FLORENCIA – ITALIA
Viaje a la fábrica italiana que ha cambiado coches por bicicletas… y patronos por cooperativa
Por Fermín Grodira Sofía Turati
La multinacional británica GKN despidió a sus 442 trabajadores de su factoría en Florencia. Ahora, ellos han creado una cooperativa para darle a la fábrica una vida más sostenible.
El día que anunciaron el cierre de la fábrica de coches en la que Claudio llevaba trabajando 31 años, él no se enteró hasta bien entrada la noche. Estaba celebrando el aniversario de boda con su esposa. Fue el viernes 9 de julio de 2021 y la multinacional británica GKN decidió despedir por correo electrónico a sus 442 trabajadores de su factoría en Florencia. «No nos lo esperábamos en absoluto. El día anterior estuvimos trabajando horas extras. El trabajo fue bueno, dentro de la fábrica aún hay máquinas nuevas empaquetadas», cuenta Claudio. Pero los trabajadores organizados reaccionaron rápidamente con una «asamblea sindical permanente» en la enorme nave industrial situada en el municipio industrial de Campi Bisenzio. Han creado una cooperativa para la producción de bicicletas de carga y paneles solares que busca contribuir a la transición ecológica. Hoy Claudio es uno de esos operarios que hace guardia en el recinto de la fábrica. Forma parte de esta confluencia de lucha obrera, transición ecosocial y reconversión industrial.
De Fiat a un empresario de la cerámica
La fábrica se encuentra frente al centro comercial más grande de la Toscana. Originalmente de FIAT, pasó a ser Stellantis tras la fusión de la automotriz italiana con Peugeot-Citroën, antes de ser propiedad de GKN Automotive. Los problemas para sus empleados toscanos empezaron en 2018 con la compra de GKN por otra multinacional británica, Melrose Industries, cuyo modelo de negocio consiste en comprar empresas industriales en dificultades para venderlas luego. Aunque el Consejo de administración de GKN se opuso a la adquisición, la compañía británica logró adquirir más de la mitad de las acciones por más de 8 millones de libras esterlinas. Tres años después, en el verano de Toscana, Melrose anunció el cierre de su fábrica en Italia. Desde la compra por parte de Melrose, GKN ha cerrado cinco factorías en todo el mundo. En 2023, decidió desgajar GKN en una nueva cotizada en la bolsa de Londres, que ha perdido casi la mitad de su valor bursátil en solo 15 meses. Tras su cierre, la fábrica pasó en diciembre de 2021 a manos del empresario italiano de la cerámica Francesco Borgomeo. El nuevo dueño lanzó un plan para reindustrializar la factoría, pero en febrero de 2023 liquidó la sociedad sin presentar un plan de reconversión ni aportar capital ni inversión, «como si su verdadero objetivo fuera despedir y vaciar la planta, para ponerla a disposición de la especulación», denuncia a El Confidencial el colectivo de la fábrica.
Los Tribunales han revocado el despido colectivo tras constatar el comportamiento «antisindical» de Borgomeo por no informar previamente al cese total de la actividad empresarial, pese a ser su obligación. Así, actualmente sigue existiendo una relación laboral entre la propiedad y los trabajadores, aunque esta no acude a las mesas de negociación, ni paga los salarios ni la Seguridad Social de los empleados, que llevan sin cobrar tres años, según indican ellos mismos. La asamblea permanente de los trabajadores de GKN Florencia ya es la más larga de la historia de Italia.
«Bajo control social y obrero»
Para capitalizar GKN for Future (Gff), la cooperativa de trabajadores que busca darle una nueva vida a la fábrica, una parte de los empleados organizados de GKN decidió lanzar en 2023 una colecta de fondos que duplicó su objetivo inicial, hasta lograr unos 175.000 euros. Actualmente la cooperativa busca que la factoría esté «bajo control social y obrero» a través de un accionariado popular por un valor total de un millón de euros.
Cualquier colectivo o persona puede comprar parte de las acciones para ser partícipe del proceso de reindustrialización verde. Eso sí, se pide un mínimo de 500 euros para tener voz en las asambleas de la futura cooperativa. «Nuestro problema era desarrollar un plan industrial autónomo de la voluntad política», destaca Leonard Mazzone, investigador de Filosofía Social y Política de la Universidad de Florencia especializado en cooperativas que recuperan compañías en riesgo de cierre. Mazzone ha coordinado el plan industrial para elaborar la reconversión industrial de la factoría con dos piedras angulares: la movilidad sostenible a través de bicicletas de carga y la producción y recuperación de paneles solares.
