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Algunos resultados económicos

La «Misión Civilizadora» europea

Fuentes: CounterPunch

Traducido para Rebelión por Germán Leyens**

«No nos queda otra cosa que hacer que tomarlos a todos, y educar a los filipinos y elevarlos y civilizarlos y cristianizarlos, y por gracia de Dios hacer todo lo que podamos por ellos, porque son nuestros prójimos por quienes también murió Cristo.»
William McKinley (1899)

No existe una historia general – por lo menos no una que se pueda conseguir en inglés – que explique los orígenes, las fuentes, el lenguaje, las costumbres y las variaciones sobre el tema de la Misión Civilizadora, el mito central que Europa ha empleado para tergiversar sus depredaciones en todo el globo, comenzando con las conquistas españolas en las Américas.

Sin embargo, incluso ante la ausencia de una tal historia general, se pueden presentar sin riesgo algunas proposiciones generales sobre la Misión Civilizadora de Europa. Por su naturaleza, la Misión Civilizadora precisa de un protagonista que sea superior a su sujeto, más allá de la ventaja de la fuerza bruta. Esta superioridad ha estado diversamente ubicada en la elección divina, los genes, el clima, las instituciones y los atributos de la mente. En el pasado, la mayoría de los pensadores europeos ha preferido ubicar la base de la ventaja cultural europea en la raza, interpretada biológicamente, y por cierto, hacia el siglo XIX, esta forma de racismo se había convertido en el modo dominante de elaborar la superioridad europea.

La explicación de la superioridad europea se intentó por dos pistas. En la primera, el pensamiento europeo trata de dotar a los europeos de atributos especiales o se les muestra como dueños de esos atributos en mayor abundancia. Los atributos característicos europeos son el individualismo y la racionalidad. El primero produce la búsqueda de la libertad, el coraje, el heroísmo, la santidad, la ambición, la laboriosidad, la diligencia, la iniciativa y las grandes obras de arte; la segunda produce valores que sostienen un orden social más elevado, un gobierno superior, burocracias, crecimiento económico, catedrales, armonías, y el pensamiento racional, incluyendo la filosofía, las ciencias y las matemáticas.

En la misma escala, por una segunda pista, el pensamiento europeo se ha lanzado a la tarea de denigrar, deshumanizar e incluso animalizar al Otro: El mundo extra-europeo está habitado por seres humanos que carecen de individualidad y de poderes de raciocinio. Al carecer de individualidad, el hombre extra-europeo es deficiente en todas esas virtudes positivas que respaldan el orden social y político europeo. En general, esto significa que el hombre extra-europeo tiene que ser definido mediante negaciones: es un haragán, sus necesidades son limitadas, no siente la necesidad de distinguirse, su trabajo es descuidado, no posee inventiva, no puede confiar en él, no tiene auto-estima, no aprecia la libertad, es cobarde, carece de generosidad y no arriesga la vida por su libertad.

De la misma manera, la débil facultad de razonamiento de los extra-europeos produce un segundo conjunto de negaciones. Varios pensadores europeos lo han descrito como pedante en sus procesos de pensamiento e incapaz de producir obras metafísicas; su religión pocas veces supera la simple superstición; trabaja con instrumentos simples, que nunca trata de mejorar; carece de reflexión previa y, por ello, no puede emprender grandes proyectos o crear instituciones complejas; vive bajo despotismos, que no protegen los derechos a la propiedad y, por ello, atrapan su economía a niveles primitivos de productividad; y aunque no ha desarrollado tecnología alguna, es incapaz de formular teorías abstractas, matemáticas. En breve, las sociedades extra-europeas, después de sus logros iniciales, han seguido durmiendo; supersticiosas, primitivas y despóticas.

Una vez que estos tipos opuestos – el hombre europeo y el extra-europeo – han sido perfectamente descritos, existen tres posibles relaciones que pueden desarrollarse entre ellos. Los extra-europeos podrían ser dejados solos; podrían ser sometidos a la limpieza étnica, perseguidos y exterminados; o podrían ser mejorados al abrirlos a los contactos comerciales ilimitados con los superiores europeos, y si es necesario estos contactos podrían ser establecidos por la fuerza.

