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La gloria de Europa (un discurso fúnebre)

Fuentes: Rebelión

«Pero la época de la caballerosidad ha pasado. La de los sofistas y los economistas la ha sucedido, y la gloria de Europa se ha extinguido para siempre». (Edmund Burke) Sí, ya sé que además de un territorio que se extiende hacia oriente, Europa es sólo una idea o ya puede que sólo un espejismo. […]

«Pero la época de la caballerosidad ha pasado. La de los sofistas y los economistas la ha sucedido, y la gloria de Europa se ha extinguido para siempre». (Edmund Burke)

Sí, ya sé que además de un territorio que se extiende hacia oriente, Europa es sólo una idea o ya puede que sólo un espejismo. Una utopía en sus mejores momentos, por más que a muchos ideólogos de la concepción bárbara de la libertad -es decir, la que se reduce al puro ejercicio individualista del deseo y el interés, alérgica al compromiso y la solidaridad- no le guste esa palabra, y hasta le parezca démodé. Un fantasma para los románticos o un zombi para los distópicos posmodernos. Concedámonos, empero, la excentricidad poética de personificarla en una dama entrada en años, esa princesa raptada por el toro Zeus que nos cuenta el mito de Europa, si se quiere ya en el otoño de su vida, perdido el lustre de la lozanía aunque curtida por la experiencia de los años; desmemoriada, eso sí, seguramente víctima -seamos benévolos con ella- de una implacable demencia senil. Se le olvida la historia a esta señora; y parece que no tiene remedio. Fue Heródoto, un griego -cómo no- del siglo V antes de Cristo, el considerado por Cicerón el pater historiae, el que nos dijo en la primera frase de su obra sobre la guerra de los persas que lo que persigue con su esfuerzo el historiador es preservar lo que nació por obra de los hombres, para que la gloria de sus hazañas no sufra el desgaste del tiempo, que no se apague el fulgor de los hechos dignos de admiración mediante su alabanza y preservación en la memoria de las generaciones manteniendo así inmarcesible esa gloria a través de los siglos.

Se me antoja, a la luz de lo expuesto en los manuales de historia, que la Grecia de aquel entonces, como es el caso de Europa en la actualidad, no era más que una idea. La razón de mi analogía la señala certeramente Indro Montanelli en su Historia de los griegos: «el rasgo fundamental y permanente de los griegos fue el particularismo, que halló su expresión en las polis, es decir, en las ciudades-estado, que no lograron jamás fusionarse en una nación. Lo que sobre todo lo impidió fue (…) su escasa permeabilidad». Por eso dice el autor que no cabe una historia de Grecia antigua, como sí cabe una de Roma. A este respecto, de Europa en relación con aquélla puede decirse que de tal palo tal astilla; y siguiendo con las analogías, ¿el vínculo entre la Grecia y Roma antiguas no admite paralelismos con el reconocible entre Europa y los Estados Unidos de Norteamérica?

Otro historiador griego coetáneo de Heródoto, Tucídides, quiso contribuir a esa memoria colectiva mediante su testimonio de la guerra del Peloponeso del que forma parte el conocido como Discurso fúnebre de Pericles. Fue pronunciado en Atenas en el cementerio del Cerámico allá por el 431 a. C. Con motivo de la celebración de las exequias de las víctimas del primer año de la guerra contra Esparta, el por entonces líder de la democracia ateniense ofrece a sus conciudadanos una emocionante semblanza oral de los valores sobre los que se asienta su polis, si bien más ideal que real; una demostración primigenia, en definitiva, de la necesidad de dotar a la entidad política de un imaginario inspirador para la ciudadanía con el fin de no dejar que aquélla languidezca en un mediocre ejercicio de gestión sin más aspiraciones. Tucídides lo escribió una vez concluida la guerra, esto es, una vez derrotada y humillada Atenas; así que es un texto de lamento no sólo por los caídos, sino también -y seguramente sobre todo- por su patria a la que se muestra, no obstante, como paradigma universal de cultura cívica.

