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Entrevista a Teivo Teivainen, Profesor de la Universidad de Helsinki

“El uso de la esvástica refleja las ambivalencias de Finlandia”

Fuentes: Ctxt [Foto: Teivo Teivanen (Foto cedida por el entrevistado)]

Teivo Teivainen (Helsinki, 1965) vive frente a un mar Báltico que, visto desde su ventana, parece un río. En su edificio se filmaron escenas de Karppi, la serie en la que la detective se enfrenta con mafias locales y rusas.

Además de ser uno de los latinoamericanistas más importantes de Finlandia, Teivainen es un activo intelectual en la vida pública local y profesor de Política Mundial en la Universidad de Helsinki. Actualmente, se encuentra escribiendo un libro sobre la historia del uso de la esvástica en el país, un hecho curioso que llega hasta el presente y cuyos pliegues informan de las diversas facetas de una historia nacional marcada por la cercanía con Rusia, un lugar geopolítico extremadamente complicado, una guerra civil entre blancos y rojos, el alineamiento con la Alemania nazi y, tras la Segunda Guerra Mundial, un Estado de Bienestar transformado en marca país.

Hoy el país nórdico está liderado por una de las gobernantes más jóvenes del mundo, Sanna Marin, de 35 años, que ha dejado atrás la imagen de la socialdemocracia como un “partido de viejos”. La coalición en el poder la integran cinco partidos presididos por mujeres. Pero la extrema derecha de los Verdaderos Finlandeses, crecientemente radicalizada, ha logrado captar las frustraciones y ansiedades de parte de la población y ha ascendido al podio de los tres partidos más votados.

Sobre todos estos temas hablamos con Teivainen, vía Zoom, de espaldas a un gran mural pintado por el artista peruano Jorge Miyagui, que decora la pared de la sala de su piso y desentona con la aséptica estética nórdica.

La socialdemocracia volvió después de décadas a gobernar todos los países nórdicos de manera simultánea y, de ese modo, parecen confluir hacia la imagen casi “natural” que tenemos de ellos. Pero mientras que en casi todos esos casos predominan las alas derechas de esos partidos, Sanna Marin parece tener un discurso socialdemócrata que conecta con sectores juveniles y algunas posiciones ubicadas más a la izquierda, ¿es así?

En Finlandia, esa idea internacional de país progresista, en el sentido socialdemócrata, parecía fuera de la realidad durante los años anteriores a este gobierno que comenzó hace dos años, cuando tuvimos un gobierno muy de derecha, del centroderecha aliado a la derecha populista y xenófoba. Desde fines de 2019, gobierna nuevamente el Partido Socialdemócrata y con la coalición más a la izquierda en mucho tiempo: están los verdes y la Alianza de la Izquierda junto con el Partido de Centro –el tradicional partido agrario– y el partido de los suecoparlantes, el Partido Popular Sueco de Finlandia (centro liberal).

Es una coalición algo excepcional. En estos años hubo sin duda un cambio generacional en el Partido Socialdemócrata, que llegó a tener más visibilidad con Sanna Marin. En los verdes y la izquierda era clara la presencia juvenil en sus liderazgos, mientras que la socialdemocracia parecía un partido de viejos. Este cambio llegó más tarde a la socialdemocracia pero con mucha fuerza. Y se combinó con un discurso un poco más de izquierda que el de los líderes socialdemócratas anteriores. El gobierno de Marin, con los cinco partidos de la coalición liderados por mujeres, amplificó sin duda esa imagen de renovación. Ella tiene carisma, es muy hábil en los medios y habla de cosas como la reducción de la jornada y de la semana laboral. Pone en la mesa cosas que parecían hasta hace poco demandas utópicas. Y así, de vez en cuando, proyecta la imagen de que no se limita a administrar lo que existe. De vez en cuando nombra a Karl Marx y habla de una manera que parece más confortativa con el poder económico. A la vez, en política exterior fue más crítica con China de lo que es la línea de Estado manejada por el presidente de la República; por ejemplo con las violaciones de derechos humanos de los uigures.

