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Aquella Europa que imaginábamos

Fuentes: Rebelión

A veces el presente se ve más claro mirando al pasado. No significa que este sea fidedigno, sino que, en cierto sentido, los hechos quedan desprendidos de muchas de las impurezas de la propaganda, que deforman la realidad (o la verdad). Detectadas, quizás sirvan para descubrir las del presente, en cuanto que las cosas, con el tiempo, no cambian tanto como algunos creen. Respecto a esa mirada retrospectiva, no estamos hablando sólo de acreditados tomos de historia, oficializados por indiscutidos catedráticos; sabemos que la mayoría se doblega a la regla básica de que se escribe al dictado de los vencedores. Hablamos de cualquier soporte de la memoria. Pueden ser anécdotas, recortes de periódicos, películas, libros de viajes que señalan detalles que parecían nimios sobre cómo vivían de verdad gentes de distintas latitudes y regímenes. 

Si en vez de superficializar los contenidos de la enseñanza, se estudiara con mayor espíritu científico nuestro pasado histórico, por ejemplo, los males inveterados que trató de resolver la Segunda República, ahora el pueblo español comprendería muchas de las causas de nuestros males actuales, lo cual contribuiría a su solución. Pero no, discutimos (¿lo hacemos?) si se ha de estudiar filosofía, y el programa que se ofrece es de lo más unilateral, antidialéctico, idealista y metafísico; todo lo contrario para promover lo que dicen pretender: un espíritu crítico, analista, no dogmático. ¿Qué buscan estos políticos todos? A veces más que mala fe parece hay incultura, por muchos grados y postgrados que se cuelguen en las paredes. 

Otra de las ventajas de la mirada retrospectiva es que suele quedar desprendida de idealismos destinados a enmascarar la vulgaridad de intereses materiales muy mezquinos. Por ejemplo, cuantas bajezas oculta la belleza de la Divina comedia, tanto en lo referido al tiempo narrado como a las fobias y filias del propio autor. Leemos una obra intemporal cuando en realidad era muy temporal, donde los egoísmos se enmascaran en ideologías e ideas artificiosas. Hace unas fechas, Solana decía que los europeos saben que hay momentos en que deben dar la vida por una idea. Aquí tenemos una prueba. Ante la pregunta de cuál puede ser esa idea tan mortalmente vital, bastará recuperar (no es fácil) las 50 razones para el no a la Otan, que él mismo escribió. 

En las postrimerías del franquismo, que eran eternas, una ideología rudimentaria resumía con una palabra las esperanzas de los españoles más progresistas, o al menos más modernos. Esta palabra era Europa, el horizonte ansiado. Era otro mundo, magnificado y distinto al de España. Era la dinamitación de los Pirineos. Con el tiempo descubriríamos que no había para tanto.  

Con esa España ocurría algo muy curioso: sólo la sufrían los pobres que no podían traspasar fronteras. Los ricos abortaban; veían porno; tenían amantes rubias (o rubios) sobrevaloradas; confabulaban indoloramente en defensa de la democracia, que sería el nuevo nombre de sus privilegios, los cuales querían seguros y aumentados; leían la prensa libre en manos de los de siempre; no tenían que ir a misa los domingos; disimulaban su verdadera ideología diciendo que los otros españoles eran un desastre. No sabemos en qué categoría meterían a los emigrantes, que eran como los turistas, una fuente de ingresos, pero en sentido inverso. Ya León Felipe lo resumía muy bien en Sé todos los cuentos: Yo no sé muchas cosas, es verdad, pero me han dormido con todos los cuentos…y sé todos los cuentos. Pero en esa época nos tenía sin cuidado León Felipe y sus poéticas y justificadas invectivas contra la pérfida Albión, la cual tantas veces nos había apuñalado (empezando en Aljubarrota y terminando con el rápido reconocimiento y apuntalamiento de Franco).  