Rezuma el susodicho discurso un profundo respeto y apreciación por la herencia recibida de los padres. Es el reconocimiento de lo que cuesta la construcción de toda una civilización que permite al ser humano que es amparado por ella vivir dignamente. Ello conlleva un compromiso moral para las sucesivas generaciones de respetarla, cuidarla y mejorarla en lo posible, así como un vigoroso sentido de vínculo comunal. Pericles concreta esa herencia en los valores y las leyes de un Estado que garantiza una vida libre a sus ciudadanos al tiempo que fomenta el debate sobre la cosa pública conforme a derecho. Aquí reconozco yo una de las semillas de la idea de Europa.

Yo creo que esa idea nos hace mejores. Así lo creía José Ortega y Gasset, un europeísta convencido que puso mucho de su parte para que esas semillas germinaran en nuestro país y dieran sus frutos en forma de prosperidad y progreso ético. Es el lado luminoso de Europa que hace siete años vindicaba el filósofo Rafael Argullol en su artículo titulado Europa cabarde, Europa libre. Reconoce el autor en su texto que la nuestra es una civilización que se había negado y reinventado constantemente de manera revolucionaria «hasta el punto que, en nosotros, tradición y revolución se requerían mutuamente y eran, casi, una misma cosa». Así, nuestro pensamiento ha generado un cierto «instinto» para la crítica y la autocrítica que no se halla o está menos vivo en otras culturas. «Y creo -sostiene Argullol-, en efecto, que este es nuestro lado luminoso, el haz de libertad que brilla en medio de la oscuridad a la que, con tanto afán sangriento y codicioso, hemos contribuido. Hemos destruido mucho, pero (…) hemos apostado con frecuencia por la libertad de conciencia, incluso contra la omnipresente «razón de Estado» (confundida en ocasiones con «la razón de Dios») en la que encuentran cobijo tantas tradiciones del mundo que nos rodea».

De este lado luminoso sin duda brota la gran lección del humanismo europeo, ya sea antiguo o moderno; de la que es precioso botón de muestra la aportación del jurista español Francisco de Vitoria, quien, en 1539, definió el derecho a emigrar (ius migrandi) como un derecho universal de todos los seres humanos. Ahora bien, para que este derecho a emigrar sea un derecho efectivo, debe ir acompañado del derecho a asentarse libremente en otro sitio (lo que Francisco de Vitoria enunció como accipere domicilium in aliqua civitate illorum). Y para que sea un derecho y no una obligación debe ir acompañado también del derecho a no emigrar; es decir, a que se respete la libertad y la integridad y se garantice la posibilidad de desarrollo de todo el mundo en su lugar de origen.

Frente a la luminosa idea de Europa, vástago cultural de la luminosa idea de Atenas, su concepción gélida y burocrática parece fortalecerse más y más favorecida por la amnesia histórica y la molicie mental de nosotros, los actuales europeos, tan sumisos y acobardados que en muchos Estados hemos entregado la potestad de decidir sobre nuestro destino a personajes que fomentan la peor versión de nosotros mismos. Quizá la mejor imagen capaz de representar el actual estado de cosas sea la del personaje interpretado por Robert Mitchum en La noche del cazador de Charles Laughton. Ese atormentado hombre que, cuando cerraba sus puños, podía leerse en los nudillos de sus manos las palabras love y hate respectivamente, presentándolos en agónica y permanente lucha.

