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La batalla de Tailandia

Fuentes: Inquirer.net

Después de casi una semana del acontecimiento, Tailandia está todavía conmocionada por el asalto militar al campamento de los Camisas Rojas en el centro turístico de la capital, Bangkok, el 19 de Mayo. Los líderes y militantes de los Camisas Rojas capturados son tratados como POW y la base, la masa de Camisas Rojas de […]

Después de casi una semana del acontecimiento, Tailandia está todavía conmocionada por el asalto militar al campamento de los Camisas Rojas en el centro turístico de la capital, Bangkok, el 19 de Mayo. Los líderes y militantes de los Camisas Rojas capturados son tratados como POW y la base, la masa de Camisas Rojas de clase baja, como un país ocupado. No hay ninguna duda, este país está en estado de guerra civil y las guerras civiles nunca son agradables.

Las últimas semanas han servido para endurecer a la clase media de Bangkok en su visión de que los Camisas Rojas son «terroristas» en manos del Primer Ministro expulsado Thaksin Shinawatra, al mismo tiempo que han convencido a las clases bajas de que su mayoría electoral no cuenta para nada.

«Pro-Thaksin» contra «Anti-Thaksin»: este discurso simplista oscurece en realidad lo que es -en palabras de Mao- una lucha de clases con características tailandesas.

Tragedia épica

Sin duda se contarán historias sobre las ocho semanas de la «Comuna de Bangkok». Como en todas las tragedias épicas, la verdad se mezclará con el mito. Pero de una cosa no habrá duda: que la decisión del gobierno de lanzar a los militares tailandeses contra los manifestantes civiles no puede justificarse de ningún modo.

Las bajas de la semana pasada todavía se están contando. Fuentes gubernamentales dicen que unas 52 personas murieron durante la semana de enfrentamientos que alcanzaron su clímax el 19 de mayo. Sin embargo todavía se están descubriendo cuerpos, incluidos los nueve que los equipos de rescate descubrieron el viernes en el gran centro comercial Central World, en el Rajprasong Intersection, que fue incendiado por los manifestantes. El recuento final probablemente será mucho más elevado. Un soldado, por ejemplo, dice que el 20 de Mayo contó 25 cadáveres cuando iba con su unidad a una operación casa por casa para echar a manifestantes sospechosos de ser Camisas Rojas en la zona de Siam Square.

Simpatizantes de los Camisa Rojas acusan a los militares de disparar indiscriminadamente y de haber apuntado a seis personas, incluidas dos del servicio médico, que fueron abatidas por rifles de gran potencia en el exterior del templo de Wat Pathum Wanaram, donde se refugiaron miles de simpatizantes de los Camisas Rojas. Un informe del académico tailandés Pipob Udomittipong documenta concienzudamente el fuego, sin que hubiera provocación, de una unidad militar a un vehículo médico cerca de la base de los Camisas Rojas en Lumpini Park , unos días antes del asalto del 19 de Mayo.

Mientras los Camisas Rojas cuentan sus muertos, la clase media de Bangkok se aposenta en los 39 establecimientos y edificios que fueron incendiados el 19 de Mayo. La editorial del Bangkok Post dice: «Los residentes de la ciudad reedificarán y demostrarán que su voluntad colectiva es más fuerte que los terroristas que devastaron nuestras casas y negocios».

Lucha de clases.

Los medios de comunicación, locales y nacionales, han presentado a los Camisas Rojas como una chusma de campesinos de clase baja invadiendo Bangkok desde el empobrecido nordeste del país. Según muchos Camisas Rojas esto es una distorsión. Se estima que las masas constituidas por los manifestantes y simpatizantes de los Camisas Rojas durante los dos meses de movilización procedían en un 70% de Bangkok y las provincias limítrofes y el 30% del noreste, el norte y otras áreas rurales. Los que resistieron a los ataques armados en las fortificaciones clave de los Camisas Rojas y rechazaron el consejo de sus líderes de dispersarse pacíficamente antes de la operación militar, eran en su mayoría gente joven de los distritos de clase baja de Bangkok, como el de Klong Toey. No se puede negar que aunque no exista la clásica lucha de clases, que probablemente sólo se encuentra en los escritos teóricos de los marxistas, hay un fuerte componente de clase en la lucha entre los Camisas Rojas y los Camisas Amarillas que constituyen la base del Gobierno.

