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La hegemonía estadounidense avanza sobre América Latina

Fuentes: Rebelión

Estados Unidos vuelve a profundizar su presencia militar en América Latina. Abelardo de la Espriella, a pocos días de asumir el cargo de presidente, autoriza a EE.UU. a realizar operativos militares en su territorio, con el pretexto de «combatir el terrorismo».

Pero esto no comienza hoy: Estados Unidos ya tiene bases militares y una importante presencia militar en Colombia.

El nuevo acuerdo profundiza esa presencia y amplía la capacidad de Washington para intervenir directamente en territorio colombiano. Colombia queda así cada vez más integrada a la estrategia militar y geopolítica estadounidense en la región, acercándose peligrosamente a una condición de dependencia y subordinación estratégica que puede convertirla, en la práctica, en una especie de protectorado de Washington.

Pero el país cafetero no es un caso aislado. Venezuela, Argentina, Bolivia, Chile, Ecuador, Honduras, Panamá, Paraguay y, más recientemente, Perú y otros países donde Estados Unidos busca recuperar una influencia que durante años había perdido. 

Lo que estamos viendo es la puesta en funcionamiento de una actualizada Doctrina Monroe, bajo nuevas formas y métodos: más bases militares, acuerdos leoninos de seguridad, cooperación armada, inteligencia, presión política y gobiernos cada vez más alineados con Washington.

La Doctrina Monroe fue creada por James Monroe con la participación de John Quincy Adams y presentada al Congreso de Estados Unidos del 2 de diciembre de 1823. Tenía como objetivo servir como escudo contra el colonialismo europeo, pero en realidad existía una intención oculta: el intervencionismo estadounidense. Bajo el lema “América para los americanos”, Washington se arrogó el derecho de influir y controlar el destino político y económico de América Latina, convirtiéndola en un instrumento de dominación mediante ocupaciones militares, presiones diplomáticas y tutela económica, consolidando la idea de América Latina como el “patio trasero” de Estados Unidos.

Esta Doctrina fue el preámbulo del imperialismo estadounidense en América Latina. Desde esa perspectiva, los métodos han cambiado con el tiempo: ayer fueron las intervenciones y la Operación Cóndor; hoy son las bases militares, la presión económica, la inteligencia, la cooperación armada y las nuevas alianzas de seguridad.

La pregunta ya no es solamente qué país está cooperando con Estados Unidos, sino hasta dónde está dispuesto el continente a permitir que una potencia extranjera vuelva a definir su agenda política, militar y estratégica.

Colombia no es un caso aislado. Estados Unidos está reconstruyendo aceleradamente su influencia sobre América Latina mediante alianzas militares, cooperación en seguridad, inteligencia, presión política y gobiernos estrechamente alineados con Washington.

Bolivia es otro ejemplo. Con Rodrigo Paz Pereira, el país se incorporó al «Escudo de las Américas», la coalición impulsada por Washington, y restableció la cooperación con organismos antidrogas estadounidenses después de casi dos décadas de ruptura. Así Estados Unidos anunció, sin pedir permiso, capacitación, equipamiento y supuesto apoyo para las operaciones bolivianas contra el narcotráfico. 

Sin embargo, aquí aparece una contradicción que merece ser investigada: si el argumento para profundizar la presencia estadounidense es combatir el narcotráfico, ¿por qué, durante estos meses de gestión de Paz Pereira, el narcotráfico se ha acrecentado? El silencio del Gobierno, así como la persecución a los eslabones más débiles, ha sido una constante. ¿Acaso no debería investigarse, en cambio, a las estructuras financieras, políticas y de protección que permiten que el negocio prospere? Es decir, a los «peces gordos», según denuncias del propio vicepresidente, muchos de ellos cercanos al Gobierno e incluso dentro del propio Gobierno.

En ese contexto surgen en mi mente algunas preguntas legítimas sobre el papel de la DEA: ¿qué está haciendo en el país? ¿Está realmente desarticulando las grandes redes o su cooperación termina funcionando como un mecanismo de influencia política sobre el gobierno aliado actual? 

Recordemos que existen sectores que sostienen acusaciones mucho más graves sobre la relación histórica entre agencias estadounidenses y el narcotráfico, como ocurrió en el pasado, cuando la DEA montó una de las más grandes fábricas de producción de cocaína en el Chapare. Según investigaciones periodísticas norteamericanas, el dinero proveniente de ese multimillonario negocio fue utilizado para financiar a los contras en Nicaragua.

Pues bien, al volver Bolivia a estrechar vínculos con Washington, automáticamente la gestión de Paz Pereira, sea buena o mala, recibe el respaldo estadounidense, como ocurrió durante estos meses de su desastrosa gestión, en los que el pueblo le dio la espalda debido a una situación económica y política extremadamente nefasta, expresada en protestas y un largo bloqueo de caminos.

En este escenario, a Washington no le interesa que Rodrigo Paz sea un pelele, siempre y cuando sea su pelele —valga la redundancia— y siga las instrucciones de los halcones del Pentágono. En otras palabras, el respaldo que le brinda adquiere inevitablemente una dimensión geopolítica.

Por tanto, la pregunta incómoda, pero necesaria, sería: ¿hasta dónde llega la cooperación y dónde comienza la injerencia y el sometimiento?

Mientras tanto, Washington sigue extendiendo el «Escudo de las Américas» desde el norte hasta el sur, donde Milei es uno de sus alumnos más obedientes. La hegemonía no necesita ocupar formalmente un país. Estados Unidos tiene amplia experiencia en ejercerla mediante gobiernos subordinados que aceptan, sin titubear, sus bases militares, acuerdos de seguridad, operaciones de inteligencia, asesores y, por supuesto, su financiamiento.

Ayer fue la brutal Operación Cóndor, que coordinó la persecución, el secuestro, la tortura y el asesinato de mas de 100.000 personas en América del Sur, junto con golpes militares y una represión sistemática. Posteriormente, bajo nuevos métodos, aparecen el lawfare, como el caso Lava Jato, y, en esta coyuntura, el pretexto de la lucha contra el narcotráfico y la seguridad hemisférica, ahora articulado a través del «Escudo de las Américas», que es la expresión contemporánea de esa vieja pretensión de Washington de mantener bajo control y sometimiento a “su patio trasero”.

Una triste historia de injerencia y sometimiento que América Latina soporta desde hace más de un siglo y que, bajo nuevas formas, hoy vuelve a intensificarse.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.