Lo podemos constatar en estos días con la crisis de los migrantes, en fase aguda a partir del episodio del barco Aquarius, y la actitud adoptada por el flamante gobierno italiano. Crisis de un problema ya crónico al que aludía hace ya la friolera de veinticinco años Rafael Argullol, precisamente, en conversación con Eugenio Trías, y que se halla recogida en el libro titulado El cansancio de Occidente. Merece la pena citar por extenso el fragmento de la conversación aludida: «Desde esta encrucijada [la construcción europea ante las olas de inmigrantes] se apuntan, a grandes rasgos, dos caminos. El primero es eminentemente defensivo e implica el desarrollo de lo que, con anterioridad, he llamado el espíritu de fortaleza. Se trata de un movimiento de defensa a partir del cual Occidente, y en particular Europa, quiere prolongar su futuro partiendo restrictivamente de sus raíces (…) de la superioridad del etnocentrismo practicado por la raza blanca, de la verdad superior de la religión cristiana, de la riqueza excluyente de la cultura occidental, de la eficacia única del liberalismo… La insistencia de este camino unanimista entraña naturalmente el reforzamiento de un modelo de trincheras frente a la amenaza exterior. Las consecuencias lógicas son el autoritarismo defensivo y el racismo». No se puede negar que por este camino hemos transitado un buen trecho mediante el reforzamiento de un modelo de trincheras que tiene su plasmación física en forma de muros, vallas y cierres de puertos (aunque con matices que en ningún caso desdicen la tesis principal). El reciente «acuerdo» alcanzado por los líderes europeos en Bruselas no hace sino confirmarlo al tiempo que evidencia la desunión de la Unión marcada por los polos norte-sur y oeste-este.

Prosiguen Trías y Argullol: «El segundo camino supondría apostar por una Europa poliédrica, capaz de alimentarse de sus raíces al tiempo que pusiera en cuestión el exclusivismo unicultural de su tradición. Al abrirse a una visión plural de su futuro, Europa debería ponerse en tensión consigo misma y, paralelamente superar al antagonismo entre civilización y barbarie. Éste, creo, es el camino moralmente aconsejable y el único posible a medio plazo si quiere evitarse una conflagración de consecuencias imprevisibles.»

Necesitamos los europeos invocar el espíritu de Pericles y no olvidarnos de nuestra herencia histórica. Repetirnos los unos a los otros de dónde venimos, recordarnos sin pausa que Europa ha sido de continuo un campo de batalla hasta hace bien poco y un agente de opresión imperialista desde su tan dañino etnocentrismo. Y convencer deslumbrando con nuestro lado luminoso a los provenientes de otras culturas integrándolos activamente en nuestra fraternidad cívica.

La crisis de la migración, como ya hiciera la económica, revela a las claras la fragilidad de la construcción europea. No es ninguna novedad. La integración económica iniciada con la creación en 1951 de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero y reforzada en 1999 con el euro no ha desembocado -como se creía- en la integración política. Más bien al contrario. Lo expresa muy elocuentemente el economista Daniel Cohen en su libro titulado Homo economicus, el profeta (extraviado) de los nuevos tiempos: «Comprar coches alemanes o trajes italianos no favorece en absoluto el sentimiento de pertenecer a una misma comunidad. Cuando la crisis causa estragos [vale para cualquier tipo], en realidad se produce el sentimiento contrario. La rivalidad económica aguza las rivalidades nacionales y reabre viejas heridas que ya se creían cicatrizadas. En periodo de crisis el Homo economicus se vuelve amargado o incluso negativo». Clama Cohen por un Roosevelt que le dé a Europa «el sentimiento de una comunidad conjunta». Pero parece más bien que el sentimiento que se extiende es el de la eurofobia y el deseo de ir cada uno por su lado.

A fin de cuentas, la crisis de la migración es una deriva de la crisis económica, y resultado de la creencia que parece haberse instalado en la opinión pública de que debemos administrar con sumo cuidado la escasez; el empleo escaso y el escaso estado de bienestar. La lógica de la escasez está implícita en la ley de Malthus, que asocia el incremento de la población con la reducción de la renta per cápita como consecuencia del reparto de unos recursos siempre limitados (y el empleo es uno de ellos) entre un mayor número de personas que han de compartirlos. Ahora bien, esta lógica era válida en un mundo totalmente dependiente de la producción agrícola, lo que no es el caso en la actualidad. En las economías modernas la fuente principal del crecimiento la constituye la producción de bienes no agrícolas y de servicios, por lo que funcionan de muy otra manera. Pero el esquema malthusiano sigue ejerciendo una gran influencia en el pensamiento de muchos ciudadanos que se enfrentan angustiados a la escasez de empleos. Su fuerza reside en su sencillez; parece de sentido común: para resolver el problema del paro, reduzcamos el tamaño de la población activa o/y compartamos el trabajo disponible. En consecuencia, cerremos nuestras fronteras a cal y canto para que no vengan a «robarnos lo que es nuestro».

