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Tailandia: El temor a perder el poder

Fuentes: Gara

Septiembre de 2006. El entones primer ministro, Thaksin Shinawatra fue depuesto por un golpe militar que contó con el beneplácito del palacio real. Tras meses bajo la dirección de los golpistas, las nuevas elecciones reprodujeron una situación similar. Los candidatos apoyados por Thaksin desde el exilio logran la mayoría. A lo largo de 2008, se […]

Septiembre de 2006. El entones primer ministro, Thaksin Shinawatra fue depuesto por un golpe militar que contó con el beneplácito del palacio real. Tras meses bajo la dirección de los golpistas, las nuevas elecciones reprodujeron una situación similar. Los candidatos apoyados por Thaksin desde el exilio logran la mayoría. A lo largo de 2008, se han sucedido las maniobras y conspiraciones golpistas de una alianza política, que históricamente ha manejado las riendas del poder y que está formada por monárquicos, la extrema derecha política y buena parte del engranaje militar y judicial, sin olvidar a las clases económicas mejor situadas que, a su vez, dominan los medios de comunicación tailandeses.

La sucesión de acontecimientos deja entrever una clara división política, económica y regional. Pocos dudan de que las clases más favorecidas del país se sienten molestas por el giro populista que ha tomado Tailandia. Para los cuadros militares, empresarios y para la monarquía, la voluntad popular no puede ser respetada si ésta pone en peligro sus privilegios.

«Los votos y la democracia sirven si acompañan a mis intereses», podría ser el lema de muchos de los ardientes defensores del sistema democrático al estilo occidental. La voluntad popular es respetable si coincide con los intereses de las clases dominantes, si no, siempre se puede acusar de populismo a los nuevos gobernantes o poner en marcha los mecanismos destinados a producir un golpe de estado o generar una situación ingobernable que provoque la convocatoria de elecciones.

En el caso de Tailandia, las fuerzas reaccionarias han jugado esta baza desde hace algunos años, y cada ilegalización o golpe militar, lejos de generar los resultados esperados por los golpistas, han significado el refuerzo de las posturas que impulsan un cierto cambio político y social. Lo que parece más que evidente, detrás de la máscara turística y monárquica que envuelve a Tailandia, es que nos encontramos ante «una frágil democracia». Un sistema donde los militares no se han privado de intervenir, donde la monarquía siempre sale victoriosa y donde la exclusión de los más desfavorecidos permite el mantenimiento de un status quo alejado de cualquier parámetro medianamente democrático.

La lucha entre los partidos se ha demostrado una lucha por acercarse a los círculos del poder. La élite política ha estado acostumbrada a jugar bajo esas reglas del juego, y cualquier cambio o interferencia, sobre todo, si supone la pérdida del control, ha generado las múltiples maniobras golpistas y conspirativas de las últimas décadas.

La división política va pareja a una creciente división territorial. Las tensiones regionales no son nuevas, pese a que los diferentes gobiernos hayan pretendido ocultarlas utilizando la figura «unificadora» del monarca y, en ocasiones, la mano de las Fuerzas Armadas, aliadas históricas del palacio real. Durante años, se ha buscado crear un modelo unitario en torno al sentimiento «tailandés» con Bangkok como modelo, pero sin incorporar las diferencias y demandas de la periferia.

Los reinos centrales de Tailandia se han recogido en los textos de enseñanza, mientras que otras realidades se han ocultado intencionadamente, generando desconfianzas y rechazos. Dentro de las actuales fronteras, el papel de algunos reinos -Lanna, al norte, el sultanato de Patán al sur o la influencia del reino de Lao- ha sido menospreciado o ignorado. Desde Bangkok se ha buscado «erosionar sistemáticamente los vestigios de esos reinos independientes».

El futuro de Tailandia pende de un hilo y son muchos los que se preguntan qué pasará tras la salida de los turistas occidentales. La lucha por el poder entre las élites locales, la credibilidad democrática de unas instituciones (militares, políticas y judiciales) presas de la defensa de unos determinados intereses y la grieta entre le centro y la periferia son lo suficientemente importantes como para poner en duda el futuro. Las fuerzas reaccionarias solicitan la convocatoria de nuevas elecciones, con la esperanza puesta en la ilegalización del partido gobernante. Sin embargo, éste ya ha movido ficha, y guarda en la recámara un nuevo partido político, Puea Thai, que, según los sondeos, volvería a ganar las elecciones con el apoyo de las clases rurales y urbanas más desfavorecidas, que componen la mayoría del país.

Frente a ello, las fuerzas más reaccionarias -monárquicas, empresariales y militares- apuestan por un sistema «democrático» donde la mayoría de la población queda excluida, ya que para esos actores, «las masas son demasiado ignorantes para decidir el rumbo del país».

El colapso que puede afrontar Tailandia con la huida del turismo y la paralización de los sectores económicos, unido a la crisis financiera mundial, ha comenzado a agrietar las filas opositoras, más dispuestas a defender sus intereses que a luchar por transformaciones sociales. Los rumores de golpes militares y judiciales han aumentado, pero probablemente ni unos ni otros servirán para cambiar la decisión de la mayoría de la población, cansada de soportar la sucesión de gobiernos de las clases dirigentes. Las divisiones dentro de los militares y la oposición -entre quienes están dispuestos a provocar el caos general y aquellos que se resisten a perder beneficios como el turismo- hacen más difícil aventurar el futuro.

Los movimientos de estos días están dirigidos a provocar una intervención militar o del palacio real, pero las divisiones son cada vez más evidentes y las clases más pobres del norte y noreste, y los musulmanes del sur difícilmente aceptarán una repetición del guión golpista.

Las miradas se centran en los militares. Como bien señala un académico local, «el papel de los militares es evidente, cómo entender si no la toma de los aeropuertos, instalaciones de alta seguridad controladas por ellos». Nadie oculta el silencio cómplice del palacio real y, en cierta medida, el de las cancillerías occidentales que no se han manifestado tan firmes como lo han hecho en otras ocasiones.