La solidaridad internacional ha llamado a las puertas de la fábrica. Especialmente de países como Alemania con un potente movimiento ecologista interesado en apoyar la producción y adquirir bicicletas de carga y producir electricidad a partir del sol. Precisamente las placas solares instaladas en la fábrica fueron una donación de una asociación ecologista germana. Sin embargo, un «gran problema» proviene de la competencia de fabricantes de paneles a mayor escala, con años de experiencia, medios infinitamente superiores y precios más bajos, especialmente procedentes de China. El plan busca superar a la competencia asiática con la producción e instalación de paneles adaptables a las necesidades del cliente final, así como alargar la vida útil de viejos paneles fotovoltaicos más allá de los 10 años. La nueva fábrica prevé emplear a 136 trabajadores de los aproximadamente 150 empleados de GKN que son miembros de la cooperativa Gff. Un plan industrial que busca salir adelante gracias a inversores provenientes mayoritariamente de la banca ética y del sector de las cooperativas, según Mazzone. Modelos como la vasca Corporación Mondragón han servido de inspiración a los obreros organizados. Además, han entrado en contacto con experiencias más cercanas a su contexto, como el movimiento de empresas recuperadas en Grecia y en Argentina y con redes de apoyo a estas cooperativas en la propia Italia para ayudarse mutuamente.
Recientemente, en Francia, la mítica Duralex de la vajilla de tus abuelos busca salvarse de la quiebra con una cooperativa obrera que emplee a sus 226 trabajadores actuales gracias al apoyo financiero del Estado francés.
Cultura solidaria con la cooperativa ecologista
No solo los propios trabajadores y sus familias están luchando por reconvertir una fábrica de una multinacional de coches contaminantes en una fábrica bajo control obrero para transformar la producción hacia la transición ecosocial con una movilidad más sostenible y una electricidad renovable. Insorgiamo, un colectivo de solidaridad y apoyo a esta lucha laboral y ecologista, ha organizado manifestaciones masivas, conciertos con grupos como la Banda Bassotti y unas jornadas de working class bike.
Además, ha logrado 17.000 firmas a través de una consulta popular por «una fábrica pública y socialmente integrada». El movimiento de apoyo ha llevado este abril a Campi Bisenzio hasta un festival de literatura working class dirigido por Alberto Prunetti, el autor de Amianto. En sus dos ediciones han participado intelectuales internacionales comprometidos como las españolas Brigitte Vasallo y Layla Martínez. A su vez, de esta movilización han surgido documentales, libros y una novela, además de una obra de teatro interpretada por los mismos ex trabajadores de GKN.
Mientras que una parte del mundo internacional de la cultura ejerce la solidaridad, desde las instituciones italianas han logrado «mesas de negociación que nunca han llegado a nada y alguna ayuda económica esporádica», denuncia el colectivo de fábrica. Pero ellos piden mucho más: «Tenemos un proyecto industrial entre manos, pero para ponerlo en marcha necesitamos de la planta y la financiación pública. No es solo una cuestión ideológica. Pensamos que nuestro proyecto de reindustrialización sirve también a la política institucional para cambiar el rumbo y repensar un mundo que arde por las crisis económicas, las guerras y el cambio climático». Con ayuda de abogados solidarios, han redactado un proyecto de ley regional que busca que el suelo de la fábrica sea público y crear un consorcio industrial «para intentar dar a las instituciones una verdadera política industrial». El centro-izquierda del Partido Democrático podría aprobar la legislación si quisiera, al gobernar con mayoría absoluta en la Toscana. La propia historia de la Toscana, uno de los bastiones rojos de la bota, muestra cómo los políticos pueden salvar una industria clausurada.
En 1953 cerró la fábrica Pignone que empleaba a miles de personas en Florencia. Sus trabajadores la ocuparon y autogestionaron durante dos años. La sociedad toscana mostró un apoyo que llevó al alcalde democristiano Giorgio La Pira a intervenir para que el presidente de la petrolera estatal Eni, Enrico Mattei, la adquiera y salvase los puestos de trabajo.
El ecosistema cooperativo italiano
El hilo que une Pignone con GKN lo ha estudiado Marco Lomuscio, investigador de las cooperativas de trabajadores y compañías recuperadas por sus empleados en Italia. Este doctor en Economía y consultor considera que el caso de GKN se asemeja más a las empresas recuperadas (workers buyout) en Argentina en el contexto de la crisis de 2001 que a otros casos italianos de compra de empresas por sus asalariados. Desde 1985, una ley italiana permite a los trabajadores despedidos utilizar su subsidio de desempleo acumulado para capitalizar la compañía en forma de cooperativa para favorecer el autoempleo. Lomuscio cifra en más de 24.000 las cooperativas en funcionamiento en Italia. Estas emplean a medio millón de personas, aunque solo unas 400 son sociedades recuperadas por sus trabajadores. Esta tradición se remonta al menos hasta el final de la Primera Guerra Mundial, cuando brotaron en número, y se adaptaron a las imposiciones del fascismo. Las crisis económicas favorecen la creación de cooperativas laborales y recuperaciones de empresas, destaca Marco Lomuscio. Existen bancos cooperativos, equivalentes a la vasca Laboral Kutxa, y fondos mutualistas que financian cooperativas y empresas recuperadas. El Estado italiano también puede hacerlo. Pero para Lomuscio «ni siquiera las administraciones regionales saben qué pueden hacer en materia legislativa. La Toscana y otras regiones del Norte son las que más invierten en cooperativas, pero incluso con un Gobierno de centro-izquierda no hay tanto apoyo».
