A diferencia de lo que ocurrió en 2003 con su oposición a la invasión de Irak, Francia ha adoptado una postura complaciente respecto a la ofensiva de Israel y Estados Unidos contra Irán.
“Lo dice un viejo país, Francia, de un viejo continente como el mío, Europa, que ha conocido las guerras, la ocupación y la barbarie. Es un país que no olvida y sabe lo que debe a los combatientes de la libertad procedentes de América y otros lugares. Pero que se mantiene en pie ante la Historia y ante los hombres”. El entonces ministro de Asuntos Exteriores francés, Dominique de Villepin, concluyó con estas palabras su recordado discurso con el que su país se opuso a la invasión de Irak en el Consejo de Seguridad de la ONU. Era el 14 de febrero de 2003 y París no dudó en denunciar la temeridad de esa “guerra preventiva” impulsada por los Estados Unidos de George W. Bush.
Más de dos décadas después, Francia ha adoptado una posición mucho más timorata respecto a otra ofensiva bélica innecesaria y temeraria: la iniciada por Israel y Estados Unidos contra Irán. A diferencia de Bush en 2003, el actual inquilino de la Casa Blanca, Donald Trump, no ha buscado el amparo de Naciones Unidas. Su guerra es ilegal y lo asume abiertamente. Pero eso no es suficiente para que el presidente francés, Emmanuel Macron, la condene. Desde que Washington y Tel Aviv asesinaron el 28 de febrero a Alí Jamenei, líder supremo del régimen de los ayatolás, París ha sido incapaz de oponerse abiertamente a este sin sentido belicista.
Macron ha recurrido a uno de sus habituales juegos de equilibrista. Durante un discurso a la nación el 3 de marzo, reprochó a Trump y Netanyahu que hubieran actuado “fuera del derecho internacional” con los primeros bombardeos. Pero al mismo tiempo acusó a Irán (país atacado) de ser “el principal responsable” del conflicto debido a “su programa nuclear peligroso y sus capacidades balísticas inéditas”. Es decir, reprodujo la propaganda de Washington. Una ambigüedad que ha contribuido a la escasa relevancia de Francia en la resolución del conflicto.
La tibieza de Macron es sinónimo de la pérdida de influencia internacional de su país. Aunque el jefe del Estado galo presume de haber adoptado una posición equilibrada reproduciendo la tradición gaullista respecto a Oriente Medio, en realidad ha quedado en tierra de nadie. La irrelevancia de Francia ante la ofensiva americano-israelí va camino de ser otro capítulo sombrío en el pobre balance en política internacional del presidente.
“Condenamos los ataques de Irán”
“Jacques Chirac ha muerto y sus sucesores –Nicolas Sarkozy, François Hollande y Macron– son mucho más atlantistas. Eso ha debilitado la tradición francesa de la independencia” en asuntos internacionales, lamenta en declaraciones a CTXT el geógrafo Bernard Hourcade, uno de los principales especialistas galos sobre el país persa, sobre el contraste entre la posición actual y el “No a la guerra” de 2003. Según este investigador en el CNRS, la falta de valentía de París, así como de la mayoría de las cancillerías europeas, con la excepción destacada del Gobierno español de Pedro Sánchez, “reproduce la misma lógica que en Gaza y Palestina”.
El silencio de las élites europeas respecto al genocidio en el enclave palestino se repite ahora con su complacencia respecto a la guerra contra Irán. Pese a provocar miles de muertos, perjudicar la economía mundial y dejar a Trump empantanado en un conflicto del que no sabe cómo salir, Macron no ha marcado realmente distancias. En lugar de denunciar su ilegalidad y buscar un camino hacia la paz –Pekín ha sugerido a París que reme en esa dirección–, ha preferido centrar sus críticas en contra del país agredido. “Condenamos con la mayor firmeza posible los ataques de Irán contra embarcaciones comerciales, no armadas, en el golfo”, afirmaban Francia, Alemania, Italia, Japón, Reino Unido y Países Bajos en un comunicado.
Hay una paradoja en la posición del presidente francés. Su tibieza ante Israel y Estados Unidos coincide con su hiperactividad declarativa. Impopular en su país y cerca de terminar su mandato –no podrá presentarse a las elecciones presidenciales de 2027–, Macron necesita los asuntos internacionales para existir políticamente. Y eso contribuye a sus constantes declaraciones, comunicados y posicionamientos respecto a la guerra en Oriente Medio.
“Nuestra posición es estrictamente defensiva”, insistió el pasado jueves durante el Consejo Europeo. No obstante, Francia es, junto con Reino Unido, el país del Viejo Continente con una mayor implicación militar en el conflicto. Ha dejado que aviones norteamericanos cisterna, cuyo rol es fundamental en las operaciones bélicas, utilizaran la base de Istres, en el sudeste del territorio francés. Los cazas Rafale han disparado numerosos misiles MICA para destruir drones iraníes en países del Golfo, como Qatar o Emiratos Árabes, con los que París firmó acuerdos de defensa.