En definitiva, que ignorantes éramos más felices. Era un tiempo de esperanzas y de ideas iluminadas, aunque no ilustradas. Un libro que tuvo un gran éxito fue el del italiano Enrico AltavillaSuecia infierno o paraíso. En él se ventilaba indirectamente la cuestión de si las políticas mayoritariamente socialdemócratas del país escandinavo eran buenas o malas. Para algunos, que saben darle la vuelta a todo, eran muy malas por buenas: adormecían, entontecían a unos ciudadanos que nacían de pié (así se decía), asistidos por un Estado excesivamente protector y debilitante frente a un mundo (que en el fondo ellos mismos procuraban) darwiniano.  

Con las primeras invasiones vikingas (rubias), propiciadas por el ministro de turismo, Fraga Iribarne, todas estas ideas cobraron aún más fuerza. Europa era bella, pacífica, progresista sin violencia, librepensadora, antirracista, antixenófoba (como ahora). Obtenido el cincuenta por ciento más un ciudadano, lo demás era coser y cantar. El propio rey de Suecia decía que si no fuera rey sería socialista, lo cual no le impidió seguir siendo rey. Ocurrió lo de Chile (Allende) pero eso eran cosas de latinoamericanos. Ahí comenzó a germinar la idea de que nosotros queríamos ser rubios (y no de un rubio visigótico, sino de un rubio escandinavo). Para cambiar la cabeza no fuimos a la universidad, sino a la peluquería, Esa pretensión hiperbórea seguramente fue causada por la Revolución de los claveles en Portugal, que tendía más a lo moreno (por lo de Grándola Vila Morena); además, esto no era lo de la mitad más un ciudadano (a pesar de que las calles estuvieran atestadas de gente entusiasmada), sino una aberración populista, un grano militarista en el orden cívico del continente. Spinola ya se encargaría del toque corrector a pesar de su huida a Brasil. Mario Soares, en1987, agradecido por su contribución a la consolidación del nuevo régimen democrático le designó canciller de las Antiguas Órdenes Militares portuguesas y le condecoró con la Gran Cruz de la Orden Militar de la Torre y la Espada, lo que no era cualquier cosa.  

En esos tiempos se tenían más intuiciones que datos reales, los cuales no estaban disponibles para la gran masa. Cuando se contaba el chiste de que en EE.UU. no había golpes militares porque no había embajada estadounidense nos reíamos y lo conjugábamos con la idea de que los EE.UU. eran la democracia por excelencia, y que habían salvado del sojuzgamiento a esa Europa soñada. A la mayoría no se le ocurría relacionarlos con los negocios que mantenían con el franquismo. Después de todo Franco ha quedado como un dirigente autoritario visitado por todo un presidente del país de la libertad, Eisenhower. De eso sabe un montón la Academia de la Historia, tan distanciada de partidismos. Pero no nos engañemos, en Oxford o Bolonia ocurrían y ocurren cosas similares. En ese mundo de paradojas, nos enteramos mucho más tarde de que el propio Eisenhower, ya sin responsabilidades, había alertado contra el complejo industrial militar con el que él mismo había convivido.  

En cambio, si mirábamos hacia dentro, la inestudiada Segunda República era, como mínimo, fea. No era europea ni europeísta (para los más fanáticos era simplemente bolchevizante). Políticos vociferantes, populacho ingobernable, robo de la sagrada propiedad privada, ataques sin causa a la pía iglesia, pistoleros a sueldo, asesinatos, ruptura de España. En conclusión, la dictadura franquista denigraba (ella) por dictatorial a la democracia republicana, a la que había condenado por rebelde y sediciosa, y para lo cual había instruido toda una Causa general que atentaba contra los principios del derecho, especialmente el penal, es decir, legalidad, irretroactividad y certeza; esto contra media España como poco. Y nos cuadraba, e incluso nos cuadra, sin saber que esa república precisamente nos acercaba a la Europa ansiada.  

En este aspecto, muchos de nuestros liberal-progresistas siguen anclados en el pasado. Si se les preguntara, serían incapaces de enumerar las conquistas obtenidas en tan breve periodo gubernamental (excluido el bienio negro). Igualmente les sorprendería saber que en Europa, Azaña (último jefe de Estado elegido en las urnas) y Negrín (último presidente de la república), fueran altamente valorados como intelectuales. Leyendo sus discursos se comprende la España superior, la España real, la España profunda que se perdió, convertida en una España empequeñecida, mistificada, mediocre y poco pensante. Pena que tanto patriota de postín no lo haya comprendido todavía y no tenga visión de una España mejor.  