Los límites de una fábrica autogestionada
Sean Farmelo es miembro de un taller cooperativo de bicicletas en Birmingham y ha visitado la fábrica de Campi Bisenzio. Además, está preparando una tesis doctoral sobre cooperativas y organizaciones mutualistas. Farmelo considera que aunque las cooperativas deben todavía regirse por las leyes del mercado capitalista y de la competencia, pueden utilizarse esos espacios para dar oportunidades a los movimientos sociales y cuidar más a los trabajadores: «También podemos tomar decisiones sobre el proceso y tiempos de producción que benefician a los trabajadores en vez de buscar beneficios». No tener un patrón puede llevar a que los trabajadores se sientan más felices dentro y fuera de su jornada laboral, pero también puede conducir a la autoexplotación, añade el británico. La maldición de no tener un jefe capitalista. En este caso, los trabajadores han cambiado su ideología respecto a la producción. Para Farmelo, el camino emprendido en esta factoría abandonada por sus anteriores dueños «es muy esperanzador para la transición ecológica a gran escala pese a que es muy difícil cambiar de industria y ser competitivo».
«No es fácil. El cierre ha arruinado nuestras vidas». Claudio fue uno de los primeros trabajadores de la factoría, todavía de FIAT, cuando entró en noviembre de 1988. Con un sindicato fuerte, «GKN era una buena empresa, con buenos contratos. Habíamos conservado derechos que otros habían perdido. Incluso en términos de seguridad laboral, era muy seguro. Muchos de los trabajadores se fueron porque no podían permitirse estar sin cobrar durante años. Pero quedamos 140 y seguimos luchando». En el patio de la fábrica, Claudio y los demás trabajadores que custodian GKN muestran las bicicletas de carga hechas a mano que enviarán a los clientes. «Sin duda, solo avanzamos gracias al apoyo de esta gran comunidad. Es también una cuestión de principios, no es solo por nuestros puestos de trabajo: si consiguen pararnos, lo conseguirán con otros. No queremos sentar un precedente negativo».
Fuente: El Confidencial
LA CHAPELLE SAINT-MESMIN (LOIRA) – FRANCIA
La mítica empresa Duralex ya puede respirar aliviada: los consumidores impulsan su recuperación
Por Alba Carbajal
La emblemática empresa francesa de vidrio logra superar la quiebra gracias a la movilización popular y al compromiso de sus trabajadores
En la fábrica de vidrio de La Chapelle-Saint Mesmin, ubicada en el departamento del Loira, los empleados de Duralex protagonizan un ejemplo de resistencia empresarial poco habitual en Francia. Tras años de dificultades económicas y operativas, más de 200 trabajadores decidieron hace un año asumir la responsabilidad de salvar la histórica marca de vasos y platos de cristal que ha estado presente en millones de hogares franceses y también españoles durante más de 80 años.
La decisión se produjo después de que la empresa entrara en quiebra, enfrentando deudas y la presión de la competencia internacional, especialmente de productos chinos. Ante esta situación, los empleados formaron una sociedad cooperativa en agosto de 2024, presentando al tribunal mercantil un plan de viabilidad para garantizar la continuidad de la marca.
El director general de la cooperativa, François Marciano, explica que la iniciativa surgió de la necesidad de evitar la desaparición de Duralex. “Tomamos la decisión de ser dueños de nuestro destino y mantener viva una empresa que forma parte del patrimonio de Francia”, señala. La experiencia demuestra que el compromiso de los trabajadores puede ser un motor de transformación, incluso en sectores en declive.
La respuesta de los consumidores
El pasado 3 de noviembre de 2025, Duralex lanzó una campaña de crowdfunding para captar fondos y asegurar la continuidad de la producción. La respuesta fue inesperada: en solo 24 horas, más de 21.000 personas se comprometieron a invertir, con un monto medio de 900 euros. La meta inicial de cinco millones de euros se superó con creces, alcanzando 19 millones comprometidos en apenas un día.