La elección entre estas opciones fue obvia. Evidentemente, las sociedades extra-europeas no podían ser abandonadas para que vegeten; sería un desperdicio desorbitado de mano de obra y recursos. Sería preferible expulsar a los nativos de su tierra o matarlos; así por lo menos se liberarían sus recursos para mejorarlos. La tercera opción era la mejor. Permitía a Europa que mejorara la mano de obra y los recursos en las sociedades extra-europeas. Sin embargo, si los nativos resistiesen la mejora, como lo hicieron en las Américas, tendrían que ser diezmados y sus tierras apropiadas para mejorarlas.

Al llegar el siglo XIX, casi todos los grandes pensadores de Europa habían adoptado el paradigma de la Misión Civilizadora. Incluso Carlos Marx y Federico Engels no quedaron eximidos de su funesta influencia, y fueron de los pensadores europeos más radicales y compasivos de su tiempo. Colocan al Oriente afuera del proceso histórico que habían elaborado para explicar la transición de Europa de una etapa histórica a la otra. En el Oriente, un estado despótico poseía toda la tierra porque se veía obligado – por las condiciones áridas o semi-áridas que prevalecían allí – a erigir y mantener obras hidráulicas en gran escala de las que dependía toda la agricultura. Ante la ausencia de la propiedad privada, las sociedades asiáticas carecían de la tensión dialéctica – entre clases opuestas – que producía el cambio social. El Oriente, por ello, no tenía una verdadera historia aparte de la historia de sucesivos despotismos impuestos a una base social que no cambiaba. En el Manifiesto Comunista, Marx y Engels se refieren a los asiáticos como «bárbaros», «semi-bárbaros» o «naciones de campesinos». Por otra parte, las sociedades burguesas de Europa son «civilizadas».

La teoría del Despotismo Asiático ofreció la mayor justificación para la Misión Civilizadora. Al destruir a los despóticos estados asiáticos, al reconstituir las sociedades asiáticas sobre la base de la propiedad privada, y al integrar sus economías arcaicas a los mercados mundiales, las potenciales coloniales realizaban – como lo dice Carlos Marx, cuando habla de la destrucción de las aldeas autárquicas de India – «la única revolución social jamás habida en Asia». Por cierto, Carlos Marx creía que al construir una red de ferrocarriles en India, los británicos estaban también estableciendo los fundamentos de la industria moderna. Sería imposible crear una amplia red de ferrocarriles sin crear un sector industrial que suministrara sus necesidades de carbón, minerales de hierro, acero y maquinaria pesada.

La justificación del economista ortodoxo para al colonialismo no es tan grandiosa porque sus requerimientos para el crecimiento son mínimos. Desde que Adam Smith las formuló por primera vez en 1755, el crecimiento económico ocurre naturalmente una vez que existen tres condiciones: «paz», «impuestos poco exigentes», y «una administración de la justicia tolerable». Alternativamente, los gobiernos establecen la ley y el orden; los mercados hacen el resto. Ya que los gobiernos despóticos en las sociedades atrasadas de Asia y África son incapaces de proteger a las personas y a los derechos a la propiedad, esto sólo puede ser logrado mediante la intervención de los europeos. En otras palabras, la colonización de las sociedades extra-europeas es indispensable si han de integrarse al mundo civilizado.

Pocos proyectos para la mejora de las «razas inferiores» fueron emprendidos con tanta avidez, o implementados con el mismo grado de entusiasmo, como la Misión Civilizadora de Europa. Durante todo el siglo XIX – antes en algunos sitios – los europeos colonizaron gran parte de Asia y África, integrándola a los mercados globales bajo gobiernos dirigidos por hombres más capaces provenientes de la mejora reserva europea. Aunque se permitió que el imperio otomano, China, Irán y Tailandia mantuvieran sus gobernantes indígenas, perdieron su capacidad de controlar sus relaciones exteriores económicas. Bajo tratados de «puertas abiertas», se vieron obligados a imponer aranceles muy bajos, a desarticular los monopolios estatales, a eliminar las restricciones a las inversiones extranjeras, y a eximir a los europeos – y a sus protegidos locales en el imperio otomano de los tribunales y de los impuestos locales. En otras palabras, directa o indirectamente, Europa había sometido a casi todas las sociedades extra-europeas del mundo a su Misión Civilizadora.