En tal despiste general muchos de aquellos demócratas creían que eran comunistas, aunque luego descubrieron que no llegaban ni a neoliberales moderados. Cuando se dieron cuenta de su error de concepción, los tiránicos comunistas tuvieron de repente la culpa de todo, tanto de lo revolucionario como de lo revisado, según conviniera (tal como ahora ocurre con China, acusada tanto por comunista como por capitalista). Por otra parte, los comunistas se sentían tan denostados y excluidos que empezaron a tirar cosas por la borda, hasta quedarse prácticamente sin velas; ellos, que tantas bajas habían tenido en la lucha contra la dictadura.  

Esa propaganda no tenía que ser muy compleja ni coherente. Nos lo tragábamos todo, como ahora. Se contaban cosas risibles que se tomaban en serio: Por ejemplo, que en la URSS la gente hacía que trabajaba y el Estado que pagaba. Nadie se paró a pensar que eso era como el milagro de los panes y de los peces. Se debería haber estudiado con detenimiento un país así, que luego llegaba a la Luna. Siempre se pierden las mejores ocasiones.  

Respecto al nazismo, hablar de su resurrección era una fantasía que rayaba en la necedad. El nazismo era un fenómeno definitivamente muerto. Los Degrelle, SkorzenyJensen, Remer (residentes en España), no existían, ni las nutridas colonias de finlandeses ultra. Todos habían desaparecido de la faz de la Tierra por el agujero de Nuremberg. Esa gente con los pies en la tierra no quería saber, por ejemplo, quién era el bien instalado Reinhard Gehlen, ni Von Braun. Decir que se habían diseminado por España, Latinoamérica, EE.UU, era producto de una fantasía patológica o de una intención malévola. Aunque no hay que sorprenderse (en los Países Bálticos se conmemoran a las SS), en 2018 el gobierno conservador de Erna Solberg (Noruega) decidió excluir de la educación primaria y secundaria hechos históricos como el de la Segunda Guerra Mundial, tiempo en el que dirigió el país un gobierno de noruegos nazis. Curioso, porque mucho antes, ya terminada la guerra, Noruega había castigado inhumanamente a las jóvenes que habían tenido relaciones con los nazis. Pero más inhumanamente había tratado a sus hijos “A algunos, las autoridades estatales les ingresaban en psiquiátricos, aunque estuvieran cuerdos, los recluían en orfanatos, donde los cuidadores les violaban y les sometían a torturas. Se les dejaba claro que todo esto les ocurría porque eran hijos del enemigo” (rtve). Habrá que preguntarse cuál es el credo.  

Es decir, que víctimas de un ataque repentino de desmemoria, Europa era históricamente un remanso pacífico sin mácula alguna, a la cual había que proteger frente a la agresividad de otros pueblos. Nadie recordaba que su corazón partido en un plazo de tan solo31 años había provocado dos guerras mundiales. Para qué hablar de colonialismos y de guerras de contraliberación. Eran tiempos heroicos en los que un Kennedy también desmemoriado proclamaba que él era un berlines más. ¿En qué sentido? ¿En el de agresor? ¿En el de vencido? Nunca lo sabremos, en cuanto en el otro paraíso terrenal se dedicaban a asesinar a sus presidentes (cuatro) o a atentar contra ellos (nueve).  

La desinformación era también cosa impensable en la Europa de la transparencia y de la pluralidad. Y si nosotros mirábamos a Europa, Europa miraba a una América supuestamente ejemplar. Respecto a la desinformación, hubo una frase que hizo época y que se debería recordar en todas las facultades de periodismo: El pueblo norteamericano no tolera que lo engañen. Sobre todo en materia sexual, añadimos nosotros. Cómo dudar del cuarto poder (Watergate y Garganta profunda) que había acabado con Nixon (¿quizás por haberle abierto las puertas a la China popular?). Dejamos a un lado el informe de la comisión Warren. En definitiva, que una vez en Europa nadie se atrevería a engañarnos más.  