Desde los populismos se llega incluso a lanzar mensajes rayanos en lo «conspiranoico» al insinuar que la inmigración es un arma en manos de los poderes del capital y la gran empresa para bajar los salarios. Nada más lejos de la realidad a decir de Pierre Cahuc y André Zybelberg, economistas franceses, autores del libro titulado El negacionismo económico, recientemente publicado en castellano. Ambos reivindican el valor del componente empírico a la hora de dar con las explicaciones más verosímiles de los fenómenos económicos y sus efectos sociales y políticos asociados. Ellos aducen como falsación del prejuicio malthusiano aplicado al empleo lo ocurrido en Miami a raíz de la avalancha migratoria de 1980, cuando ciento veinticinco mil cubanos salieron del puerto de Mariel hasta que fue cerrado por las autoridades de la isla. La mitad del contingente se estableció en Miami, lo que supuso un aumento del siete por ciento de la población activa. Es como si hubiese llegado de repente un millón y medio de personas a España.

El caso es que los datos dicen que aquella inmigración masiva de cubanos fue absorbida sin efectos negativos para los residentes: sin reducción de salarios ni incremento del paro para los trabajadores residentes poco cualificados. En Europa merece atención el caso de Austria, que acogió a 100.000 refugiados bosnios entre 1992 y 1995, sin apenas efecto en los salarios y el empleo en la población autóctona; hoy, como se está constatando a través de las negociaciones europeas dirigidas a decidir cómo afrontar el problema migratorio, el gobierno de Viena es uno de los más duros junto con el italiano en su posición al respecto, siendo Italia uno de los países europeos que más cantidad de emigrantes ha enviado, sobre todo a América.

Concluyen Cahuc y Zybelberg: «Los estudios dedicados a los efectos de la inmigración contradicen manifiestamente la idea de que el incremento de la población en edad de trabajar rebaja sistemáticamente los salarios y crea paro». Porque la lógica malthusiana no es aplicable a las economías industrializadas, donde la clave consistiría en la rápida adaptación de los medios de producción y de su legislación al coste del trabajo.

Qué paradójico se me antoja que Europa, la cuna del pensamiento científico, siga presa en las deliberaciones políticas que han de decidir su destino de prejuicios irracionales que carecen de base empírica. Otro síntoma -puede ser- de la actual demencia senil que padece esta dama decadente, y que se manifiesta en su opinión pública, incapaz de distinguir entre utopía y realidad, coqueteando en ocasiones con el delirio (el caso paradigmático de Cataluña o el Brexit), al desvincularse tanto de las realidades humanas perdurables ya sea en política, en los medios de comunicación o en los negocios.

Se hace menester recordar; puede ser doloroso, pero ya que esta Europa senil es incapaz de hacerlo, recordemos nosotros por ella, evitando la idealización y abominando del lastre moral del «todo tiempo pasado fue mejor». Sea no por ella, sino por la humanidad. Porque ella ha sido tan importante para la humanidad… Para bien y para mal. Ya hemos tenido tiempo y ocasiones de sobras para despertar del sueño del final de la historia -Fukuyama dixit-. La historia ha vuelto y en este momento somos testigos de su retorno. ¿Seremos capaces de afrontar sus habituales conflictos incontrolables, elecciones trágicas e ilusiones perdidas?

José María Agüera Lorente, catedrático de filosofía de bachillerato y licenciado en comunicación audiovisual

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.