Marciano subraya la importancia del respaldo popular. “Hemos recibido mensajes de apoyo desde toda Francia y también de otros países, como España, donde Duralex tiene gran presencia. Es increíble ver cómo la gente está dispuesta a ayudar para que los vasos y platos sigan formando parte de sus hogares”, afirma. La iniciativa ha limitado la aportación máxima a 1.000 euros para permitir que más personas participen y se mantenga el espíritu colectivo del proyecto.
La recaudación permitirá a la compañía modernizar la fábrica, adquirir nuevas máquinas y desarrollar nuevos modelos de productos. Durante décadas, la maquinaria de la planta apenas había recibido actualizaciones, lo que limitaba la capacidad de innovación y competitividad frente a la competencia internacional.
El apoyo institucional y social
La recuperación de Duralex también ha contado con un respaldo importante de las autoridades locales. El alcalde de Orleans y el presidente de la región defendieron el plan presentado por los trabajadores ante el tribunal de comercio, asegurando la viabilidad del proyecto. La ciudad adquirió el terreno y la fábrica por seis millones de euros, mientras que la región aportó un millón adicional. Otros bancos públicos y entidades financieras garantizaron el resto del capital necesario.
Esta colaboración demuestra que la acción conjunta de trabajadores, consumidores y autoridades puede salvar empresas emblemáticas, preservar empleos y mantener la producción local. Los 243 empleados de Duralex se han comprometido a redefinir la estrategia de la empresa, incorporando un departamento de marketing y ventas que permita recuperar cuotas de mercado perdidas y modernizar la imagen de la marca.
El plan de viabilidad contempla un crecimiento progresivo: se espera terminar el año con una facturación de 29 millones de euros, acercándose al punto de equilibrio fijado en 35 millones. Aunque todavía no está totalmente consolidada, la empresa ha demostrado una resiliencia notable frente a años de desindustrialización y crisis del sector.
Duralex, símbolo de resistencia
La historia de Duralex no es solo empresarial, sino también cultural. Fundada en 1945 por Saint Gobain, la empresa inventó el vidrio templado y popularizó el concepto de vasos “prácticamente irrompibles”. Hoy, los trabajadores reivindican el made in France y buscan que la marca continúe siendo un referente de calidad y durabilidad en la cocina y el hogar.
El éxito del crowdfunding refleja el cariño de los consumidores por un producto con valor sentimental, capaz de unir generaciones. Más allá del impacto económico, la iniciativa ha generado una ola de apoyo que refuerza la importancia de preservar industrias tradicionales y empleos vinculados a ellas.
Para Marciano, nieto de un soplador de vidrio que se incorporó a la compañía en 2016, la recuperación de Duralex es una victoria colectiva. “Hemos demostrado que con determinación, innovación y el respaldo de la comunidad, podemos superar obstáculos que parecían insalvables. Duralex seguirá siendo parte de la vida de millones de personas”, concluye.
La compañía celebra ahora 80 años de historia, con la mirada puesta en la modernización y expansión de su línea de productos, asegurando que los vasos y platos que han acompañado a tantas generaciones puedan llegar también a las próximas.
Fuente: Economía digital
ANDALUCÍA, ESTADO ESPAÑOL
El cooperativismo crece con fuerza en el Estado español impulsado por las cooperativas de trabajo
Por LA MAREA
De las 1.565 nuevas cooperativas creadas en 2024, un 78% (1.227) son cooperativas de trabajo asociado, responsables de casi 3.000 nuevos empleos cooperativos.
En 2024 se constituyeron 1.565 nuevas cooperativas, según los últimos datos recabados por la Confederación Española de Cooperativas de Trabajo Asociado (COCETA) y el Ministerio de Trabajo y Economía Social.
En concreto, las cooperativas de trabajo asociado (CTA) lideran este fuerte crecimiento: de las 1.565 nuevas cooperativas, un 78% (1.227) son CTA, responsables de casi 3.000 nuevos empleos cooperativos (2.968).
«El cooperativismo en España se consolida como un motor clave de empleo y desarrollo económico y confirma que las CTA son parte indispensable de la columna vertebral del cooperativismo, impulsando la economía con valores y un modelo empresarial democrático y sostenible a corto y largo plazo«, explica en un comunicado COCETA.
Destaca otro dato importante: el 45% de las nuevas cooperativistas son mujeres, un porcentaje notablemente superior al registrado en otros modelos empresariales.
Andalucía lidera el crecimiento de nuevas cooperativas
Por comunidades autónomas, Andalucía encabeza la creación de nuevas CTA, con 284 cooperativas, seguida por Galicia (174 CTA), la Comunitat Valenciana (146 CTA) y Cataluña (129 CTA). En lo que respecta a creación de empleos cooperativos, también lidera Andalucía, con 629 empleos nuevos, seguida de Cataluña (392), Galicia (389), País Vasco (326) y la Comunitat Valenciana (322).