Los taxistas, que son más bien del tipo Camisas Rojas, se empleaban, después del 19 de Mayo en maldecir al gobierno, a los ricos y a la clase media de Bangkok ante todo aquél que quisiera escucharles. Teniendo en cuenta la manera en que los Camisas Rojas y cientos de sus simpatizantes de clase baja, no solamente en Bangkok sino también en toda Tailandia, han sido atacados, arrestados y hechos prisioneros durante la pasada semana, no hay ninguna razón para dudar de las palabras de un taxista de que, «Cuando el toque de queda se levante, Tailandia verá cosas nunca vistas antes en este país».

¿Quien dio órdenes a quien?

El Primer Ministro Abhisit Vejjajiva ordenó el asalto, pero la cuestión, para mucha gente es, ¿quien dio a Abhisit, considerado como alguien sometido a importantes personalidades de la élite tailandesa, la luz verde? Aparentemente, los mandos del ejército no eran partidarios de un asalto a los civiles y la policía, ampliamente partidaria de los Camisas Rojas, tampoco. «Prem», dicen muchos partidarios de los Camisas Rojas refiriéndose a Gen. Prem Tinsulanonda, el personaje más influyente del Consejo Privado Real. Algunos Camisas Rojas pueden muy bien creer que Prem, a quien ven como maestro de la intriga, es el malo de la película pero, según algunos analistas tailandeses, lo que otros Camisas Rojas entienden por «Prem» incluye a otras personas en posiciones de gran autoridad.

Cualquier sugerencia de que el anciano rey, que según las informaciones está enfermo, tenga algo que ver con las medidas de fuerza, es contradicha vehementemente por Anand Panyarachun, una figura política muy respetada. Anand dice que en su experiencia como primer ministro en dos ocasiones, el rey siempre observó las reglas del juego constitucional. Únicamente daba consejo «si se lo pedían» y dejaba que fueran los políticos quienes decidieran qué hacer. «Así es como sucedió en Mayo del 1992, cuando reunió a Chamlong y Suchinda (los líderes guerreros) y les dijo que lo más conveniente para ellos era hacer lo que fuera mejor para la población. Nunca especifica lo que hay que hacer».

Cualquiera que fuese el papel del rey en la reciente tragedia -si es que ha habido alguno- ahora es más explícita la discusión del papel de la monarquía, algo que acostumbraba a encubrirse con vagas alusiones.

¿Como se llegó a esto?

La democracia y sus desencantados

Quizás un buen punto de partida sea mayo de 1992, cuando la dictadura del General Suchinda Kraprayoon dio paso a una nueva era de gobierno democrático. Entre 1992 y 1997 las elecciones produjeron tres coaliciones, pero éstas eran formaciones parlamentarias dominadas por líderes y élites de partidos tradicionales que aportaban votos clientelares, especialmente en las áreas rurales, debido a su control de las fuentes de riqueza económicas y burocráticas. Muy poco se hacía para atender las quejas sociales de los pobres rurales y urbanos.

Mientras que la democracia perdía su prestigio, la economía barreled along, y el área metropolitana de Bangkok se integraba rápidamente en la economía global a través de las redes financieras y de producción. El 10% de tasa de crecimiento del PIB entre 1985 y 1995 -el más elevado del mundo, según el Banco Mundial- parecía impresionante hasta que se descubrió que enmascaraba fuertes desigualdades entre Bangkok y el resto del país, entre la ciudad y el campo, entre clases sociales. Entre 1988 y 1994 -la cima del boom que hizo de Tailandia el «quinto tigre» de Asia- la parte de la renta familiar del 20% de la población de renta alta aumentó desde un 54% a un 57,5%, mientras que la del 20% de la de renta baja disminuyó desde el 4,6% al 4%. Mientras que en la década de los 60 la renta de un agricultor era una sexta parte de la de los trabajadores de otros sectores, a principios de los años 90 había bajado a una doceava parte. Como dijo un economista, la pobreza se convirtió en «un fenómeno casi completamente rural».

