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Entrevista con Irina Scherbakowa, ex profesora de Historia en la Universidad de Moscú

«Stalin funciona como pantalla de proyección»

Fuentes: Sin Permiso / TAZ

La historiadora Irina Scherbakova, entrevistada por Stefan Reinecke para el diario taz, sobrpor qué Stalin vuelve a ser visto en Rusia como un líder fuerte mientras sus crímenes pasan a un segundo plano.

¿Hay en la sociedad rusa un renacimiento de Stalin?

Irina Scherbakova: En general puede decirse que no. La sociedad rusa está profundamente dividida. Lo muestran, también, las fuertes discusiones existentes en torno a la figura de Stalin. Una parte de la sociedad rusa vuelve a celebrar a Stalin como símbolo de la Unión Soviética, de un estado fuerte.

¿Qué es lo que fascina en el 2012 de Stalin?

El culto a la personalidad de Stalin ha de considerarse históricamente. Ya en época de Brézhnev apareció la imagen de Stalin como contrapunto vital a un politburó senil. Algo parecido ocurrió en los noventa durante la era Yeltsin, cuando el estado era débil y la ola de privatizaciones fue para muchos una catástrofe. A mediados de los noventa Stalin se convirtió en una pantalla de proyección para los deseos de la población de un líder fuerte, algo que puede considerarse como un impulso nostálgico.

¿Qué aspecto tiene la imagen de Stalin con Putin?

Putin se presentó a sí mismo desde el comienzo como un dirigente fuerte. La democracia y la libertad de prensa no juegan en esa presentación ningún rol, mientras que se otorga al patriotismo y la imagen de una Rusia fuerte una gran importancia. Durante la legislatura de Putin éste fue cada vez más nuestro discurso histórico, que podría resumirse tal que así: pongamos punto y final a la presentación negativa de nuestro pasado, veamos lo positivo en nuestra historia. Así lo formuló el propio Putin. Un papel clave en este discurso lo juega, en consecuencia, la victoria en 1945 en la Gran guerra patria, con Stalin como supuesto artífice de esta victoria.

¿Los crímenes del estalinismo pasan de ese modo a un segundo plano?

No sólo pasan a un segundo plano, sino que desaparecen o son relativizados hasta hacerlos irreconocibles. Pero el mito de Stalin se alimenta hoy de otras causas, concretamente de la insatisfacción con el presente. Para muchos rusos los gobernantes actuales hacen como si fueran fuertes y patrióticos, pero en realidad son corruptos, tienen su dinero en el extranjero y envían a sus hijos a las mejores escuelas británicas. Stalin es en esta fantasía la imagen completamente opuesta a esta élite, un dirigente popular modesto, sencillo, auténtico.

¿Es por ese motivo tan difícil reconocer los crímenes del estalinismo?

El motivo principal es que no hay ninguna narrativa para el estalinismo, en cualquier caso ninguna narrativa sencilla. En el estalinismo no es fácil distinguir con frecuencia a las víctimas de los criminales, que a menudo se convirtieron en víctimas, y eso realmente es lo que caracteriza al sistema: que cualquiera podía llegar a convertirse en una víctima de él. Todos eran hasta cierto punto parte del sistema. Hubo víctimas que terminaron en el gulag y continuaron en él siendo firmes partidarios de este sistema.

No hay, pues, a diferencia de otros crímenes colectivos, como el genocidio, una identidad colectiva como víctimas.

 Exacto. Tome el ejemplo del conocido mariscal Tujachevski. En 1921 reprimió brutalmente las insurrecciones campesinas y la revuelta en Kronstadt. Ese mismo año se convirtió en la cabeza visible del Ejército rojo. En 1937 fue ejecutado por Stalin durante el Gran terror. ¿Tujachevski es criminal o víctima? Ambas cosas. ¿Qué ocurre con los agentes del NKVD [servicios secretos, anterior al KGB, N.T.] que asesinaron y torturaron y acabaron ellos mismos siendo torturados y asesinados? Sus familias, sus hijos y sus nietos los consideran víctimas. En un cierto sentido lo son, pero que también fueron autores de crímenes brutales es algo que, hasta el día de hoy, es relativizado. Hubo cientos de miles de personas que en las reuniones de los colectivos de trabajo durante el Gran terror simplemente aprobaron lo que sucedía y reclamaron la muerte de los llamados enemigos del pueblo. Por miedo, por adaptación al sistema o por convicción.

¿Era un sistema que convertía a prácticamente todo el mundo en sus defensores y potenciales víctimas?

 Sí. Aunque muy, muy debilitada, también se daba esta constelación en la RDA [República Democrática Alemana]. También allí muchos se sintieron como víctimas del sistema aunque, al mismo tiempo, participasen de él, en parte como autoprotección. Esta frontera borrosa aumenta en el estalinismo enormemente debido a la hipocresía, algo que quizá no hubo en el nacionalsocialismo. En el nacionalsocialismo hubo mentiras. Goebbeles se convirtió en el símbolo de estas mentiras propagandísticas. Pero cualquiera que tuviera interés en conocerla sabía cuál era la doctrina racista de los nazis. En la Unión Soviética, por el contrario, el Terror estuvo encubierto por una monstruosa hipocresía. Porque se reverenciaba la solidaridad, la liberación de la humanidad, el internacionalismo. Esta dicotomía entre el ideal oficial y el crudo terror llegó al absurdo en los testimonios de los procesos de Moscú de los años treinta, en los cuales las víctimas justificaban su propia condena a muerte.