En cuanto a los sectores, el 75% de las nuevas cooperativas se enmarcan en el ámbito de los servicios, lo que sigue la tendencia general de la economía española. El 14% corresponde al sector de la construcción y el 8% a la industria.
En este último destaca una tendencia hacia la paridad entre hombres y mujeres, a diferencia del tejido empresarial convencional, donde la industria continúa siendo un ámbito fuertemente masculinizado.
«Además, el 52% del empleo cooperativo lo ocupan mujeres, lo que refuerza el papel del cooperativismo como impulsor de la igualdad de género y la cohesión social», subraya COCETA.
La consolidación de las cooperativas de trabajo asociado
Entre 2023 y 2024, el cooperativismo en España continúa su tendencia de crecimiento y alcanza ya las 24.435 entidades (un 4,5%), especialmente en el modelo de cooperativas de trabajo asociado, que representan más del 81,2% del total de cooperativas activas. En total, hay 19.846 en 2024 (+4,8%).
No obstante, según recoge COCETA, el crecimiento en número de cooperativas creadas se acompaña de un menor número de personas que forman parte de los proyectos: 265 personas socias con una caída de 323 empleos cooperativos respecto al año anterior. «Este dato responde a que las nuevas cooperativas creadas son, en general, de menor tamaño y más especializadas, lo que apunta a un cambio de tendencia hacia modelos más dinámicos y adaptados a nichos concretos de mercado. Esta tendencia hacia estructuras empresariales de menor tamaño es común en el conjunto del tejido empresarial español», explica la confederación.
«Desde COCETA valoramos estos datos como una muestra del potencial transformador del modelo cooperativo para generar empleo estable y de calidad, fomentar la igualdad de oportunidades y dinamizar el tejido empresarial en todo el territorio», concluye.
Fuentes: Rebelión
MARSELLA – FRANCIA
De McDonald’s a comedor popular, la historia de L’Après M en Marsella
Por Daniel Caparrós
[…]
Ven tal y como eres
Pintado a spray, con el signo de exclamación transformado en un puño alzado, el lema “Ven tal y como eres” condensa la filosofía de L’Après M. Nacida en el esqueleto de un antiguo McDonald’s, la cooperativa-restaurante se ha convertido, en apenas cuatro años, en un motor que alimenta a setecientas familias por semana, inserta a vecinos en el mercado laboral y funciona como una auténtica plaza cívica en el norte de Marsella. Su apuesta es tan simple como radical: utilizar herramientas del mercado para financiar lo común y demostrar que la periferia también puede diseñar su propia ciudad.
Del pasado corporativo apenas sobrevive la gran M, intervenida por artistas y reciclada en icono pop, blindada con ironía frente a cualquier reclamación de copyright, y algún eco estructural del antiguo fast food. Todo lo esencial fue reescrito: el equipo, el propósito y, sobre todo, el destinatario. Hoy, el cliente final es el barrio.
El esquema es sencillo en su formulación: un restaurante de acceso universal, menús a precio subsidiado, empleo con itinerarios de inserción y, por encima de todo, un espacio cívico donde reunirse sin pedir permiso. A ese núcleo se suma un dispositivo de apoyo que, semana tras semana, reparte cerca de setecientos lotes de víveres entre las familias más vulnerables. El engranaje se sostiene gracias a una red de unos cuarenta voluntarios, la confluencia de donaciones privadas, alianzas locales y una dosis considerable de organización.
La distribución: un lunes marsellés
Llegamos un lunes, día de reparto, a media mañana. El servicio lleva horas en marcha; el comedor no abrirá hasta que salga el último lote. La cola, ordenada, rodea el edificio: carritos de la compra, bolsas de tela, algún cochecito de bebé. Durante la espera, las conversaciones fluyen. En un cobertizo que hace de punto de distribución, un voluntario descarga cajas de fruta y revisa etiquetas; a unos pasos, otro controla el orden de entrega con una libreta gastada. Una mujer coloca con cuidado un paquete de pasta en el fondo del carro para que no aplaste las verduras. Nada se acelera; nada se detiene.
Entre el ir y venir aparece Kamel Guemari. Abraza a una vecina, palmea el hombro de un chaval, escucha dos frases y resuelve con una llamada. Sonríe mucho; se detiene poco. Interrumpirlo ahora sería un estorbo.
Cuando se entrega el último lote y la fila se disuelve en el remolino de la rotonda, se abren las puertas del restaurante y asoma la otra mitad del proyecto: mesas altas, tornos de pedido, una pantalla que anuncia los turnos. Todo recuerda a una cadena de comida rápida, solo que aquí la estrella del menú es otra: la hamburguesa OVNI, diseñada por el chef tres estrellas Gérald Passedat. En cocina, el murmullo de la plancha caliente; la charla ligera del equipo. Afuera, la rotonda sigue girando bajo el sol de Marsella; adentro, el servicio está a punto de empezar.