Un poco antes nos habían revolucionado con el mayo del 68 francés. Tiempos de rebeldía. Hasta el propio presidente francés, Charles De Gaulle, había hecho poco antes sus pinitos para irritar al orden mundial: decidió retirar a Francia del mando militar de la Otan, molestó a los canadienses en el propio Canadá con lo de Quebec libre y a los israelíes apoyando a Egipto en la guerra de los 6 días. No sabemos si haber dado la independencia a Argelia, en 1962, fue una decisión que extralimitaba la soberanía francesa. No sería extraño.

Cuando Mao murió, De Gaulle dijo que había muerto uno de los grandes de la historia última, junto a Roosevelt, Stalin y Churchill (este entonces vivo). La Europa que soñábamos prefería a Churchill (el de la operación Impensable) a De Gaulle. Este siempre decía cosas inconvenientes y erradas: cuando reconoció a la China de Mao, en 1964, respondió al coro de críticas que sería la primera potencia mundial del siglo XXI. Los españoles actuales no podemos comprender estas cosas: nuestro mundo es de otra dimensión: Juan Carlos, Borrel, los Clinton, Boris Johnson, Bush, Macron, Draghi… Obama, premio Nobel de la paz. Es decir, tenemos a más gente.  

Como figura de ese mayo destacó la figura de Cohn Bendit, que al final entró en el partido de los verdes, partido también del posterior e inefable Joschka Fischer, que como ministro de exteriores dio la sorpresa de apoyar la intervención en Kosovo, incursa en la guerra contra Yugoslavia (es curioso, se repite en la prensa que la de Ucrania es la primera guerra en Europa desde la segunda guerra mundial). Actualmente en el Semáforo alemán los verdes han sido muy activos en política exterior y militar; junto a sus compañeros de gobierno han dejado a la Merkel como a una desfasada soberanista. Tiene razón Alfredo Jalife: ya no hay izquierda ni derecha, sino puntos cardinales. 

El boicot económico a Cuba era cosa de un presidente bueno (Kennedy) que luchaba contra una isla mala. Y cuando se decía que tal boicot tenía efectos catastróficos sobre la población, respondían que menos excusas, que el fracaso era del régimen. Hoy, por el contrario, en esa Europa disciplinada se dice que tal tipo de sanciones tienen efectos desastrosos que pueden acabar hasta con una superpotencia, si no dos.  

De esa época es también la crisis de los misiles: un país no puede permitir que le pongan una daga nuclear en la yugular. Los soviéticos retiraron los misiles de Cuba. Los EEUU retiraron los de Turquía, pero la prensa transparente no lo supo, o lo fingió.  

Las bases norteamericanas en España tenían por objeto defender la libertad en el mundo. Así lo asumían muchos de los que vivían en la dictadura que las contenía. ¿Eran suficientes? Parece que no, en cuanto que hubo que reforzarlas con la adhesión a la Otan. Pero esto, posteriormente, nos acercaría más a Europa. También se dice que Adolfo Suarez cayó porque era remiso al ingreso. 

Aunque resulte increíble, la mayoría no introducía en sus reflexiones el asunto de las multinacionales; ni podía imaginar las verdaderas causas por las cuales Terence Todman, embajador de EEUU en España, se preocupara tanto por la congelación salarial, la paz social, el despido libre, la congelación del salario mínimo, la bajada de impuestos (si es que se pagaban), etc., etc., en un país que no era el suyo, aunque sí algunas de las empresas extranjeras radicadas aquí.  

En esos tiempos ya se comenzaba a hablar de financiarización, término que acabaría sustituyendo ideológicamente al de economía real.  