Sólo existen unas pocas imágenes de los crímenes del estalinismo. ¿Qué significa eso para la memoria colectiva?

Es un problema difícil. Nos hemos acostumbrado a visualizarlo todo. Sobre todo los jóvenes necesitan imágenes, mucho más que antes. Lo literario, el que yo crecí, ha perdido importancia. Los libros jugaban para nosotros un gran papel. En 1974 leí, o mejor dicho devoré, Archipiélago Gulag de Solzhenitsyn. Además, en mi generación muchos conocían muchos testimonios directos o a los hijos de los asesinados o encarcelados. Este recuerdo familiar directo desaparece y lo hace cada vez más. Sin embargo hay algo interesante que en Europa occidental apenas es tenido en cuenta…

¿Concretamente?

 En la memoria familiar en Rusia hay un tipo de recuerdo mítico deformado de la época del Terror de Stalin. La diferencia entre el gulag y la vida «normal» a menudo no era demasiado grande. El hambre, el frío, la pobreza y los barracones eran algo típico en la vida diaria de muchas aldeas rusas. El recuerdo de esta pobreza extrema es un componente de la memoria familiar en Rusia. En cierto modo el recuerdo del gulag ha quedado anulado por él, queda eclipsado por esta mitificación. Un lugar común es, por ejemplo, el recuerdo de un bisabuelo que era un campesino próspero y más tarde fue expropiado y encarcelado. O la memoria de una vida dura y caracterizada por las privaciones, la opresión y la violencia, al mismo tiempo que se dice que Stalin fue un dirigente bueno y sabio. Éstas son las paradojas de la sociedad rusa, de su división, y a menudo también de la conciencia histórica patriarcal.

… en la que vuelven a aparecer la ambivalencia entre víctima y autor de los hechos del estalinismo.

Ésa es la cuestión clave, a la que se vuelve una y otra vez. Considere por ejemplo a Yeltsin. Su padre fue deskulakizado, esto es, expropiado, encarcelado y condenado a un gulag. A pesar de ello -o quizá debido a ello, y con redobladas fuerzas- Yeltsin se labró una carrera en el partido. Con Gorbachov ocurre algo parecido. Su bisabuelo también fue arrestado.

¿El culto a Stalin ha de tomarse en el 2012 en serio o es un fenómeno pop?

Yo no hablaría de culto a Stalin. Según las encuestas, el 30% de la población considera a Stalin una gran figura de la historia, pero a sólo unos pocos, un 3%, le gustaría vivir en aquella época. Sí, la imagen mediática de Stalin se ha convertido en un fenómeno ‘pop’. El estalinismo se asocia para muchos a algo horroroso y sangriento, la acción y el mal. En comparación, una vida civil normal se presenta como algo bastante insípido. La televisión rusa vive en buena medida de ello. Hay un sinfín de series de televisión en Rusia ambientadas en la década de los treinta. Estas series no son incondicionalmente proestalinistas, pero trivializan el pasado, lo convierten en algo kitsch. En Alemania se dice a menudo que los documentales de Guido Knopp banalizan el nazismo. Imagínese a Guido Knopp elevado al cuadrado y como ficción y entonces tendrá usted una idea del aspecto de estas series ambientadas en la época de Stalin. Con todo, parece que la televisión comienza a cansarse de Stalin. El incentivo de romper un tabú ha desaparecido.

¿Hay en Moscú lugares que recuerden a las víctimas de Stalin?

 Muy pocos. Hay una placa en memoria del mariscal Tujachevski en la casa en que vivió. Sin embargo no se menciona el motivo por el que murió en 1937. Esto ocurre a menudo. Las casas en que se planearon y llevaron a cabo los asesinatos apenas tienen placas que lo recuerden. Nosotros, la organización del memorial, hemos luchado durante mucho tiempo para que la sede del Colegio militar del Tribunal Superior, donde más de 30.000 personas fueron condenadas a muerte en procesos rápidos, se convierta en un museo. En su lugar se quiso construir un centro comercial. Al final conseguimos que la casa se declarase patrimonio histórico. Pero no existe nada parecido a la «Topografía del terror» de Berlín. La resistencia contra todo lo que recuerda al terror de Stalin, a los museos, monumentos o placas, es enorme. La Lubyanka, donde miles de personas fueron torturadas y asesinadas, sigue siendo, hoy como ayer, la sede de los servicios secretos rusos, el FSB.

¿Es un símbolo de que la psicopatología del estalinismo se extiende hasta el presente?

 Para una parte de la sociedad, sí. Stalin sigue siendo para muchos un símbolo de una época mejor, una época en la que Occidente temía al imperio soviético. En el fondo no se encuentra más que un sentimiento de inferioridad profundamente arraigado. En parte se trata de una fantasía de venganza adolescente y en parte de sumisión patriarcal. Creo en cualquier caso que con las protestas contra Putin ha comenzado algo nuevo. Debido al reparto sumamente injusto de la riqueza contamos en Rusia, como ocurre también en Europa occidental, con un movimiento de izquierdas en auge. Pero se trata de una izquierda que nada tiene que ver ya con Stalin. Eso muestran también las encuestas: quien es joven y tiene una formación no es ya receptivo a una imagen positiva de Stalin. Ésa es nuestra esperanza.

Irina Scherbakowa es profesora de Historia en la Universidad de Moscú.

 

Traducción para www.sinpermiso.info: Àngel Ferrero

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