Salimos al exterior, al sol, para aprovechar el mistral fresco de la mañana. Exlíder sindical, hoy gerente y portavoz del proyecto, Kamel es una figura respetada por los vecinos y por el tejido asociativo marsellés. Rehúye el foco, pero su verbo claro y su carisma tranquilo lo han convertido en una referencia. Con una sonrisa, nos da la bienvenida.
De la lucha sindical al motor social
El McDonald’s de Saint-Barthélemy abrió en 1992, entre bloques de hormigón y tráfico denso. “Llegaron con promesas de empleo”, recuerda Kamel. Prometían modernidad, trabajo, progreso. Lo que encontraron fue un barrio sin plaza y, sin proponérselo, el local acabó convirtiéndose en su punto de encuentro: un refugio accidental donde los vecinos se cruzaban, los jóvenes buscaban wifi y los trabajadores mataban el tiempo antes del turno. A su manera, aquella franquicia de rotonda terminó siendo la plaza del pueblo.
Pero las promesas eran eso, promesas. Pronto chocaron dos mundos: los empleados, con contratos precarios y sueldos mínimos, y una multinacional tan impersonal como su logotipo. “La pelea empezó por céntimos y turnos”, dice Kamel, “y terminó logrando avances que se extendieron a otras ciudades de Francia e incluso fuera del país”. Durante años, el local fue un laboratorio sindical donde se negociaban dignidades a pequeña escala.
En 2018, el propietario anunció el cierre por pérdidas. Lo que siguió fue una revuelta en miniatura: pancartas improvisadas, asambleas frente al mostrador, cámaras de televisión a la puerta. Irónicamente, en un país habituado a protestar contra McDonald’s, esta vez se protestaba para mantenerlo abierto. En el punto álgido, Kamel, que había empezado allí como encargado de turno, amenazó con prenderse fuego dentro del local. “Si cierran, me quemo aquí”. La escena recorrió los informativos nacionales, pero no evitó lo inevitable. La persiana bajó, setenta y siete sueldos quedaron en el aire y el barrio perdió su única plaza.
Dos meses después llegó el confinamiento. Calles vacías, supermercados saturados, neveras medio vacías. El local reabrió por necesidad. Donde antes había menús, aparecieron palés, listas y voluntarios. Exempleados, vecinos, sindicatos y colectivos transformaron el espacio en un almacén solidario. En cuestión de días, el viejo restaurante se convirtió en una de las mayores plataformas de reparto de alimentos de Marsella.
Cuando el conflicto se convierte en proyecto
Pasada la urgencia, el hambre seguía ahí. En abril de 2021, de aquel impulso nació la asociación La Part du Peuple y tomó forma la SCIC L’Après M, una cooperativa de interés colectivo. El mecanismo era simple y profundamente político: un restaurante económico que financia ayuda social; una ayuda social que refuerza comunidad; itinerarios de inserción que convierten el lugar en un ascensor social.
“El proyecto no distingue orígenes: todos son bienvenidos”, repite Kamel, con la serenidad de quien ha pronunciado esa frase muchas veces. Luego baja la voz y amplía el foco: “No hay lucha de colores; hay lucha de clases. Esto va contra el capitalismo voraz y el individualismo, contra la idea de que cada cual se salva solo”.
Mc Donalds recuperado Francia – 6
Aunque se declaran apartidistas, el ADN político de L’Après M es inconfundible. Brota de la experiencia sindical, se alimenta de la denuncia constante de la evasión fiscal de las grandes corporaciones y enlaza con otras batallas obreras históricas, como la de la relojería LIP, gestionada por sus trabajadores. La referencia ideológica es explícita y se ancla en la acción directa. Kamel cita a los Black Panthers: primero alimentar el estómago, después el alma.
Habla con la autoridad de quien conoce el hambre. En los barrios del norte, dice, la comida no se da por sentada: niños que llegan a clase con el estómago vacío, jóvenes que, en uno de los países más ricos del mundo, ven cómo el alquiler o la idea de formar una familia se vuelven quimeras. “Encontrar un trabajo es el primer escalón de la dignidad”, insiste. Y lo sabe: trabajó en este mismo McDonald’s, repartiendo bandejas y horas extra.
L’Après M no se limita a tapar agujeros del Estado. Diseña itinerarios, forma a los recién llegados y demuestra, con hechos, que otra economía es posible. Desde abril de 2021, más de 5.000 hogares se han inscrito para recibir ayuda alimentaria. Cada semana salen de aquí unos 700 lotes; unas ochenta familias los reciben a domicilio. En paralelo, el restaurante sigue funcionando, genera ingresos y redistribuye recursos.