De repente, el Sáhara apareció entre nuestras preocupaciones. Creíamos que el problema era sólo con los marroquíes; se tomaron medidas militares para que el territorio quedara protegido; pero de repente, hubo que retirar esa protección. Desde fuera nos habían ordenado dar paso a la llamada Marcha Verde. ¿No fue un aldabonazo, una fisura, en la creencia de que existe algo llamado soberanía nacional? Parece que no. Quizás tampoco nos preocupaba tanto el destino de nuestros hermanos saharauis, ni teníamos dirigentes capacitados para comprender la importancia humana, económica, geoestratégica que representaba el territorio. Los tercermundistas marroquíes habían comenzado a demostrarnos que tenían a unos políticos bastante más duchos que los nuestros. Pero nuestros ojos y corazón estaban puestos en las sílfides europeas. Incluso los argelinos mostraban más interés por un territorio que no estaba bajo su administración. Tan entusiasmados estábamos con la Europa por venir que preferíamos un Gibraltar angloeuropeo a un Sáhara español.

Como la mayoría, pensábamos que el dinero era dinero. Es decir, una representación material de una riqueza real. Con Europa pasaría lo mismo: una isla de bienestar que resolvería nuestros problemas nacionales. No imaginábamos que, como dicen economistas del propio sistema, habría bancos centrales que imprimirían dinero como si no hubiera un mañana, generando deudas impagables; ni bancos que cobraran por los depósitos, o que sancionarían los depósitos pequeños, o que a más beneficios, más despidos, etc., etc. En aquel espíritu tan edificante nadie nos había hablado todavía de otras fuentes de riqueza adicionales no tan moralecomo creíamos. Europa era el derecho, el desarrollo, la libertad de expresión, la tolerancia hacia otros pueblos e ideologías, la nivelación de las clases. No podíamos imaginar que llegaría un día en el que el 11% de nuestros compatriotas poseerían el 81,8% de la riqueza nacional, mientras el 50% no llegaría al 6,7%. Y en qué ambiente: la lucha que se planteó para aumentar 15 euros mensuales en la penúltima subida del salario mínimo. Todo esto no se parecía en nada a un mundo en el que la gente nacía de pie.  

Ni idea de que Nixon acababa de abandonar la convertibilidad del dólar en oro; es decir, que se acababa lo de que una onza de oro equivalía a 35 dólares. Es decir, que en adelante podrían imprimir dólares sin medida alguna, recayendo esa deuda en el resto del mundo (¿algo así como extender cheques sin fondos?). Pero eso a Europa no debería preocuparle, obviada la del Este, era la segunda potencia del mundo. Unidos imperaría la soberanía de la federación. Echando una ojeada a la historia, las segundas potencias deberían alarmarse: parece que la tónica es que las primeras intenten yugular su desarrollo.  

Volviendo al campo de los sueños, la Europa imaginada disfrutaría sobre todo, de una gran virtud que (¿aún?) faltaba en España. La de ser una república democrática (incluso con submonarcas progresistas) que recogería con precisión los deseos de los diversos pueblos que la componían. Nada se sabía de un banco central, de un consejo, de una comisión que se ignora cómo conocen el parecer de sus ciudadanos para satisfacerlos. Quizás porque confían en los medios de comunicación oficiales, que lo saben todo. Respecto al parlamento, imaginábamos que sería la institución que marcaría las principales pautas, sobre todo en lo que se refería a política exterior y defensa. Y por supuesto, muchos estaban convencidos de que ese parlamento sería mayoritariamente progresista, pacifista, socialmente justo y multicolor. No era imaginable que todos sus representantes (desde Borrell a Von Der Leyen, ambos de distintos partidos) en un futuro pensarían exactamente igual. Debe ser la certeza de la verdad. Por el contrario, en aquella Europa se barajaban conceptos políticos que implicaban cierta soberanía como apertura, como el de Ostpolitik en Alemania. Hoy, por el contrario, estamos más cerca del primer tercio del siglo XX que al del siglo XXI. Esperemos que no regresemos a la prehistoria.  

Además, Europa sería el salto a una mayor industrialización, a más investigación científicaal desarrollo de nuestra verdadera potencialidad, congelada durante siglos. Eso de convertirnos en un país de hosteleros y constructores (camareros y albañiles, en lenguaje de un ministro progresista de mal talante) no se nos pasó por la imaginación. Menos que desmontarían la industria que teníamos para traspasarla a otros lugares de Europa. Y la que quedara sería manufacturera al servicio de marcas extranjeras y con un valor añadido insignificante. 

También descubrimos que Estado social y democrático de Derecho significaba precisamente desestatalización de lo poco que quedara. En ese galimatías incomprensible que justificaba la privatización de empresas por poco rentables (o rentabilidad negativa) descubrimos ahora que Telefónica, por ejemplo, ha tenido en 2021 unos beneficios netos de más de 8.000 millones de euros. 

La idea de socialdemocracia cogió fuerza. Una socialdemocracia híbrida, entre nacionalista y federalista, según el caso, que saludaba al bienestar social pero, por lo visto, sin cuestionar los mecanismos para llegar a él. Ya dijimos que eso de las multinacionales era un elemento extraño en el lenguaje político común. Al igual que lo de un intercambio desigual entre materias primas baratísimas y productos tecnológicos sobrevalorados, junto a préstamos con intereses leoninos que en el colmo de la paradoja incluso nos aplicamos a nosotros mismos. Nadie sabía qué era una maquila, ni que un país podía extraer oro de otro pagando al Estado propietario del suelo aurífero tan sólo el 1% del beneficio obtenido. Algo así como si alabáramos a Don Vito por lo bien que regía su casa sin preguntarnos de dónde provenía el dinero que sostenía a aquella ejemplar. Tan flexible era la cosa que hasta gente de la Falange consideraba que les habían copiado la idea, un sistema que armonizaba a empresarios y trabajadores. El tiempo nos demostraría que los programas de los distintos partidos no eran tan distintos. Variados pero dentro de un orden sistemático.  

Curiosamente, un término extraño a tanta ingenuidad cobró fuerza disuasoria en nuestra sociedad: poderes fácticos. Una realidad que hizo decir a Tierno Galván que en esos viajes hacia la democracia había que subir por las escaleras, y no en el ascensor. Recordemos que Tierno Galván había evolucionado desde el bando franquista en la guerra civil, hasta la fundación del PSP (Partido Socialista Popular) en las postrimerías del franquismo. Además, perteneció al Congreso por la libertad de la cultura (que tuvo que ser disuelto cuando se descubrió quién lo financiaba), como tantos otros intelectuales españoles, europeos y mundiales ignorantes del asunto unos y no tanto otros. Hay que subrayar que no criticamos eso de subir por las escaleras; en aquellos tiempos no estaba nada claro que cupiera otra posibilidad. Pero una cosa es la estrategia y otra la táctica. Estaba bien subir por las escaleras. Lo que ya no estaba tan bien era bajar al sótano, aunque fuera lentamente. De operaciones Gladios y de cosas así ni idea.  

Ya hemos dicho que el nazismo y el fascismo se consideraban extirpados de raíz. Teníamos a nuestro país como ejemplo palpable. El mundo era una balsa democrática, teniendo en cuenta que el mundo era Anglosajonia, Escandinavia y poco más. Lo demás, como ahora (miles de millones de ciudadanos), no existía. Existía Vietnam, sí, pero como territorio del mal en el cual los extranjeros luchaban por su bien. My Lay sólo produjo un abrir y cerrar de ojos. My Lai en singular.  

Un tal Alfonso Guerra (tal en aquel tiempo) habla de una población, Suresnes, donde se desarrolló una especie de congreso, el del Partido Socialista Obrero Español. De allí salió un partido marxista (nunca antes se había declarado como tal, a pesar de que su programa fue revisado por el propio Marx, y de figurar en su programa máximo la toma del poder político). Y antiatlantista (aunque parece que Indalecio Prieto había propuso canjear democracia por Otan). Era la mejor forma de echar a la dirección que residía en el exterior y hacer sombra por la izquierda a un Partido Comunista coinventor con Italia y Francia del eurocomunismo. Hay que subrayar que eran unos tiempos en los que a los socialistas del Sur les molestaba que los consideraran como socialdemócratas.  