Hiperactividad declarativa del presidente
Además, el gabinete presidencial envió el portaaviones Charles de Gaulle –el único con propulsión nuclear que posee– a la franja oriental del Mediterráneo, así como una decena de buques militares. Desde el inicio de la ofensiva estadounidense-israelí y la respuesta iraní cerrando la navegación por el estrecho de Ormuz, Macron ha multiplicado sus declaraciones proponiendo una “misión internacional” para reabrir la circulación por esa zona estratégica, que en tiempos normales concentraba el tráfico del 20% del petróleo y el 10% del gas producidos en el mundo.
“Estamos preparados para contribuir a los esfuerzos apropiados para garantizar la seguridad de la navegación en el estrecho”, afirmaban Francia, Alemania, Reino Unido o Japón en su comunicado del 19 de marzo. Trump ha intentado aprovecharse de la hiperactividad declarativa de Macron para arrastrar al ejército galo a una operación militar contra los iraníes en la zona de Ormuz. “Creo que nos va a ayudar”, aseguró el lunes 16 el mandatario populista estadounidense, tras hablar por teléfono con su homólogo francés. Y puso “un 8 sobre 10” a la posición de París respecto a la guerra.
Afortunadamente, Macron se resiste por ahora a las insinuaciones de Trump para embarcarlo en su temeridad bélica. El dirigente galo ha pospuesto su voluntad de escoltar petroleros u otras embarcaciones por el estrecho de Ormuz al final de “la actual fase caliente” de la ofensiva de Washington y Tel Aviv. Pero mientras la guerra sube peldaños en la intensidad de los ataques, ¿el equilibrismo de Francia resulta sostenible? Una milicia chií iraquí afín a Teherán señaló a este país como beligerante el 12 de marzo. Ese mismo día, de hecho, una base en el norte de Irak donde había soldados franceses sufrió un ataque, en el que se produjo la primera muerte de un militar europeo en el conflicto.
La excepción de Mélenchon y De Villepin
Además de sus recurrentes declaraciones sobre el estrecho de Ormuz, Macron se ha ofrecido como intermediario para evitar una invasión a gran escala del Líbano. No solo ha propuesto París como sede para acoger unas negociaciones, sino también una posible recompensa a Israel, y eso que se trata de la nación agresora, habiendo provocado más de 1.000 muertos y un millón de desplazados en el país del cedro. En concreto, ha sugerido que Beirut podría reconocer a Israel. Netanyahu, sin embargo, hizo caso omiso a esa propuesta y las tropas israelíes continúan con sus bombardeos masivos en territorio libanés.
Las propuestas del jefe del Estado francés han tenido una incidencia mínima desde que Washington y Tel Aviv iniciaron su nuevo capricho belicista. Como ya sucedió con la invasión de Ucrania, el genocidio en Gaza o los aranceles de Estados Unidos sobre la Unión Europea, la posición de Francia ha resultado prácticamente irrelevante. Cuando falta un año para las próximas presidenciales, los posicionamientos de la mayoría de los potenciales sucesores de Macron no invitan al optimismo.
“El derecho internacional no puede ser un tótem de inmunidad”, afirmó el exprimer ministro Gabriel Attal, responsable del partido fundado por Macron en 2016 y que aspira a representar el declinante bloque macronista en los comicios del año que viene. El atlantista Raphaël Glucksmann, ahora mismo el aspirante de centroizquierda mejor posicionado de cara a 2027 según los sondeos, que se deben coger con pinzas, tampoco condenó esta guerra ilegal. Un alineamiento parecido con Washington y Tel Aviv adoptó la mayoría de los dirigentes de la derecha tradicional de Los Republicanos, quienes citan a menudo al general De Gaulle, aunque poco tienen de gaullistas.
Los únicos políticos de primer plano que se desmarcan del consenso atlantista son Jean-Luc Mélenchon y De Villepin. El líder de la Francia Insumisa “denunció la negación del derecho internacional”. En el caso del exprimer ministro conservador (2005-07), alertó de que “se nos quiere imponer la idea de que esta guerra es ilegal, pero legítima. Defiendo que es ilegal, ilegítima, ineficaz y también peligrosa”. En una tribuna para el diario progresista Libération avisó de que “ahora mismo hay un gran viento de sumisión en Europa” respecto a Estados Unidos e Israel. Pese a sus profundas diferencias ideológicas, tanto Mélenchon como De Villepin representan dos excepciones en medio de la corte de súbditos en que se ha convertido la clase política francesa.