Aunque los economistas clásicos tuvieron poca suerte – fuera de Gran Bretaña, e incluso en ese caso sólo después de los años 40 del siglo XIX – en persuadir a los gobiernos soberanos en Europa, las Américas y Oceanía para que liberaran la mano invisible, su visión de los mercados libres fue implementada en su casi totalidad por los gobiernos coloniales en Asia, África y el Caribe. Las colonias practicaron el libre comercio, con algunas preferencias para el país metropolitano; abrieron las colonias al capital extranjero; establecieron las protecciones más considerables para la propiedad privada; operaron pequeños, «eficientes», gobiernos que estuvieron permanentemente dedicados a equilibrar los presupuestos, y mantuvieron a los gobiernos estrictamente fuera de las actividades productivas. Con la excepción de Japón después de 1910, los países asiáticos que escaparon a la colonización fueron obligados a firmar Tratados de Puertas Abiertas, que integraron sus economías a los mercados globales. Me referiré a ellos como casi-colonias (CC). Por cierto, el Banco Mundial y el FMI no habrían tenido nada que hacer en las CC y en las colonias (todas juntas CCC); sus proyectos habían sido totalmente implementados por los gobiernos coloniales en Asia, África y el Caribe.

Los países soberanos rezagados en el período que estamos considerando – el siglo antes de 1950 – prestaron poca atención a los cánones de la ortodoxia económica: en su mayoría fueron mercantilistas de todo corazón en su búsqueda del desarrollo económico. Impusieron libremente aranceles, operaron bancos de desarrollo de propiedad estatal, establecieron industrias en el sector público, mantuvieron déficits presupuestarios, restringieron el ingreso de capital extranjero, regularon sus mercados de divisas durante la Gran Depresión, y cuando tenían problemas repudiaban las deudas externas. ¡Eso se llama soberanía en acción!

Puede haber poca ambigüedad en el pronóstico – basado en la Misión Civilizadora y la economía ortodoxa – del éxito económico comparado de las CCC y de los países soberanos rezagados durante la época colonial. Las CCC eran acólitos devotos de las políticas económicas ortodoxas; los países soberanos rezagados estaban al otro extremo del espectro económico, invocando todos los instrumentos de intervención económica para impulsar la industria, el capital y la tecnología indígenas. Las colonias podían gozar de una segunda ventaja. A diferencia de los países soberanos rezagados en América Latina y en Europa Oriental, que nunca fueron conocidos por su buen gobierno, las colonias británicas, francesas, holandesas y estadounidenses tenían la ventaja de ser gobernadas por la esencia de la crema de la producción europea de razas superiores. Sobre la base de esas ventajas, podríamos concluir sin temor a equivocarnos que las CCC deben haber superado a los países soberanos rezagados en los días del auge de la Misión Civilizadora – el siglo antes de 1950.

Tasas anuales ponderadas de crecimiento del ingreso per capita: 1900-1992

Tasas de crecimiento

1900-1913

1913-1950

1950-1992

Países soberanos

1,61

1,34

2,58

CCC

0,50

-0,27

2,96

% de la población del mundo

1900

1913

1950

Países soberanos

19,9

22,5

22,1

CCC

50

49

48

Todas las estadísticas que necesitamos para comprobar esta predicción están contenidas en una sola tabla que presenta las tasas anuales ponderadas de crecimiento del ingreso per capita para las CCC y los países soberanos rezagados durante tres períodos: 1900-1913, 1913-1950 y 1950-1992.

El calificador «rezagado» se refiere a países cuyo ingreso per capita en 1900 fue de un 66 por ciento o menos del ingreso per capita de EE.UU.; así que nuestra muestra de países es relativamente homogénea en sus características económicas. Tenemos tasas de crecimiento de 12 CCC en el primer período y de 13 en los períodos segundo y tercero. Aunque esta muestra parece pequeña, las CCC incluidas son las mayores en esta categoría, y su población combinada en los tres períodos es sólo ligeramente inferior a tres cuartos de la población de todas las CCC. Las tasa promedio de crecimiento de los países soberanos rezagados se basa en 18 resultados en el primer período y 22 en el segundo y tercero.

