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El capitalismo exige rapidez, aceleración, una velocidad tan grande que apabulle, que no deje pensar, que oscurezca la lucidez, que apague la capacidad de reacción de los seres humanos.
Un país que es capaz de alojar, dar de comer y divertir a noventa millones de visitantes pero es incapaz de dar vivienda a quienes viven en él, es un país fracasado, roto, inconstitucional.


