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Unión Europea – Euro: Por un plante urgente y lo más amplio posible

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Cuando se habla de Europa, es muy fácil escuchar argumentos basados en el blanco o negro: o estás a favor del actual sistema Unión Europea – Euro (UE-Euro) o haces el juego a la ultraderecha euroescéptica. Y es que, a pesar de la dura realidad que vivimos desde hace tiempo, todavía no nos hacemos a […]

Cuando se habla de Europa, es muy fácil escuchar argumentos basados en el blanco o negro: o estás a favor del actual sistema Unión Europea – Euro (UE-Euro) o haces el juego a la ultraderecha euroescéptica. Y es que, a pesar de la dura realidad que vivimos desde hace tiempo, todavía no nos hacemos a la idea de que aquellas esperanzas que nos vendieron para entrar se han frustrado y que lo que nos queda ahora es una enorme trampa.

La construcción de la unidad europea surge con el objetivo de evitar episodios horribles como las guerras mundiales que padeció Europa en la primera mitad del siglo XX. Aunque desde el principio el enfoque fue predominantemente económico, en la fase inicial también hubo posiciones favorables a una unidad política que pudiera compensar, al menos en parte, los efectos favorables al capital derivados de la unión económica. Sin embargo, desde finales de los 70, el huracán neoliberal se extendió por Europa y, a partir del Acta Única Europea de 1986, se abandonó la idea de unidad política y todo se centró en el mercado interior. Años más tarde, el Tratado de Maastricht de 1992 sentó las bases de la Unión Europea que tenemos hoy.

Dejando aparte la idea originaria de la paz, las ideas fuerza que nos vendieron para justificar la entrada fueron fundamentalmente tres: más democracia, más Estado Social (ES), y más convergencia e igualdad. Si en algún momento pudimos pensar que quizás estas promesas podían ser ciertas, el estallido de esta crisis ha dejado al descubierto el enorme monstruo que se fue generando en Europa durante los últimos 20 años. Veamos brevemente el comportamiento de cada una de estas ideas fuerza.

En primer lugar, esta UE-Euro es muy poco democrática. Sólo participa la ciudadanía en la elección del Parlamento Europeo, una institución sin capacidad de elegir y controlar al poder ejecutivo y con muy pocas competencias legislativas. El resto son instituciones burocráticas que no rinden cuentas ante nadie y mucho menos ante la ciudadanía. No hay separación de poderes (la Comisión Europea ejerce funciones ejecutivas y legislativas) y el Banco Central Europeo (BCE) es independiente de cualquier control político. Ningún hito importante, salvo la frustrada constitución, se ha presentado a debate y decisión de la ciudadanía. Se han destituido y nombrados a dedo gobiernos en Grecia e Italia…

En cuanto al Estado Social, se puede afirmar que la UE-Euro es un proyecto de insurrección del capital frente al ES europeo. Entre las décadas 50 y 70 del siglo pasado, se desarrolló en los países europeos un ES relativamente amplio y los neoliberales tenían muchas ganas de desmontarlo. Para que exista un Estado Social es imprescindible que, además de la unidad comercial y monetaria, que favorecen al capital, haya también unidad fiscal y política. Sin ellas, no es posible la máxima redistributiva de que pague más quien más tiene y reciba más quien más necesite. Y eso es precisamente lo que pasa en esta UE-Euro: no existe un sistema fiscal y unas normativas laborales y sociales comunes (cada país tiene las suyas) y, además, tenemos un presupuesto muy insuficiente. Por tanto, estamos ante un paraíso del capital, ya que además de moverse y campar a sus anchas, puede chantajear a los estados exigiendo que se igualen a la baja tanto impuestos como normativas laborales, sociales…

Por último, en lugar de promover una mayor convergencia, esta UE-Euro ha aumentado la brecha entre países y personas. En primer lugar, por la ausencia de funciones de estímulo económico, lucha contra el paro y la especulación, y de prestamista directo de los estados, en el BCE. En segundo lugar, porque la fuerte apreciación del euro ha perjudicado sobre todo las exportaciones de los países periféricos, mucho más sensibles a los precios. Por otro lado, porque tanto la apreciación del euro como el régimen normativo-institucional han generado en su interior un sistema «centro – periferia» que es el que ha producido los principales desequilibrios, debido a una especialización productiva favorable a los países del centro, con actividades de mayor valor añadido y otras ventajas comparativas. Por ejemplo, los intercambios comerciales entre Alemania y España han tenido enormes saldos a favor de Alemania, llegando el déficit de la balanza por cuenta corriente española al 10% en 2007 (nunca superó el 4% con la peseta). Mientras duró la burbuja inmobiliaria, esto fue funcional, pero cuando explotó, nos quedó una deuda exterior acumulada de 2,3 billones que jamás se podrá pagar.

¿Qué opciones tenemos en una situación tan complicada? Se podrían resumir en tres. La primera sería aguantar como estamos y esperar a ver si se acaba la pesadilla. Resulta claro que esta opción supone resignarnos a un desastre social, económico y político cada vez mayor. La segunda se basaría en plantear los cambios a hacer para construir una Europa social y esperar a ver si a alguien los hace. Estos cambios consistirían en unas reglas de juego radicalmente diferentes: instituciones democráticas, separación de poderes, un BCE con todas las competencias de un Banco Central y controlado por el Parlamento… Además, a la unidad comercial y monetaria se debería añadir la fiscal y la política, con un presupuesto suficiente y una armonización laboral y social. Por último, los países del centro deberían cambiar sus modelos de crecimiento para enfocarlos más al consumo interno y equilibrar sus balanzas por cuenta corriente.

Tanto los poderes económico-financieros como los países del centro se van a oponer con uñas y dientes a una Europa de esas características. Con la correlación de fuerzas actual sería iluso pensar que la élite europea se puede compadecer de quienes estamos en desventaja. Como también sería absurdo adoptar una actitud de espera hasta que maduren las condiciones en el conjunto de Europa. Por tanto -y esta es la tercera opción-, el requisito fundamental para conseguir una Europa social pasa por un fuerte cambio en la correlación de fuerzas, empezando por los países de la periferia. Este debería ser el objetivo fundamental. Para ello, propongo dejar en segundo plano la disputa sobre si quedarse o salir del euro, y adoptar una estrategia de unidad y plante en base a lo que hoy tenemos más consenso para el plante: deuda, políticas de austeridad y cambio de las reglas de juego. Eso sí, dentro de ese acuerdo deberíamos asumir la posibilidad tanto de una eventual expulsión de la Eurozona (e incluso de la UE) como de una decisión de salida. Este acuerdo: a) debería abarcar a todas las fuerzas, movimientos y personas de todos los pueblos del Estado que queremos realmente una Europa social; b) se debería extender a todos los países de la periferia europea; y c) debería completarse con todos los apoyos posibles del resto de países europeos.

La grave situación que vivimos no admite demoras. Urge salir de la trampa en la que estamos y eso sólo lo podremos conseguir si nos unimos y nos plantamos juntos. Como siempre.

Javier Echeverría Zabalza es miembro de Attac Navarra-Nafarroa

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de los autores mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes