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Cuando la presión económica se convierte en coerción política, la cuestión ya no es ideología: es principio.
He admirado la Revolución Cubana desde que he estudiado la historia de los movimientos de liberación. No porque fuera perfecta. No porque sus líderes estuvieran más allá de toda crítica. Sino porque en un mundo moldeado por el imperio, una pequeña isla a noventa millas de Estados Unidos se atrevió a insistir en la dignidad.


