A pocas horas del 7 de junio puede percibirse de manera rotunda el miedo y la desesperación que cunde entre diversos segmentos representativos de la clase dominante. Ellos ven con espanto creciente la posibilidad real de sufrir una nueva derrota en los comicios que se avecinan. Casi no toleran que eso pueda ocurrir.
Sucedió ya antes, cuando perdieron en el 2011 ante Ollanta Humala, pero allí se dieron maña para “rodear” al candidato ganador explotando sus incoherencias, limitaciones y debilidades y finalmente lograron neutralizarlo, lo que hizo que se les pasara temporalmente el susto con relativa facilidad.
Volvieron a asustarse -esta vez más- cuando Pedro Castillo ganó las elecciones del 2021 y desde un inicio conspiraron para sacarlo del gobierno y recuperar las posiciones que habían perdido. A partir de allí, no dieron descanso a su ira.
Hoy se sabe que conspiraron contra él desde el prime día, Que laboraron trabajosamente uniendo y atando cabos, conquistando posiciones y ganando puntos en diversas esferas del Poder, hasta colocar a la defensiva a un presidente auténticamente popular pero ciertamente frágil y cohibido.
Sumaron -lo ha dicho Miguel Torres- a la mayoría parlamentaria que lograron construir, se hicieron del control del Ministerio Público y nombraron a una Fiscal de la Nación a la medida de sus intereses, eligieron un Tribunal Constitucional adocenado al que colocaron a su disposición. Adicionalmente, afianzaron su poder controlando la Junta Nacional de Justicia, “limpiaron” la cúpula militar, el Poder Judicial, la Contraloría y otras dependencias.
Coparon incluso la Defensoría del Pueblo ofreciéndola como migaja a un Partido que se dijo “de izquierda” para aparentar una falsa apertura democrática, Eso les permitió dar al traste con Pedro Castillo a quien hasta hoy tienen bajo siete llaves porque le temen, pero además porque nunca lo pudieron doblegar.
A partir de allí pensaron que tenían ganada la batalla, pero para asegurarse que nada les faltara, encarcelaron a Ollanta Humala, suspendieron en sus derechos ciudadanos a Martin Vizcarra a quien también encerraron, encarcelaron a Guillermo Bermejo, intimidaron a Salvador del Solar y a Francisco Sagasti, echaron de la fiscalía a Domingo Pérez y sancionaron a Delia Espinoza a la que aún persiguen con saña inusitada.
Pese a todos sus esfuerzos, no lograron cerrar todas las brechas. Y el disparo político de un francotirador les vino desde un ángulo inesperado. Y fue el instinto popular -el que siempre mereció toda nuestra confianza- el que lo descubrió: Roberto Sánchez Palomino emergió desde un casi virtual anonimato político y se convirtió en el adversario que será capaz de arrebatarles la victoria.
Por eso contra él arremete hoy toda la ofensiva. Ya no saben qué decirle ni qué méritos restarle. Le reprochan haber nacido en Huaral, vivir en San Borja, haber estudiado en San Marcos, asistir al debate del domingo pasado con sus padres, su esposa y sus hijos; mostrar que tiene una familia; que ha sido capaz de ampliar su movimiento; que ha llegado a acuerdos de consenso con otras fuerzas afines; en fin, le reprochan el haber afirmado sus posibilidades en detrimento de la pérdida de posiciones de su contrincante.
En el extremo, el Municipio de Lima -dirigido tras las bambalinas por López Aliaga- le ha “prohibido” usar el Paseo de la República para realizar su “cierre de campaña” y así impedir su mitin, ¿Y por qué? ¿Con qué derecho?
En verdad, Keiko Fujimori tiene mucho menos que exhibir que Sánchez Palomino. Dice “tener experiencia”, pero ¿en qué?; dice “haber estudiado Administración de Empresas, pero ¿qué empresas ha administrado?; dice “haber trabajado”, ¿pero ¿dónde lo ha hecho?
Nunca se ha sabido qué estudio en los Estados Unido, aunque sí se supo que lo había hecho con plata que fuera entregada directamente por el Asesor del SIN. Y nunca tuvo un puesto de trabajo definido, salvo el haber sido “Primera Dama” en reemplazo de su madre, Susana Higuchi, a la que “reemplazó” cuando la metieron en los calabozos del SIN y le pusieron picana eléctrica.
La única experiencia en materia de gestión política de Keiko Fujimori fue ser congresista, pero en esa circunstancia pidió 500 dias de “licencia” para irse a estudiar una suerte de “post Grado” a los Estados Unidos. Por lo demás, no presentó un solo Proyecto de Ley, ni alentó ninguna disposición legislativa. Si la tuviese, que la muestre.
Hoy por Keiko llaman a votar Melcochita y Alvaro Vargas Llosa, a más de Rafael López Aliaga, el mismo que ayer nomás le decía “vaga de porquería”. Eso, en verdad, vale muy poco.
Hija de padres japoneses, madre de hijas que llevan nombres nipones, ex esposa de un ciudadano norteamericano; tiene muy poco que ver con el Perú. Por eso no va a Puno. Envía su “video” para que lo muestren en un local cerrado y ante un “público” selecto.
Por lo demás, nunca fue elegida para nada, ni siquiera para presidir su Partido. Fuerza Popular no ha celebrado nunca un solo Congreso, ni ningún otro evento interno democráticamente integrado con delegados electos por sus bases. Ella tiene ese cargo porque es la hija de Alberto Fujimori quien, a su vez, en su momento, se proclamó también presidente de “Cambio 90” y las estructuras partidistas que le sucedieron.
Y lo real, es que Keiko carece por completo de sensibilidad política. Cuando en el debate del 31 de mayo le plantearon el tema de los muertos en las masacres del sur andino, ella habló de las carreteras. Y es que no le importan los muertos, ni los familiares de ellos. No tuvo el menor gesto de solidaridad con ellos en esa circunstancia, ni antes ni después. Para la sangre derramada, solo tuvo una mirada de desdén y de odio. Eso fue evidente.
A pocas horas de los comicios del 7 de junio, el país enfrenta, por cierto, una encrucijada. Para salir de ella, hay que mirar adelante y rendir un verdadero homenaje a la bandera. Objetivamente, JP la representa mejor en esta circunstancia.
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