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Una historia de amor y lucha

Zelaya sigue en el Palacio Presidencial

Fuentes: Rebelión

El periodista Pablo Ordaz escribía el pasado domingo 27 de septiembre en El País una curiosa historia sucedida en al Casa Presidencial de Honduras, hoy tomada por los golpistas que desalojaron a Manuel Zelaya. Una historia repleta de humanidad, digna de las que suele recoger Eduardo Galeano y que, a la espera de que él […]

El periodista Pablo Ordaz escribía el pasado domingo 27 de septiembre en El País una curiosa historia sucedida en al Casa Presidencial de Honduras, hoy tomada por los golpistas que desalojaron a Manuel Zelaya. Una historia repleta de humanidad, digna de las que suele recoger Eduardo Galeano y que, a la espera de que él se decida, conviene que la recordemos nosotros

Según cuenta, el día del golpe los militares encontraron en la vivienda una estatua del presidente, la airearon como prueba de que Zelaya quería mantenerse en el poder y así pretendieron justificar su asonada militar, después la abandonaron en un oscuro almacén.

Ahora, tres meses después de que los militares se llevaran a punta de fusil y en pijama al presidente constitucional, el periodista termina entrando confundido al lavabo de señoras y se encuentra nada menos que la citada estatua. Comienza a buscar el motivo de tan extraño destino y lo encuentra en la explicación que le dan las señoras de la limpieza: «Porque las mujeres somos más pacíficas que los hombres y aquí nadie le va a hacer daño a la estatua del señor presidente. Aquí lo tenemos protegido. De estar en otro sitio, se lo llevarían tal vez para quemarlo».

Ellas le cuentan al periodista que «el señor presidente siempre se portó bien. No era orgulloso. Se paraba y charlaba con nosotras. Como a los demás trabajadores del país, a nosotras también nos subió el sueldo mínimo un 50%. Pero se retrasó tres meses, y se lo dijimos, y lo arregló. Y si una tenía un problema, lo paraba y se lo decía. Y él escuchaba».

Esas veinticinco mujeres de la limpieza que trabajan en el edificio son la metáfora de las clases humildes de cualquier pueblo, gentes que aman a los gobernantes justos y sencillos que se ponen de su lado. Los pobres y los humildes se mueven cotidianamente entre los ricos, pero son invisibles para ellos, por eso pueden preparar y gestar lentamente revoluciones y proteger a sus líderes en los más sorprendentes santuarios. Hasta un tocador de señoras puede ser el lugar donde mantener resguardada la llama de la esperanza para, el día menos esperado, inundar con ella todo un país.

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