El círculo virtuoso ha devuelto al lugar lo que siempre debió ser: una plaza cívica. Aquí se come, se conversa, se tramitan papeles, se anuncian eventos. Cuerpo, corazón y cabeza. Alimento, apoyo mutuo y una agenda que mantiene vivo el pulso del barrio.
Y, sin embargo, persiste la pregunta inevitable, seca y contable, que aparece a final de mes: cuando se apaga el rumor del comedor y llega la factura, ¿quién la paga?
La realidad contable: cuando la utopía paga las facturas
Incluso las utopías más nobles necesitan cuadrar las cuentas. En L’Après M, los ideales no se miden en manifiestos ni en discursos, sino en columnas de Excel: facturas que hay que pagar, recibos que vencen y el temor persistente a que un día el saldo marque cero. Cada gesto solidario descansa, al final, en algo tan prosaico y decisivo como una factura abonada a tiempo.
El proyecto es inquilino directo del Ayuntamiento de Marsella bajo un contrato 3-6-9. Quince mil ciento veintiséis euros cada trimestre, cuatro veces al año, que caen sobre la mesa con la regularidad de un jarro de agua fría. Entonces se abre la carpeta azul: la luz de las cámaras frigoríficas, los sacos de harina, el gas, los seguros. Cada línea del presupuesto implica una decisión tomada con el pulso contenido. ¿Qué se paga primero? ¿Qué puede esperar?
La visibilidad internacional, del New York Times al Washington Post, trajo también su contrapeso: el escrutinio. Le Figaro cuestionó su viabilidad económica. Desde la cocina, la respuesta fue simple: las cuentas están abiertas. El ejercicio de 2024 se cerró prácticamente en equilibrio, con las inversiones iniciales ya amortizadas. Pero la estabilidad sigue siendo frágil. La tesorería ajustada obliga a compensar con horas voluntarias lo que no alcanza con dinero. Las campañas de comunicación se redactan entre turnos, desde un portátil viejo, con la tecla de la “N” rota, y un Excel que nunca termina de cerrarse.
Kamel lo dice sin rodeos: “Tener beneficios importa”. No para repartir dividendos, sino para sostener aquello que no genera ingresos: el combustible de la furgoneta, las horas de acompañamiento social, la programación cultural. “L’Après M no es una empresa cualquiera. Es un instrumento económico al servicio del interés público. Redistribuimos nuestros beneficios en actividades solidarias. Somos una empresa de inserción y, al mismo tiempo, una herramienta cívica”. En un entorno asociativo donde la palabra beneficio suele despertar suspicacias, aquí se ha convertido en sinónimo de supervivencia colectiva. Ganar dinero no es un fin. Es la condición de posibilidad de lo común.
Con el Ayuntamiento, su casero, la relación va más allá de la foto institucional. Es una coproducción permanente, tensa y necesaria. “Mantenemos una escucha mutua para responder mejor a las necesidades del territorio”, explican en el equipo. La convivencia, sin embargo, no siempre resulta sencilla. Un representante llegó a decirles que no hablaban “el lenguaje institucional”. Ellos se rieron. “Nuestro francés es correcto, sabemos usar un ordenador y procuramos no cometer faltas de ortografía. ¿Cuál es entonces ese lenguaje institucional?”. La anécdota encierra una verdad menos amable: hablar desde los márgenes exige traducirse constantemente.
En un barrio acostumbrado a las opérations place nette, con su ruido, chalecos policiales, cámaras y estigmatización, la mera persistencia de L’Après M tiene algo de milagro civil. Su obstinación en permanecer en Saint-Barthélemy es una forma de resistencia silenciosa. Una desobediencia útil.
Dejando atrás la rotonda: la geografía del cambio
La rotonda frente al restaurante es una buena atalaya para pensar la ciudad. Desde aquí se intuyen las costuras deshilachadas de Marsella: trabajadores en patinete, cansados de esperar un autobús que no llega; cuatro árboles raquíticos sin sombra; el asfalto que reverbera; carteles de promesas rotas agitándose al viento. También se percibe la otra cara. Un hombre, impecablemente vestido, se acerca, interrumpe nuestra conversación y pregunta cómo puede donar. Entre el calor, el ruido y el polvo, la solidaridad aparece sin protocolo.
Queda mucho por hacer. Pero, por mucho que defienda el distrito 14, L’Après M no quiere mirarse solo a sí misma. “Responder a la urgencia está bien”, dicen, “pero ¿cómo ir más allá?”.