Sanna Marin proyecta frescura frente a posiciones demasiado cautelosas. Pero también hay matices. Por ejemplo, en la política europea. En las últimas negociaciones, Finlandia se ha asociado a una línea más conservadora que desde la óptica de Europa del sur parece poco solidaria. Y así se pudo ver su choque con Pedro Sánchez a mediados de 2020. También en temas ambientales se ha acercado más hacia el Partido de Centro frente a los verdes y la izquierda.

En Noruega, los socialdemócratas buscaron evitar una coalición con los verdes por la cuestión petrolera, ¿dónde están los puntos más sensibles en Finlandia, en la madera?

Obviamente la madera es la industria histórica. En un momento parecía que la industria forestal perdía importancia por la digitalización, pero luego se dieron cuenta de que los chinos no pueden limpiarse el culo con un iPad, y de que cuando China se urbaniza necesita papel. Con la digitalización, la gente va menos a las tiendas pero hay que enviar los productos en cajas de cartón. Y ese cartón también proviene de la celulosa. El discurso de Sanna Marin que las empresas interpretaron como demasiado radical se vincula quizás más con las demandas salariales que con la cuestión ambiental.

En Finlandia predomina la visión, sobre todo en el Partido de Centro, de que desde la Unión Europea se intenta restringir la capacidad del país de usar sus recursos forestales, y se argumenta que la UE no entendería cosas como que un país tan conectado con sus bosques sabe cuidarlos. Está también la cuestión de las minas. Alguien usó la expresión de que somos el “Congo de Europa”. Me parece exagerado plantearlo así pero es cierto que se dan concesiones muy beneficiosas a empresas extranjeras para explotar la minería en el norte del país. Y hay un intento de cambiar la ley de minería. Un tema bastante simbólico también, porque en Finlandia es algo tradicional, es el de la turba para combustible. Es bastante antiecológico. Sobre todo esto se hicieron muchas concesiones a las posiciones del Partido de Centro que enojaron a los verdes e hicieron daño a la imagen de Sanna Marin entre muchos ecologistas.

¿Qué papel juega hoy la extrema derecha?

Nuestra autoimagen es que somos un pueblo muy educado, muy racional. Y luego vemos que países como España van por delante en términos de vacunación, porque acá hay gente que no quiere vacunarse. Sobre todo, más cercana al Partido de los Finlandeses o Verdaderos Finlandeses, que es uno de los más grandes de Finlandia; en las últimas elecciones quedó segundo con el 17,7% de los votos a centésimas de los socialdemócratas. El partido formó parte del anterior gobierno. Este partido proviene del populismo agrario, del Partido Rural, a diferencia de la extrema derecha sueca que es un partido posfascista. Pero no obstante, atrajo a gente de extrema derecha, incluidos fascismos históricos. En los últimos años se impuso la fracción más xenófoba y radical, con el nuevo líder Jussi Halla-aho, que fue condenado en la justicia por racismo. Por eso quedaron fuera del gobierno y se formó una facción denominada Futuro Azul, conformada por quienes siguieron en el gobierno de centroderecha. Pero esta versión más moderada no prosperó; en las elecciones de 2019 mientras que los Verdaderos Finlandeses quedaron cerca del primer lugar, Futuro Azul no logró siquiera entrar en el Parlamento.

Lo que es interesante hoy es que para poder establecer puentes con la derecha tradicional de Coalición Nacional, los Verdaderos Finlandeses han liberalizado su propuestas económicas, que antes mantenían las huellas de su origen en el populismo agrario. Esto podría traerles problemas con sus votantes de origen social más humilde. Antes se veía a Demócratas de Suecia, que tiene su origen en el fascismo, como más extremistas que los Verdaderos Finlandeses, pero ahora esa imagen se ha invertido hasta cierto punto. Ha cambiado nuevamente el liderazgo, ahora a la cabeza de una mujer –Riikka Purra– pero sus posiciones no han variado.