Relacionado con el camino hacia el neoliberalismo actual, resulta muy curiosa la degradación nominal que sufrió el socialismo europeo en su camino hacia la desideologización: se comenzó por pedir tan sólo que fuera un socialismo con rostro humano (el del capitalismo sí lo era); luego se habló de un socialismo democrático (matización entre socialismo es libertad y socialismo en libertad); de ahí se dio un salto en el que la socialdemocracia simplificaba sus objetivos, que se reducían a reformar la economía de mercado. Todo por la libertad, que comenzó a estrangular a la igualdad y a la desalienación. El medio se había convertido en fin, y el fin se había simplificado hasta el vaciamiento. La cosa no era novedosa, ya antes, Heinz Rapp, del SPD, había dicho que el respaldo de su partido al sistema capitalista se mantendría en tanto éste funcionara. Y que como tal funcionaba (no se analizaba por qué, eliminado Marx).  En definitiva, ¿por qué complicarse la vida si lo importante era el estado de bienestar, que se convertiría incluso en enunciado ideológico? De ahí hasta llegar a un término medio aceptado: social-liberalismo. La cosa no era tan novedosa como parecía. Mucho antes socialistas españoles habían afirmado que eran socialistas a fuer de liberales.

Los Lasalles, los Bernsteins triunfaban al final. 

Así presentada la cosa, no estaba mal. El problema era que a imitación de la ideología capitalista, se jugaba con las perspectivas, con los tiempos, con los espacios. En primer lugar, aquella Europa ufana no estaba tan bien como pretendía. En el Reino Unido de los sesenta, por ejemplo, aún había en las grandes ciudades bolsas importantes de tuberculosis. En el conjunto europeo los salarios, la educación, la sanidad eran deficientes. Era mentira que su protección social fuera la mejor del mundo.  

Por otra parte, el asunto de la igualdad no era tan banal ni negativo. ¿Puede haber libertad en una sociedad en la que una minoría controla toda la economía? Es decir, dándole la vuelta a la frase, ¿puede haber libertad sin igualdad? ¿El trabajo estaba realmente desalienado? ¿Hubiéramos imaginado en aquellas ensoñaciones políticas que la desigualdad en la distribución de la riqueza tendería a su acumulación en unos pocos? 

Y la renuncia al internacionalismo, ¿no era una forma hábil de no ver lo que es el capitalismo fuera? ¿No había unos vasos comunicantes entre las distintas partes del mundo, de forma que el bienestar de unos (pocos) era, es, el malestar de otros (muchos)?

Volviendo al atlantismo, Solana, como dijimos, había encontrado 50 razones para el no. De entrada, no. Y de salida menos, decían risueñamente algunos compañeros que tenían nociones de lo escrito en Suresnes. Pero eran muy pocos.  

No entraremos en lo que se afirma sobre que Suarez, el antiguo secretario general del Movimiento, era antiatlantista. Se dice que esa fue una de las causas por las cuales tuvo que irse. No nos extrañaría. Dice un reconocido y brillante marxista actual, que hasta Franco, con sus estatalizaciones, era más rojo que las políticas de algunos de nuestros progresistas. Sobre esto de la estatalización hay que decir que no sólo hay que tener en cuenta el instrumento, sino a qué clase o clases beneficia. Es decir, habrá que analizar si los beneficios son sometidos a medidas redistributivas.  

La primera crisis del petróleo generó auspicios pesimistas. Ya en los años setenta se comenzó a predecir el advenimiento de un futuro feudalismo en manos de multinacionales; de una sociedad que llamaban terciaria: es decir, tres clases: los que trabajaban en grandes empresas privadas, los funcionarios (muy pocos), y un sector subvencionado mediante un mínimo vital que evitara su radicalización. Las televisiones de hoy no han perdido la perspectiva de tal peligro, por lo cual nos entretienen con vaciedades de todo tipo. Quién nos iba a decir que un ex guardia civil nos iba a apasionar de semejante forma.  