Ideas no faltan. L’Après M quiere llevar su fastronomía social, producto fresco, de proximidad y a precios justos, más allá del barrio. El objetivo es abrir nuevos puntos de venta en Marsella y, quizá, en otras ciudades. De momento, el proyecto viaja. Del Delta Festival al Mucem, donde la cocina opera como embajada itinerante de otra forma de comunidad. El pasado verano trasladaron su mesa al centro, con un pop-up en La Canebière, la gran arteria de la ciudad. Otro código postal, otras reglas. “Queríamos tender un puente entre la ciudad y los barrios”, explicó Kamel en redes. Una frase sencilla para una ambición enorme: que la periferia deje de ser un lugar al que se va a ayudar y empiece a ser un lugar desde el que pensar la ciudad.
Cuando el puente no puede ser físico, se vuelve sonoro. En septiembre nació La Radio du Peuple, una emisora modesta pero obstinada que transforma el ruido del barrio en voz colectiva. Las ondas llegan más lejos que cualquier folleto: entrevistas a vecinos, debates, avisos de última hora. En una ciudad donde tantos sienten que nadie les escucha, la radio suena como una ventana abierta.
En otoño, L’Après M amplió su campo de acción. La tercera edición del festival Peace and Love incorporó cine, música y debate social, y sirvió de marco para la presentación del documental Laissez-nous les clés (Déjennos las llaves). Más allá de la programación, el gesto apuntaba en una misma dirección: el proyecto empezaba a pensarse también como espacio cultural y político, no solo alimentario.
Más allá del comedor y de la cola de los lunes, L’Après M funciona en un territorio menos visible. Allí donde otros sistemas se detienen, este continúa. Los alimentos que no llegan a las mesas, sobre todo frutas y verduras demasiado maduras o irregulares, no se descartan. Se transforman. De esa lógica han nacido una pequeña conservera y una unidad de micro-metanización que convierte restos orgánicos en energía.
Mc Donalds recuperado Francia – 1
Pero L’Après M no se detiene en la ayuda alimentaria. Con la Clínica del Apoyo Mutuo acompaña trámites y detecta los frenos invisibles que empujan a muchas familias a la precariedad. El primero, y más persistente, es la vivienda. Para quienes participan en los itinerarios de inserción, conseguir un techo estable sigue siendo el gran obstáculo. Por eso la cooperativa trabaja con propietarios públicos y semipúblicos de vivienda social y se plantea, a largo plazo, crear una comunidad residencial que sirva de refugio y punto de partida hacia la autonomía.
Para que todo eso ocurra sin vivir al filo, me dicen, les gustaría poder acceder a un arrendamiento enfitéutico o incluso a un crédit-bail, una fórmula cercana al leasing, que permitiría estabilizar el coste del local y aliviar la tesorería. Con una caja menos tensa, el proyecto dependería menos de la cagnotte, la hucha solidaria que mantienen abierta en su web, y podría concentrar su energía en lo esencial: empleo, comida, comunidad.
Desde los márgenes
El sol cae a plomo sobre la rotonda. Kamel tiene que volver a los quehaceres, que no son pocos. Antes de despedirnos, le pregunto por los vínculos con otras iniciativas. Al fin y al cabo, los problemas se repiten. Sonríe y responde con otra pregunta.
“Si tienes un bien y no lo compartes, ¿es realmente un bien?”
Hace una pausa mínima, lo justo para que la frase se asiente, y se responde a sí mismo.
“Un bien es mejor compartido”.
Encogiéndose de hombros, añade que están dispuestos a entregar la receta a quien la pida. Cuanto más se extienda el modelo, mejor para todos.
Permanecer en un territorio del que tantos se marchan ya es un gesto político. Aquí, en Saint-Barthélemy, resistir significa pagar el alquiler a tiempo, mantener la luz encendida y seguir sirviendo comidas en un local que la lógica del mercado había dado por amortizado. L’Après M no se limita a sobrevivir. Persiste. Y al convertir la rutina, abrir, cocinar, repartir, en hábito cívico, vuelve practicable la palabra comunidad.
Pero quedarse no implica inmovilizarse. Cada vez que el equipo cruza la ciudad, cada vez que su hamburguesa OVNI aparece en el puerto o en un festival, el mapa simbólico de Marsella se desplaza un poco. La periferia se mueve, se hace visible, reescribe su papel. En ese ir y venir, los habitantes de Saint-Barthélemy no solo exportan un modelo solidario. Ensayan otra geografía urbana, más abierta, más porosa, más cosmopolita.
“Nuestro territorio es de partout, está en todas partes”, dice Kamel con una sonrisa serena. “Es cosmopolita, a la altura de Marsella”.
Afuera, el cartel del Ayuntamiento sigue proclamando que Marseille se transforme. Quizá sea cierto. Solo que, esta vez, el cambio empieza en la rotonda.
Fuente: https://www.elsaltodiario.com/economia-social/apres-marsella-mcdonalds-recuperado
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