeconómica y sin la posibilidad de aprovechar devaluciones para suavizar el trago venenoso de la austeridad, lo que se avecina va a ser aun más doloroso, más desesperanzador,  más violento, para los españoles de lo que fue en el Reino Unido en los ochenta. «Es algo que creo que siempre entendía Margaret Thatcher», me dijo Minford. «Que para hacer las reformas, hace falta la esperanza».

Fuente: http://blogs.lavanguardia.com/diario-itinerante/?p=1822