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Cómo Gran Bretaña niega sus Holocaustos

Fuentes: The Guardian

Traducido para Rebelión por Germán Leyens

Al leer las informaciones sobre el juicio del novelista turco Orhan Pamuk, llaman la atención dos aspectos:
El primero, desde luego, es la brutalidad anacrónica de las leyes de ese país. El señor Pamuk, como numerosos otros escritores y periodistas, es procesado por «ultraje a la nación turca», con lo que se quiere decir que se atrevió a mencionar el genocidio armenio en la primera guerra mundial y el asesinato de kurdos en la última década.
El segundo, es su asombrosa, incoherente, estupidez. El camino más adecuado para que esas masacres se conviertan en temas de actualidad, es precisamente procesar al novelista más importante del país por haberlas mencionado.
Mientras se prepara para acceder a la Unión Europea, el gobierno turco descubrirá que los otros miembros han encontrado un medio más efectivo para suprimir informaciones. Sin coerción legal, sin utilizar turbas aullantes para expulsar a escritores de sus hogares, hemos desarrollado una capacidad casi infinita para olvidar nuestras propias atrocidades.
¿Atrocidades? ¿Qué atrocidades? Cuando un escritor turco utiliza esa palabra, todos en Turquía saben de qué habla, aunque lo nieguen vehementemente. Pero la mayoría de la gente en Gran Bretaña te mirará sin comprender. Quisiera mencionar dos ejemplos, ambos tan bien documentados como el genocidio armenio.
En su libro «Late Victorian Holocausts» [Holocaustos de fines de fines del período victoriano], publicado en 2001, Mike Davis cuenta la historia de las hambrunas que mataron entre 12 y 29 millones de indios (1). Fueron, demuestra, asesinados por la política estatal británica.
Cuando una sequía de El Niño llevó a la indigencia a los campesinos de la meseta de Decca en 1876 había un excedente neto de arroz y trigo en India. Pero el virrey, Lord Lytton, insistió en que nada debía impedir su exportación a Inglaterra. En 1877 y 1878, en el punto álgido de la hambruna, los mercaderes de granos exportaron un récord de 6,4 millones de quintales de trigo. Mientras los campesinos comenzaban a morir de inanición, se ordenó a los funcionarios del gobierno que «desalentaran las labores de ayuda de todas las maneras posibles» (2). La Ley contra contribuciones caritativas de 1877 prohibió «bajo pena de encarcelamiento donaciones privadas de ayuda que interfirieran potencialmente con la fijación de precios del grano por el mercado.» La única ayuda permitida en la mayoría de los distritos eran los trabajos forzados, de los que se excluía a todo el que estuviera en un estado avanzado de inanición. Dentro de los campos de trabajo, los trabajadores recibían menos comida que los reclusos en Buchenwald. En 1877, la mortandad mensual en los campos equivalía a una tasa anual de mortalidad de un 94%.
Mientras morían millones, el gobierno imperial lanzó «una campaña militarizada para cobrar deudas por impuestos acumuladas durante la sequía.» El dinero, que arruinó a los que de otra manera podrían haber sobrevivido a la hambruna, fue utilizado por Lytton para financiar su guerra en Afganistán. Incluso en sitios que habían producido un excedente de alimentos, la política de exportación del gobierno, como la de Stalin en Ucrania, produjo hambre. En las provincias del noroeste, Oud y el Punjab, que habían producido cosechas récord en los tres años precedentes, murieron por lo menos 1,25 millones.
Tres libros recientes – «Britain’s Gulag» [El Gulag británico] de Caroline Elkins,
«Histories of the Hanged» [Historias de los ahorcados] de David Anderson y «Web of Deceit» [Red de engaños] de Mark Curtis – muestran cómo colonos blancos y soldados británicos reprimieron la revuelta maumau en Kenia en los años cincuenta. Expulsados de sus mejores tierras y privados de derechos políticos, los kikuius comenzaron a movilizarse – algunos de ellos violentamente – contra el régimen colonial. Los británicos reaccionaron encerrando a hasta 320.000 de ellos en campos de concentración (3). La mayoría de los restantes – más de un millón – fueron mantenidos en «aldeas cercadas». Los prisioneros fueron interrogados con ayuda de «cortado de orejas, perforación de tímpanos, azotes hasta la muerte, vaciado de parafina sobre sospechosos que después eran incendiados, y la quema de tímpanos con cigarrillos encendidos.» (4) Soldados británicos utilizaban un «instrumento castrador metálico» para cortar testículos y dedos. «Cuando terminé de cortarle las bolas», alardeó un colono, «no le quedaban orejas, y su globo ocular, el derecho, creo, colgaba fuera de su órbita» (5). A los soldados se les dijo que podían dispararle a cualquiera que quisieran «siempre que fuera negro» (6). La evidencia de Elkins sugiere que más de 100.000 kikuius fueron asesinados por los británicos o murieron de enfermedades y hambre en los campos. David Anderson documenta el ahorcamiento de 1090 presuntos rebeldes: muchos más que los ejecutados por los franceses en Argelia (7). Miles más fueron sumariamente ejecutados por soldados que afirmaron que «no se detuvieron» cuando se les ordenó hacerlo.
