Despojar a la agricultura de su función primordial de dar de comer podría traer consecuencias no deseadas para la humanidad. La batalla se libra entre tratar la comida como una mercancía o desde los derechos humanos
Despojar a la agricultura de su función primordial de dar de comer podría traer consecuencias no deseadas para la humanidad. La batalla se libra entre tratar la comida como una mercancía o desde los derechos humanos
En su último ensayo, el filósofo reflexiona sobre cómo el colapso ha dejado de ser un horizonte de excepción para integrarse en la gramática de lo cotidiano.
Entre los días 24 y 29 de abril se llevó a cabo, en la histórica ciudad de Santa Marta, Colombia, la Conferencia Internacional para la Transición más allá de los Combustibles Fósiles, organizada por los gobiernos de Colombia y de los Países Bajos, y que contó con la participación de 57 países.
La combinación de temperaturas cada vez más altas y la deforestación amenazan a la Amazonia con llegar un punto de no retorno para que gran parte de la ecorregión se convierta en un bosque degradado o una sabana seca, con consecuencias para la vida en toda América del Sur y a nivel global.
Un estudio anual de la Organización Meteorológica Mundial y del observatorio europeo Copernicus recuerda que nuestro continente se está calentando dos veces más rápido que la media mundial. En 2025, Europa batió su récord tanto en cuanto a olas de calor marinas como a superficie arrasada por los incendios.
Toda civilización ha sido moldeada por su fuente de energía. El esclavismo dependía de los músculos; el feudalismo de la biomasa; el capitalismo industrial nació del carbón y se expandió con el petróleo. Esa energía fósil —concentrada, jerárquica y acumulada durante millones de años— nos dio una capacidad inédita para movernos, volar y soñar con las estrellas. Pero también nos ató a una lógica de extracción, agotamiento y descarte.