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Italia: nuevo gobierno de Draghi

Draghi: el ingeniero de sistemas, no un piloto automático

Fuentes: Il Manifesto (Italia) [Imagen: Mario Draghi con Angela Merkel en un acto en el Banco Central Europeo. Créditos: Banco Central Europeo]

Traducido del italiano para Rebelión por Susana Merino

En este artículo el autor sostiene que Draghi no será un tecnócrata en el gobierno italiano, sino el ingeniero de un nuevo ataque neoliberal contra las clases populares… y eso es política neoliberal.


Escenarios. Se debe rechazar el intento de la derecha por volver a acreditarse, preparada para entrar en el nuevo gobierno, no sólo porque viene limitado perimetralmente por «Úrsula» [von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea], sino debido a los puntos que presenta su programa y en el sentido de la defensa del bien público.

Puede decirse de todo del gobierno de Draghi, excepto que sea un gobierno técnico. Los precedentes, nacidos bajo esa definición, Ciampi, Dini,y Monti, se encuentran entre los gobiernos que más impacto han tenido en la vida material del país, véase por ejemplo el tema de las pensiones; por lo tanto y en ese sentido, han hecho política, en el sentido más embarazoso del término. Al mismo tiempo, las condiciones objetivas y subjetivas son demasiado diferentes como para realizar comparaciones estrictas en tales situaciones. Con Draghi tenemos una especie de interpenetración entre la gobernanza europea y el gobierno nacional.

Incluso es simplista decir que se debe a la indolencia de nuestras clases políticas y económicas, que nuestro país necesita un “piloto automático», un comisario tecnócrata y he aquí que tenemos al ingeniero constructor, no solo a su robot, Mario Draghi, quien ha protagonizado las diferentes fases de construcción europea, ya fuese en su papel público o privado. Al menos cuatro fueron las fases, en estricta sucesión cronológica, salvo alguna superposición temporaria, en las que participó.

La era de las grandes privatizaciones, decididas a bordo del Britannia, con las que nuestro país se convirtió en el segundo, solo por detrás de la Inglaterra de Thatcher, por el volumen del valor de las desinversiones de activos de los bienes estatales, acompañadas del riguroso fanatismo que eventualmente diera lugar al absurdo Pacto Fiscal y a la brutal furia contra Grecia. La infame carta, firmada juntamente con Jean-Claude Trichet, dirigida al gobierno italiano del 5 de agosto de 2011, trazó un camino de lágrimas y sangre escrupulosamente seguido por los gobiernos posteriores, que llevó al despliegue, aunque tardío en comparación con otras partes del mundo, de una política de expansión monetaria con flexibilización cuantitativa (‘quantitative easing’).

Hasta llegar a la intervención del Financial Times del 25 de marzo del año pasado, en la que la deuda (la «buena», no para fines de bienestar o para mantener vivos los negocios zombis, lo especificará en otro lugar), dejó de ser tabú, denunciando, al mismo tiempo, los límites de una política monetaria expansiva sin estar acompañada de cambios estructurales. Al desarrollar la película se tiene la visión precisa de la construcción de una política, propia del tiempo de la lucha de clases posterior a la lucha de clases, que habría dicho Luciano Gallino, que intervino desde el punto de vista de los vencedores. Con Draghi, por lo tanto, no asistimos a la muerte de todas las políticas; tan solo asistimos a un funeral del que solo sobrevive una engañosa crisálida, una vez que se eliminó -en el caso de que no estuviese ya eliminada- la representación política de una de las partes del conflicto social.

Las modalidades de formación del nuevo gobierno presentan muchas anomalías, incluso bajo el perfil constitucional. También se puede definir como un gobierno del presidente, en la medida en que esta definición pueda tener sentido en un sistema que mantiene aún la forma de un gobierno parlamentario.

Sin caer en conspiraciones innecesarias, el inusual activismo del Jefe de Estado ciertamente tiene algo de certificado de nacimiento, ante la humillante dejación de funciones de las fuerzas político-parlamentarias, en una situación en la que todos empleaban palabras tan dramáticas que se podrían comparar con las que se emplean en la posguerra. Sin embargo, si se mira a través del ojo de la cerradura, no se han producido colapsos dramáticos como los que tuvieron lugar en el pasado.

Pero esto solo demuestra la integración de nuestra economía en el marco internacional y las expectativas relacionadas con la innovadora intervención europea. Pero no resuelve el problema de la disminución de la ocupación, con jóvenes y mujeres como primeras víctimas, o el del hundimiento de nuestro sur. Los retrasos en el Plan de Recuperación no son temporales, sino culturales.

Una clase dominante que creció en el mito de la austeridad y el rigor, naturalmente, no aplicado a sí misma (si se piensa en la histérica reacción a una tímida propuesta sobre el patrimonio), sino a las clases más débiles o mejor dicho a la extragrande mayoría de la población, que tiene serias dificultades para reeducar su capacidad de compra. Quienes, por una cuestión de principios, han negado la posibilidad de una intervención pública encaminada a plantear un nuevo tipo de desarrollo económico, encuentra incompatible la idea misma de planificación.

Estos son los problemas a los que se enfrenta Draghi, mucho más serios que el nombre de los ministros, de su procedencia, de sus capacidades intelectuales o el de su exangüe nomenclatura partidaria.

Se debe rechazar, no en el nombre del espacio “Úrsula”, sino en el de otras opciones programáticas y en el de los objetivos del bien público, el intento de nuestra derecha local de volver a ganar crédito, incluso a nivel europeo, demostrando su disposición y su voluntad de participar en el nuevo gobierno en primera persona.

En este sentido era legítimo esperar una actitud más prudente por parte de los dirigentes sindicales, que inmediatamente expresaron un respaldo inusual a Draghi, incluso antes de un prometido encuentro.

Tanto más teniendo en cuenta que el acuerdo sobre los contratos de los metalúrgicos aún debe ser aprobado por los trabajadores, lo que demuestra que se podría producir una brecha en el muro de la confederación de actividades industriales y reabrir un espacio social y democrático, única manera, por otra parte, de influir en la elección del próximo gobierno.

Fuente: https://ilmanifesto.it/con-draghi-lingegnere-costruttore-non-il-pilota-automatico/

Esta traducción puede reproducirse libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor y la fuente original, a la traductora y a Rebelión.org como fuente de la traducción.

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