Cuando el año pasado murió el ecologista profundo Pentti Linkola –que proponía una reducción de la población radical, con métodos no siempre muy aceptables– usted escribió sobre las dificultades para pensar el multiculturalismo y la tolerancia hacia el racismo en el país…

Podría sintetizarlo de esta forma: en Finlandia la tolerancia hacia ciertos tipos de racismo, incluido el antisemitismo, puede ser más alta que en algunos otros países europeos. En el caso de Pentti Linkola, por ejemplo, se solía decir: “Es un ecologista radical, vive como predica, como pescador, en condiciones muy precarias, con una labor que en muchos aspectos es admirable en términos de conservacionismo… claro que su discurso tiene un lado que viene de un ecologismo con toques fascistoides, con elementos racistas, y antiinmigración –decía por ejemplo que si los migrantes mueren también lo hacen los pájaros cuando migran o que las hambrunas pueden ser positivas para la naturaleza–, pero bueno…”. Se ha notado esta tolerancia en su caso pero también en otros, como el del empresario Juha Kärkkäinen, que no solo fue condenado por racismo sino que habla de un “nuevo orden judío” y cita revistas abiertamente nazis. Y eso no impidió que hubiera equipos de hockey sobre hielo con patrocinio de su empresa ni que su ciudad lo condecorara. En Finlandia hay poca capacidad colectiva para establecer líneas rojas sobre estos temas.

Hablando de esto, usted está escribiendo un libro sobre los usos de la esvástica en Finlandia… ¿quiere sintetizar sus hallazgos?

La historia de la esvástica en Finlandia abre mil cuestiones. Para conectarlo con lo anterior, diría que Finlandia fue en la Segunda Guerra Mundial un país aliado de la Alemania de Hitler. Una historia más o menos aceptada en el país es que no hubo otra opción: Rusia que nos quería comer, nadie nos prestaba ayuda, etcétera. Se dice que no participamos de esa alianza porque fuéramos nazis, sino que era una necesidad histórica de supervivencia y cosas así. Primero se decía que Finlandia había tenido una guerra separada contra la URSS, respecto de Alemania. Pero casualmente, Finlandia ataca a la URSS en 1941 al mismo tiempo que Alemania. Hoy nadie cree en el cuento de la guerra separada. Entonces se dice que sí, que atacamos junto con Alemania pero por necesidad y sin que hubiera afinidad ideológica. Hasta cierto punto pudo ser así pero esta idea dominante significa que si alguien dice por ejemplo “el rector de la Universidad de Helsinki era simpatizante de Hitler y participaba en comités pronazis”, la reacción va a ser que son casos aislados, casi detalles. “Dijo esto pero es un gran pintor; dijo esto otro pero es el compositor nacional; dijo aquello pero fue un chiste”. No es que haya silencio, hay debate, pero al no haberse procesado esa historia sigue siendo algo muy complicado.

Usted reveló que en 2020 la Fuerza Aérea dejó de usar la esvástica. Y muchos se sorprendieron fuera de Finlandia de que la siguieran usando…

La Fuerza Aérea de Finlandia siempre ha utilizado la esvástica. Nació en 1918, durante la guerra civil, cuando el conde sueco Eric von Rosen donó el primer avión a los blancos, que luego ganan la guerra civil contra los rojos, y el avión tiene una esvástica. Desde entonces, es uno de los símbolos, y durante mucho tiempo el símbolo principal, de la fuerza aérea. Después de la Segunda Guerra Mundial, la quitaron prácticamente de todos lados hasta mediados de los años 50. Pero luego la metieron otra vez, ya no en aviones pero sí en banderas e insignias. Yo indagué sobre todo en los intentos de explicar esa situación a los extranjeros, en los argumentos utilizados. Hay dos temas que se me llamaron la atención. Uno es que se suele decir: eso viene de 1918 mientras que la historia de Hitler y la esvástica comienza en 1920. Entonces no hay nada de nazi; end of story. Pero la esvástica se usaba en la derecha racista y antisemita de Europa del norte mucho antes de Hitler, ya en el siglo XIX. Y por otro lado, el conde von Rosen, que donó el avión y colocó en él la esvástica, va a llegar a ser una de las figuras del nazismo sueco y amigo de Hitler.

