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Europa del este, el conflicto permanente (1990-2026)

Fuentes: Rebelión

Ninguna valoración mínimamente objetiva sobre la guerra de Ucrania y la anexión rusa de una parte del país puede ignorar los conflictos ocurridos en el Este y el Sur de Europa desde 1990, prácticamente todos en lo que fueron la Unión Soviética y Yugoslavia, a menos que se quiera caer en la muy habitual doble vara de medir. Con la caída del Muro de Berlín (1989) y la reunificación alemana (1990), propiciadas por Mijaíl Gorbachov, Estados Unidos se comprometió, aunque nunca por escrito, a que la OTAN no se expandiría ni un milímetro hacia el Este del continente europeo. Sin embargo, un Gorbachov ya claramente debilitado políticamente por el intento de golpe de estado del sector más conservador del PCUS y de una parte de las fuerzas armadas (1991), fue incapaz de oponerse con éxito, pocos meses después, a la disolución de la URSS, de hecho un nuevo golpe de estado contra el último líder soviético, promovido por los presidentes «autonómicos» de Rusia, Ucrania y Bielorrusia, tres de las quince repúblicas federadas, con el ruso Boris Yeltsin a la cabeza. Los conflictos nacionalistas seguramente podrían haber tenido algún tipo de solución, manteniendo un sistema federal o confederal, pero eso nunca interesó en Occidente. 

Prácticamente nadie defendió entonces la integridad territorial de una Unión Soviética en medio de una difícil transición democrática. Yeltsin, con el apoyo occidental, volvió bien pronto a establecer los peores métodos autoritarios, incluyendo un nuevo golpe de estado institucional (sic) contra el parlamento de la nueva Federación Rusa independiente, todavía de mayoría comunista (1993), que sería duramente bombardeado. También aplicó una durísima represión en Chechenia, que Tony Blair justificaba en 2001, comparándola a la «guerra contra el terrorismo» de Occidente (Owen Jones, 2022). Si bien en Georgia ya se habían producido importantes enfrentamientos antes de la disolución formal de la URSS, los conflictos se agudizarían y extenderían por Abjasia y Osetia del Sur (igualmente en Georgia), Transnístria (Moldavia), Alto Karabaj (Azerbaiyán) y más tarde en el Donbass, Crimea y otros territorios del este y el sur de Ucrania. 

Desde la revolución bolchevique de octubre de 1917, los Estados Unidos y buena parte de los países occidentales pretendieron durante décadas acabar con cualquier régimen socialista o comunista en el antiguo imperio zarista, pero también con cualquier Rusia poderosa. Aquello quedó parcialmente en suspenso durante la guerra fría, cuando en términos generales se respetaron las fronteras pactadas por las potencias vencedoras al final de la Segunda Guerra Mundial. Pero a partir de la disolución de la URSS se intensificaron los intentos de controlar a sus quince nuevas repúblicas que, en el caso de Rusia implicaba estar dispuesta a convertirse en una potencia regional tutelada por los EUA, lo que sólo conseguirían durante el periodo de Boris Yeltsin al frente del gobierno. 

Por su parte, en la República federal Yugoslava, las diferentes guerras que se sucedieron entre 1991 y 2001 acabarían con la disolución del país y la creación, también con el apoyo de occidental, de seis nuevas repúblicas independientes (o siete si contamos a Kosovo, todavía no reconocida por la ONU ni por cinco países de la UE). En las llamadas “guerras yugoslavas” se enfrentaron muy duramente serbios contra croatas, serbios contra bosnios musulmanes y serbios contra albano-kosovares, pero también croatas contra bosnios musulmanes y, más tarde, macedonios contra albano-kosovares. Tensiones significativas, pero sin llegar a un conflicto bélico propiamente dicho, se han producido en los últimos años entre los serbios de la República Srpska (la República autónoma de Serbia en Bosnia) y el gobierno de Bosnia Herzegovina, así como entre la minoría serbia de Kosovo y las autoridades de este territorio. 

En 1999, cuando la OTAN bombardeó Belgrado, se pretendió justificar en las supuestas violaciones de los derechos humanos por parte del presidente serbio Slobodan Milošević. Sin embargo, según antiguos altos cargos estadounidenses, no fue la difícil situación de los albano-kosovares lo que motivó la intervención de la OTAN, sino más bien la resistencia yugoslava a una reforma política y económica a fondo, que encajara con el sistema neoliberal (Naomi Klein, 2007). Según otros analistas, la mayoría de las atrocidades fueron posteriores a la intervención de la OTAN, cuando ya se había despreciado cualquier opción diplomática (Noam Chomsky, 2022), con una injerencia plena y la posterior tutela geopolítica de las grandes potencias occidentales, a través de una negociación por arriba y sin referéndum popular alguno, ni tan solo en Kosovo (Jaime Pastor, 2014). En cualquier caso, de la veintena de nuevos estados euroasiáticos independientes procedentes de las antiguas URSS, Yugoslavia y Checoslovaquia, sólo la separación de Chequia y Eslovaquia (1993) y de Serbia y Montenegro (2006), fueron fruto de un pacto en el seno de los estados de los que formaban parte. Que el orden internacional priorice el principio de integridad territorial o bien opte por la posible separación de una parte de un estado, ya sea en Kosovo o Crimea, por citar dos casos emblemáticos, es algo que depende en exclusiva de los intereses de Occidente (Rafael Poch, 2022). Así, Estados Unidos reclamó de facto el derecho de autodeterminación para Kosovo en 2008, pero lo rechazó en Osetia del Sur y en Abjasia ese mismo año, y también en Crimea en 2014 (Carlos Taibo, 2022). 

Como hemos recordado, Occidente aceptó la ruptura, pacífica en unos casos y violenta en otros, de la Unión Soviética y de Yugoslavia, pero unos años después considera inaceptable cualquier ruptura de la integridad territorial en Ucrania, ya sea mediante la negociación o por la vía militar, lo que evidencia unos claros intereses geopolíticos. Es obvio que algunas secesiones de las que hablamos no hubieran sido posibles sin la intervención armada de la OTAN, otras tampoco sin la participación de Rusia, en eso no hay demasiada diferencia. La cuestión es que hoy los conflictos continúan, pues el objetivo de Putin y su gobierno es recuperar la influencia política y económica en la mayor parte del espacio post-soviético, por diferentes medios que pueden ser militares, como vemos en el este de Ucrania, pero también políticos y económicos. Objetivo que, probablemente, no incluyen ningún territorio de los países que hoy forman parte de la OTAN, tampoco los países bálticos que Stalin anexionó a la URSS durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, los Estados Unidos durante muchos años, y ahora especialmente la Unión Europea, intentan seguir debilitando a la Federación Rusa, aunque sea llevando el conflicto permanente a las puertas del Kremlin y quizás al resto de Europa. 

Bibliografia recomendada 

Chomsky, Noam. Entrevistado por C.J. Polychroniou. Una escalada militar de EE.UU. contra Rusia no tendría vencedores. Rebelión. 15/03/2022 

Jones, Owen. La agresión de Putin es un argumento a favor de un movimiento antibélico. elDiario.es. 02/03/2022 

Klein, Naomi Klein. La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre. Ediciones Paidos. Barcelona, 2007 

Pastor, Jaime. Los nacionalismos, el estado español y la izquierda. La Oveja Roja. Colección Viento Sur. Madrid. 2014 

Poch, Rafael. Putin y el giro de Rusia. Contexto. 20/05/2022 

Taibo, Carlos. En la estela de la guerra de Ucrania. Una glosa impertinente. Los libros de la catarata. Madrid. 2022

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.