Europa está en llamas. Olas de calor sin precedentes han azotado el continente, elevando las temperaturas por encima de los 40 °C en numerosos países, colapsando infraestructuras, saturando hospitales y cobrándose miles de vidas. Esto no es un desastre natural. Es la consecuencia previsible y lucrativa de décadas de dependencia de los combustibles fósiles y la explotación capitalista.
Según un análisis alarmante de The Economist, la ola de calor de finales de junio podría causar alrededor de 12.000 muertes adicionales en toda Europa. El estudio, que abarca 854 ciudades, muestra que el cambio climático provocado por el ser humano ha hecho que el fenómeno sea mucho más letal de lo que habría sido de otro modo. Solo Francia ya ha reportado más de 1.000 muertes adicionales, y España, Italia y Alemania también sufren un elevado número de víctimas. Los países del norte, a menudo menos preparados para el calor, se enfrentan a temperaturas muy superiores a los 30°C. Los ancianos y los pobres son quienes pagan el precio más alto. La Organización Mundial de la Salud ha confirmado más de 1.300 muertes adicionales relacionadas con el calor desde el 21 de junio.
Los océanos cuentan una historia aún más sombría. En junio de este año las temperaturas globales de la superficie del mar alcanzaron un nuevo record histórico, alcanzando medias de 21ºC, según el Servicio Marino Copernicus de la UE, superando los récords anteriores establecidos en 2023 y 2024. Los científicos advierten que estamos entrando en un territorio desconocido, con olas de calor marinas que se expanden e intensifican. Un fenómeno de El Niño de gran magnitud ha echado más leña al fuego en un planeta que ya arde, pero la causa principal es clara: décadas de emisiones descontroladas de carbono por parte de la industria de los combustibles fósiles.
No es una desgracia. Es un asesinato masivo con fines de lucro
Los gigantes de la industria fósil (ExxonMobil, Shell, BP, Chevron o la italiana ENI) saben desde hace medio siglo que sus productos están calentando el planeta. Mintieron, presionaron, demoraron el proceso y continuaron perforando, practicando el fracking y expandiéndose. Solo en 2025, ENI reportó ganancias netas ajustadas de alrededor de 5.000 millones de euros, mientras que las grandes petroleras europeas, en conjunto, obtuvieron ganancias extraordinarias desorbitadas. Informes de Greenpeace y otras instituciones han denunciado repetidamente que estas empresas siguen priorizando la extracción sobre la supervivencia, mientras tratan de lavar su imagen con inversiones simbólicas en la «transición» energética, que representan una fracción de su gasto en combustibles fósiles.
ENI ha estado profundamente implicada en acuerdos energéticos vinculados a las operaciones de Israel en aguas palestinas ocupadas, suministrando petróleo crudo que alimenta el aparato militar que lleva a cabo lo que muchos expertos legales describen como acciones genocidas en Gaza. El capital derivado de los combustibles fósiles no solo calienta el planeta, sino que alimenta las guerras y ocupaciones que aceleran el colapso ecológico.
La manifestación más obscena de este crimen se produce en la fusión entre guerra y destrucción ecológica. Los ejércitos del mundo, encabezados por los de Estados Unidos y sus aliados, se encuentran entre los mayores emisores institucionales del planeta. Los genocidios actualmente en curso en Gaza y Sudán, así como las guerras en Ucrania, Irán y otros lugares tienen como consecuencia la emisión de decenas de millones de toneladas de CO2 a la atmósfera, fruto de la combustión de motores de aviones, tanques, la explosión de bombas y misiles y las tareas posteriores de reconstrucción. Cada misil, cada dron, cada ciudad reducida a escombros acelera el colapso climático que provoca que estas olas de calor sean cada vez más letales. La guerra no está separada de la crisis climática; es uno de sus más perversos motores.