Por otro lado, en Finlandia casi todos piensan que se usaba la esvástica al revés. Mucha gente te va a decir que nuestra esvástica es diferente. Pero es una especie de falsa memoria colectiva. Hay matices, como el color, pero no la forma. Hay obviamente formas de esvásticas muy antiguas. Pero en la exposición mundial de París de 1879 ya había conexiones entre la esvástica y formas de arianisno antisemita que se mezcla con sus significados más tradicionales. En Finlandia, el discurso dominante es que la esvástica local no tiene nada que ver con nada. Pero en la década de 1920, en Finlandia, quienes usan esvástica son parte de la derecha nacionalista antibolchevique. Yo vivo donde se divide la vieja Helsinki roja de la Helsinki blanca –estoy del lado de la Helsinki tradicionalmente obrera– separadas por el mar Báltico. Las esvásticas están todas en edificios del lado de la Helsinki blanca. Las hay en edificios, en algunas aceras; no es que haya miles, hay que ir a buscarlas. Están ahí desde fines de los 20. Por ejemplo, hay una asociación de mujeres de apoyo a los militares llamada Lotta Svärd. Su líder fue la única mujer no alemana en recibir la medalla de la Orden del Águila Alemana de manos de Hitler, y esa organización tiene la esvástica como símbolo oficial. Obviamente, esta esvástica “no tiene nada que ver” con nada.

El uso histórico de la esvástica se vinculaba también con el trauma mongol. Aunque ahora suene absurdo, desde el racismo “científico” muchos nos consideraban mongoles porque hablamos una lengua no europea. Nos pintaban como amarillos. Y ahí la esvástica conecta precisamente con el símbolo del supremacismo blanco. “Acá estamos, también somos blancos”. Obviamente, eso no significa que todos quienes la usaban fueran nazis. Hay en efecto matices que yo tomo en cuenta en mi libro.

¿Y la fuerza aérea dejó de usarla en 2020?

Hace un año, después de que yo pusiera un tuit, me entrevistaron sobre este tema en varios medios grandes del extranjero. Y luego eso repercutió en Finlandia. No quiero sobredimensionar mi propio papel, pero he tenido un rol en el debate público sobre este asunto. El año pasado me doy cuenta de que en las páginas de la Fuerza Aérea hay menos esvásticas que antes y llamo para preguntar. Me responden que sí, que no… entonces dije que iba a hacer una petición de información pública. Al final, me responden que la quitaron de las insignias de la Comandancia de la fuerza. Pero queda hasta hoy en otro tipo de usos oficiales. De alguna manera, lo que dicen es que se aburrieron de tener que explicar el tema cada vez.

El dilema es que si dejan de usarla al final va a aparecer que algo malo tenía, por eso lo hicieron de manera subrepticia y parcial. Frente a Rusia, tener esas insignias podría servir para darle argumentos al Kremlin. Si un día hay un enfrentamiento podrán decir que están atacando a unos militares fachas: nuestros abuelos han luchado contra los fascistas finlandeses y hoy vamos a hacer lo mismo o algo así. Pero acá la idea es que no nos importa lo que dice Rusia porque más bien eso significa que somos parte de Occidente… pero hoy Occidente tampoco es que vea muy bien la esvástica. No hay que sobreestimar los efectos militares, pero los alemanes suspendieron una ceremonia conjunta en el norte de Finlandia en junio pasado… Nosotros, cuando la miramos, ya vemos un símbolo completamente diferente, pero no es fácil convencer a los alemanes de eso. Aún así, para la Fuerza Aérea finlandesa, si cuestionas la esvástica eres un pacifista, comunista, hippie o prorruso. “Aunque nos critiquen un poco, eso demuestra al mundo que somos guerreros”, me respondieron una vez.

En verdad, yo no estoy diciendo que la quiten o no, no me interesa ser normativo; mi objetivo es entender más la historia del nacionalismo y las ambivalencias finlandesas, y hacer preguntas que animen la conversación pública.

Pablo Stefanini es periodista e historiador. Coautor de Todo lo que necesitás saber sobre la Revolución rusa (Paidós, 2017) y autor de ¿La rebeldía se volvió de derecha? (Siglo Veintiuno, 2021).

Fuente: https://ctxt.es/es/20211101/Politica/37671/teivo-teivanen-finlandia-esvastica.htm