Son sólo dos ejemplos de por lo menos veinte atrocidades semejantes supervisadas y organizadas por el gobierno británico o colonos británicos: incluyen, por ejemplo, el genocidio tasmaniano, el uso de castigos colectivos en Malaya, el bombardeo de aldeas en Omán, la guerra sucia en el Norte de Yemen, la evacuación de Diego García. Algunas de ellas podrían provocar una marea, en la memoria de algunos miles de lectores, pero la mayoría de la gente no tendrá la menor idea de qué estoy hablando. Max Hastings, en el Guardian de hoy, lamenta nuestra «relativa falta de interés por los crímenes de Stalin y Mao.» (8). Pero por lo menos sabemos que ocurrieron.
En el Express podemos leer al historiador Andrew Roberts que argumenta que para «en la mayor parte de su historia de medio milenio, el Imperio Británico fue una fuerza ejemplar por el bien… los británicos renunciaron a su Imperio en gran parte sin derramamiento de sangre, después de haber tratado de educar a sus gobiernos sucesores en la forma de la democracia y de las instituciones representativas» (9) (presumiblemente encarcelando a sus futuros dirigentes). En el Sunday Telegraph, insiste en que «el imperio británico aseguró sorprendentes tasas de crecimiento, por lo menos en los sitios suficientemente afortunados, para ser coloreados en rosa en el globo.» (10). (Compárese con el dato central de Mike Davis, de que «no hubo aumento en el ingreso per capita de India desde 1757 a 1947», o la demostración de Prasannan Parthasarathi de que «los labradores del sur de la India tuvieron mayores ingresos que sus homólogos británicos en el siglo XVIII y vivieron vidas de mayor seguridad financiera.» (11). (En el Daily Telegraph, John Keegan afirma que «el imperio, en sus últimos años, se hizo altamente benévolo y moralista.» Los victorianos «querían llevar la civilización y el buen gobierno a sus colonias y abandonarlas cuando ya no fueran bienvenidos. En casi cada país, otrora coloreado de rojo en el mapa, cumplieron con esta resolución.» (12)
Existe un Holocausto, sagrado justamente, en la historia europea. Todos los demás pueden ser ignorados, negados o menospreciados. Como señala Mark Curtis, el sistema dominante de pensamiento en Gran Bretaña «promueve un concepto crucial que subyace a todo lo demás – la idea de la benevolencia básica de Gran Bretaña… La crítica de políticas exteriores es ciertamente posible, y normal, pero dentro de límites estrechos que muestran «excepciones» en, o «errores» en, la promoción de la regla de la benevolencia básica.» (13). Temo que esta idea, es el genuino «sentido de la identidad cultural británica» por cuya presunta pérdida se queja Max en la actualidad. No se requiere a ningún juez o censor para imponerla. Los dueños de los periódicos simplemente contratan las historias que desean leer.
El acceso de Turquía a la Unión Europea, puesto ahora en peligro por el juicio de Orhan Pamuk, requiere no que acepte sus atrocidades; sólo que permita que sus escritores expresen impotentemente su furia en su contra. Si el gobierno quiere que se olvide el genocidio de los armenios, debería abandonar sus leyes de censura y dejar que la gente diga lo que quiera. Sólo tiene que permitir que Richard Desmond y los hermanos Barclay compren sus periódicos, y el pasado no volverá a molestarlo.
www.monbiot.com
Referencias:
1. Mike Davis, 2001. Late Victorian Holocausts: El Nino Famines and the Making of the Third World. Verso, Londres.
2. Una orden del lugar teniente-gobernador Sir George Couper a sus oficiales de distrito. Citado en Mike Davis, Ibíd.
3. Caroline Elkins, 2005. Britain’s Gulag: The Brutal End of Empire in Kenya. Jonathan Cape, Londres.
4. Mark Curtis, 2003. Web of Deceit: Britain’s Real Role in the World. Vintage, Londres.
5. Caroline Elkins, Ibíd.
6. Mark Curtis, Ibíd.
7. David Anderson, 2005. Histories of the Hanged: Britain’s Dirty War in Kenya and the End of Empire. Weidenfeld, Londres.
8. Max Hastings, 27th December 2005. This is the country of Drake and Pepys, not Shaka Zulu. The Guardian
9. Andrew Roberts, 13th July 2004. We Should Take Pride in Britain’s Empire Past. The Express.
10. Andrew Roberts, 16th January 2005. Why we need empires. The Sunday Telegraph.
11. Prasannan Parthasarathi, 1998. Rethinking wages and competitiveness in Eighteenth-Century Britain and South India. Past and Present 158. Citado por Mike Davis, Ibíd.
12. John Keegan, 14th July 2004. The Empire is Worthy of Honour. The Daily Telegraph.
13. Mark Curtis, Ibíd.
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http://www.monbiot.com/archives/2005/12/27/how-britain-denies-its-holocausts/#more-969
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