Los nuevos sacerdotes de la era digital, los centros de datos a hiperescala que impulsan la inteligencia artificial (IA), están incorporando gran cantidad de calor adicional a un planeta que ya está sobrecalentado. En 2024 estos centros consumieron alrededor de 415 TWh [terawatios-hora] en el ámbito global, lo que significa aproximadamente el 1,5% de la electricidad consumida en el mundo, y se prevé que esta pueda duplicarse para 2030. En Europa la demanda está disparada. Una sola gran instalación de entrenamiento de IA puede consumir tanta energía como 100.000 hogares, y generar un calor que aumente la temperatura de la superficie del suelo a nivel local unos 2ºC, con picos de hasta 9ºC en ciertos lugares. El auge de la inteligencia artificial no es “tecnología limpia”, sino otro consumidor voraz de energía fósil en un sistema que no puede dejar de crecer.
Aún más aterrador es el límite de resistencia del cuerpo humano. Los científicos definen una temperatura de bulbo húmedo de 35 °C como el umbral teórico de supervivencia: el punto en el que, incluso a la sombra y con agua ilimitada, el cuerpo humano ya no puede enfriarse mediante la transpiración. Estudios recientes demuestran que el estrés por calor mortal ya se produce a temperaturas de bulbo húmedo más bajas, especialmente en personas mayores y con enfermedades preexistentes. Durante esta ola de calor gran parte del sur de Europa se acercó o superó umbrales peligrosos, en los que la mortalidad aumenta drásticamente. No solo estamos perdiendo comodidad, sino también las condiciones ambientales básicas necesarias para la supervivencia humana.
Los escépticos siguen machacando con argumentos manidos: “son ciclos naturales”, “los modelos están equivocados”, o “alarmistas como Guy McPherson llevan años prediciendo la catástrofe”. McPherson, el polémico ecólogo que lleva tiempo advirtiendo de la extinción humana a corto plazo, continúa diciendo que estamos siendo testigos de un colapso abrupto e irreversible provocado por ciclos de retroalimentación: la liberación del metano del Ártico, el deshielo del permafrost y el calentamiento acelerado. Si bien su cronología exacta sigue siendo objeto de debate, la ciencia subyacente que cita —el calentamiento descontrolado y los puntos de inflexión— se ve cada vez más validada por observaciones generalizadas. El historial real de los negacionistas es de constante fracaso: cada predicción de “enfriamiento” o “estabilización” ha sido refutada por los implacables registros de temperatura, el deshielo y el aumento del nivel del mar. Su escepticismo no es ciencia, sino una defensa ideológica de un modelo de negocio obsoleto.
A Europa le gusta proclamarse como líder climático, pero lo cierto es que sigue estando peligrosamente poco preparada. La mayoría de sus ciudades carecen de una infraestructura adecuada de refrigeración. Los planes de acción contra el calor son insuficientes. La población vulnerable es abandonada a su suerte mientras los gobiernos priorizan los beneficios empresariales y a los presupuestos militares por encima de la supervivencia humana.
El mensaje de esta ola de calor es brutalmente sencillo: ya no estamos aproximándonos al abismo, estamos en caída libre. Cada nueva fracción de grado significa más cadáveres, más sufrimiento y más daños irreversibles al único hogar que tenemos.
Ya pasó el tiempo de las medias tintas y las promesas ecologistas vacías (greenwashing). Necesitamos un implacable e inmediato desmantelamiento de la economía de los combustibles fósiles y poner fin a las guerras que la alimentan, así como una reorientación radical hacia una auténtica justicia, para las personas y para el planeta.
El calor no está por venir. Está aquí. E incluso si desmanteláramos el sistema criminal que lo impulsa, es probable que empeore hasta hacerse insostenible. Existen estrategias que podrían brindar un alivio temporal si el mundo colabora y coopera para implementarlas. La lucha por la existencia humana ha comenzado. La pregunta es si lucharemos con la urgencia que el momento exige para priorizar nuestra humanidad común y nuestro planeta o si dejaremos que las cosas sigan como hasta ahora.
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