El FMI y la crisis democrática

Sin embargo, a los pobres rurales se les agregaron repentinamente, en el rango de los marginalizados, casi un millón de tailandeses, una gran parte de ellos miembros de la clase trabajadora, cuando la parte más baja de ésta cayó de la economía tailandesa durante la crisis financiera asiática de 1997-98. Cuando la globalización se torció, la democracia parlamentaria cayó en un gran desprestigio ya que los gobiernos tailandeses parecían impotentes para proteger al pueblo que los eligió a fin de servir los intereses del Fondo Monetario Internacional (FMI). A cambio de ofrecer un fondo de 72.000 millones $ para pagar a los acreedores extranjeros del país, el FMI impuso un programa de «reforma» muy severo que consistió en un corte radical de gastos, la bancarrotas de muchas empresas, la liberalización de la legislación para la inversión extranjera y la privatización de las empresas públicas.

Cuando el gobierno de Chaovalit Yongchaiyudh dudó en adaptar estas medidas, el FMI presionó para cambiar el gobierno. El segundo gobierno de Chuan Leekpai cumplió absolutamente con el Fondo durante los tres años siguiente Tailandia tuvo un gobierno que respondía no a su población sino a una institución extranjera. No es sorprendente que el gobierno perdiera gran parte de su credibilidad ya que las severas medidas del FMI arrojaron al país a la recesión y la estagnación.

Las dos caras de Thaksin

Fue en estas circunstancias que Thaksin Shinawatra, un gestor de talento, avezado emprendedor político y un comunicador extraordinariamente efectivo, consiguió ascendencia. Aunque Thaksin, en tanto que hombre de negocios, se había beneficiado de la globalización debido a la situación monopolística de su empresa en las telecomunicaciones privadas, uno de los sectores económicos más globalizados, percibió que la crisis financiera catalizaba los miedos populares acerca de la globalización del libre mercado, creando resentimiento hacia las élites urbanas y rurales que parecían acaparar la riqueza del país y rabia contra las instituciones financieras internacionales. Cuando se convirtió en Primer Ministro en 2001, Thaskin hizo una serie de movimientos sorprendentes. Devolvió el préstamo del FMI al país y expulsó de Tailandia al FMI, inició un sistema de salud universal que permitió a la población ser tratada por el equivalente de un dólar, impuso una moratoria en el pago de la deuda de los campesinos y creó un baht fund de un millón en cada pueblo, que los vecinos podían invertir en lo que quisieran.

Este fue el lado de Thaksin que le hizo ganar el favor de las masas entre los pobres, marginalizados y sectores económicamente precarios del país. Pero Thaksin tenía otro lado, el que la mayoría de sus seguidores urbanos y rurales decidió ignorar. En su condición de multimillonario, Thaksin compró literalmente a sus aliados políticos, construyendo en este proceso una coalición parlamentaria potente pero servicial. Utilizó su puesto para afianzar su riqueza y la de sus iguales, aparentemente incapaz de distinguir entre el interés público y las ganancias privadas.

Precisamente cuando parecía que había encontrado la fórmula para una larga estancia en el poder con el apoyo de una mayoría electoral, Thaksin traspasó los límites. En Enero del 2006 su familia vendió su participación de control en el conglomerado de telecomunicaciones Shin Corporation por 1.870 millones $ a una organización gubernamental de Singapur llamada Temasek Holdings. Antes de la venta, Thaksin se aseguró de que el Departamento de Hacienda interpretara o modificara la normativa par que quedar libre de impuestos. Esto provocó que las clases medias de Bangkok salieran a la calle enojadas para pedir su dimisión. Sintiéndose gravemente amenazados por el esfuerzo de Thaksin de rediseñar el panorama de la política tailandesa, el establishment tailandés se subió al tren de la anticorrupción. Incapaz de romper la mayoría parlamentaria de Thaksin o de conseguir una mas crítica en las calles para barrerlo del poder, el establishment empujó a los militares a expulsar a Thaksin en Septiembre 2006.