Sin prever lo que vendría más tarde, es decir, lo de antes de antes, como dice El Roto, la izquierda se puso a debatir sobre lo que dijimos antes, entre dos matices a los que entonces se les dio suma importancia: socialismo es libertad, y socialismo en libertad. Socialismo y comunismo, respectivamente. La derecha liberal, más avispada, lo tenía muy claro: libertad incluso para anularla. Socialismo es libertad significaba que no consideraba a los países de socialismo real como tales, en cuanto no había libertad. Aunque en puridad, el exponente máximo del socialismo, Marx, contemplaba un periodo transitorio de dictadura proletaria. Los socialistas del es libertad podrían argüir que ellos no eran marxistas, pero habían cometido el error de incluir tal palabra en la pizarra de Suresnes. Por el contrario, los socialistas en libertad aceptaban críticamente dos fórmulas distintas de socialismo, es decir, no excomulgaban totalmente a los países de socialismo real, aunque ellos anteponían la libertad de Montesquieu a la proletaria de Marx, y con ciertas concesiones a Cuba y Yugoslavia. Quizás eran los esfuerzos de la propia historia que pretendía una síntesis entre el modelo de libertad para la burguesía y dictadura para el proletariado, o el modelo de libertad para el proletariado y dictadura para la burguesía. Este es un asunto que, naturalmente, no se ha tratado en la prensa de quioscos. Pero habría resultado interesante, incluso comercialmente rentable. De momento ha ganado la tesis frente a la antítesis y la síntesis. Veremos que depara el futuro.  

Curiosamente, más tarde descubrimos que el enemigo no era el país del socialismo real. Convertido este a capitalismo real, siguió siendo igual de enemigo. Juanto a Marx habría que leer a Mackinder (El pivote geográfico de la historia) y a Brzezinski, (El gran tablero mundial, poco más de 200 páginas).  

Decíamos al principio que el presente se ve más claro mirando al pasado. Pero hay que añadir que la operación inversa también es productiva; es decir, que mirando el presente podemos comprender muchas oscuridades del pasado. Respecto a la polémica marxismo sí, marxismo no, hay que recordar que en el XXVIII Congreso del PSOE la propuesta de Felipe González, abandonar las tesis marxistas, fue rechazada por el plenario. Ante la amenaza de dimitir (la gente llorando por los pasillos) González ganó a Marx. Una militancia realmente fiel: se abandonó un término que no hacía mucho se había incluido sin necesidad si se hubiera sido auténtico. Después pasó algo parecido con la Otan. Poco a poco íbamos comprendiendo el precio de aquella y desinteresada Europa. No en balde el SPD y el SAPO habían colaborado apoyando a un PSOE con piel de lobo.  

En este recorrido político–sentimental vemos que muchas cosas quedaron por el camino, no porque la raíz de las cosas haya cambiado verdaderamente, sino porque nosotros éramos ingenuos, y altamente manipulables por desinformados. Por ejemplo, mientras holandeses y franceses votaban no a la constitución europea, nosotros íbamos a las urnas, no con una idea equivocada, sino con una emoción desinformada. Una constitución que nos consideraba súbditos y que hubiera legalizado lo que ahora al menos es controvertido. 

Hablando de prensa oficial u oficializada en la España de aquel tiempo, hubo una eclosión de revistas de respetable calidad, al menos en el campo de la política, que ahora ya no existen: Triunfo, Cuadernos para el Diálogo, Índice, Criba (un falangismo sorprendentemente moderno). Referido a lo oficial, no sería mala idea crear un boletín oficial de agencias de noticias directamente dirigido a los ciudadanos. 

Para terminar, reseñar una injusticia cometida a lo largo de lo dicho: hemos hablado pensando que no estábamos en Europa, que queríamos ir a ella. Pero no es totalmente cierto, desde 1961 ya estábamos en Eurovisión. Eurovisión es un festival que destaca sobre todo (como el Premio Nobel) por su alejamiento del mundanal ruido, en busca de la justicia técnica y artística. Siempre ganan los mejores, justamente, y nunca los que no lo son, como Raphael, Julio Iglesias, Pastora Soler o Chiquilicuatre (que no cantaría, pero nadie le ganaba como comediante). A veces se tiene la sensación de que no se avanza, sino de que se da vueltas para volver al punto de partida. La teoría de que avanzamos en espiral, subiendo y bajando, parece cierta.  

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.