El golpe y la crisis continua

La recalcitrante base popular de Thaksin, junto a sus propios errores, impidió que los militares reestabilizaran el país, envenenándolo con el gobierno directo. Cuando el régimen patrocinado por los militares después del golpe se deshizo, las elecciones llevaron al poder a dos coaliciones parlamentarias pro Thaksin. Frustrada con las elecciones, la alianza entre las élites y la clase media se resolvió a la acción directa, siendo la más infame la toma del nuevo aeropuerto internacional de Suvarnabhumi por los anti Thaksin Camisas Amarillas, en diciembre 2008. Al mismo tiempo se utilizaban medidas judiciales para disolver al partido dominante pro Thaksin y se usó la coerción para separar a algunos de sus miembros y hacer que se unieran a una nueva coalición aglutinada en torno a los minoritarios Demócratas encabezados por Abhisit.

Llegados a este punto los seguidores de Thaksin se dieron cuenta de que solamente podrían restaurar su situación política como fuerza mayoritaria del país montando un espectáculo de fuerza en las calles, tal como hacían los Camisas Amarillas. En la primavera de 2009 la guerrilla urbana, que desembocó en la embarazosa cancelación de la cumbre de la ASEAN en Pattaya, durante la cual algunos jefes de Estado tuvieron que ser evacuados en helicóptero, no consiguió desalojar a Absihit, pero resultó ser un valioso ensayo del push masivo de los Camisas Rojas que empezó a mediados de Marzo de este año.

¿A un paso de la victoria?

Según muchos observadores los Camisas Rojas estuvieron a un paso de la victoria hace dos semanas, cuando consiguieron la elaboración de un plan de reconciliación de cinco puntos por parte de Absihit, el cual incluía la promesa de disolución del Parlamento en septiembre y elecciones en noviembre. El Gobierno dice que los miembros de la línea dura de los Rojos sabotearon los acuerdos al pedir nuevas condiciones cuyo objetivo era responsabilizar a líderes clave del gobierno de más de 20 muertes ocurridas durante un enfrentamiento anterior, el 10 de abril. Por otra parte, la cúpula de los Camisas Rojas pretendió que la prisa con la que el Gobierno retiró su oferta y finalizó las negociaciones demostró que simplemente había utilizado las negociaciones para conseguir tiempo para las medidas de fuerza militares que llegaron el 19 de mayo.

Lo que es cierto es que la rendición del liderato de los Camisas Rojas y la repatriación de miles de personas rurales a sus provincias no acabará con el desafío de los Camisas Rojas. Según un académico pro Camisas Rojas, los resentidos miembros del personal militar, gubernamental y de la policía que jugaron un importante papel en los recientes acontecimientos, crearán una potente red oculta que proporcionará el liderazgo para la siguiente fase de la lucha.

Pero el principal impulso procederá del propio pueblo. Está claro que Tailandia nunca será la misma. Un taxista resumió la situación actual: «Los ricos de Bangkok creen que somos gente estúpida a quien no se le puede confiar un voto democrático. Sabemos lo que hacemos. Es verdad, Thaksin es un corrupto. Pero está a nuestro favor y lo ha demostrado. Los ricos y la clase media de Bangkok nos ven como su enemigo. Si creen que estamos acabados deberían pensarlo dos veces. Esto no es el final, sino el final del principio».

Walden Wello, que acaba de regresar de Tailandia, es miembro del Parlamento de Filipinas y autor de Una tragedia siamesa: desarrollo y desintegración en la Tailandia moderna (Londres: Zed, 1998).

Traducción para www.sinpermiso.info : Anna Maria Garriga Tarré

rCR