La historia que reflejan estas cifras es tan extraña como verdadera: los malos de la película ganaron la carrera del crecimiento. Durante la primera mitad del siglo XX, los países soberanos, no-liberales, proteccionistas, que repudiaban sus deudas ganaron rotundamente la partida contra las CCC del libre comercio, del equilibrio presupuestario, de la ley y el orden, muchas de ellas bajo la atención directa de los mejores amos del mundo. Entre 1900 y 1913, los países soberanos rezagados superaron a las CCC por un factor de más de tres a uno. Durante los treinta y siete años siguientes, que incluyeron dos guerras mundiales y una depresión, el ingreso per capita en las CCC disminuyó en un 10 por ciento, mientras que los países soberanos rezagados marcaron un aumento de un 64 por ciento en sus ingresos per capita. Durante medio siglo, de 1900 a 1950 el ingreso per capita de los países soberanos rezagados creció a un ritmo anual de un 1,43 por ciento, mientras que en las CCC disminuyó en un 0,08 por ciento.

Una comparación de las tasas de crecimiento anual promedio para los países soberanos rezagados y las CCC muestra resultados similares. Las tasas de crecimiento promedio de los países soberanos entre 1900 y 1913 y 1913-1950 fueron de un 1,67 y de un 1,34 por ciento; las tasas de crecimiento correspondientes de las CCC fueron de un 0,81 y de -0,02 por ciento. Además, durante el primer período, sólo tres de los 18 países soberanos crecieron a un ritmo inferior al crecimiento promedio de las CCC, durante el segundo período, ningún país soberano creció a una tasa inferior al promedio de las CCC. Las diferencias en las tasas de crecimiento para los dos grupos de países son grandes y sistemáticas.

A estas alturas, los economistas ortodoxos pasarán probablemente a culpar a las CCC por sus pobres resultados en el crecimiento. No es porque haya algo de malo en la Misión Civilizadora o en las políticas ortodoxas; juntas, no pudieron cambiar completamente a esos países por culpa de las inextricables barreras para el crecimiento representadas por su cultura, su religión y su raza. El impacto negativo de esas barreras tiene que haber sido muy poderoso, mucho más poderoso que la doble ventaja de sus políticas ortodoxas y su superior gobierno. ¿Existe algún modo de refutar esas bobadas?

Por suerte, tenemos cifras que lo lograrán – las cifras en la cuarta columna de nuestra tabla. En los cuarenta y dos años después de 1950, el punto terminal del período colonial, las antiguas CCC comenzaron a dar vuelta la página. Repentinamente, de la ciénaga de la decadencia económica se lanzan al territorio del crecimiento rápido. De una tasa ponderada de crecimiento anual de -0,27 por ciento durante los treinta y siete años anteriores, saltan ahora a casi un 3 por ciento por año, sobrepasando incluso a los antiguos países soberanos rezagados que crecieron a un 2,58 por ciento por año. ¿Qué pasó con todas esas «tenaces» barreras contra el crecimiento que las habían retrasado durante siglos? ¿Se evaporaron repentinamente en 1950?

Los apólogos de la ortodoxia no van a dejar pasar un tercer argumento. El crecimiento acelerado en las antiguas CCC, pueden argumentar, no tiene nada que ver con su nueva soberanía, fue un período de crecimiento para todos los países. Sí, pero eso no los salvará. Como sus «tenaces» barreras contra el crecimiento continuaban en existencia, el crecimiento de las CCC hubiese continuado siendo inferior al de los antiguos países soberanos rezagados, pero repentinamente sucede lo contrario. Es otro problema más. Ya que las antiguas CCC habían abandonado decididamente sus políticas ortodoxas, esto debería haber provocado la anulación de las condiciones de crecimiento mejoradas, dejándolas con poco crecimiento o con ningún crecimiento, como antes.

Esto nos deja sin haber encontrado respuestas. ¿Será posible, sólo posible, que las CCC, de largo paralizadas, se convirtieron en esprínteres del crecimiento en los años 50 porque habían despachado a la Misión Civilizadora de Europa y ahora tenían la libertad de elegir las políticas «equivocadas»? Durante gran parte del período entre 1950 y 1992, las antiguas CCC en nuestra muestra iniciaron la planificación económica, hicieron inversiones públicas en la infraestructura y en las actividades industriales, trabajaron con monedas internas sobrevaluadas, controlaron el cambio de monedas, impusieron aranceles proteccionistas, establecieron bancos de desarrollo en los sectores industriales y agrícolas, vendieron servicios públicos a bajo precio a sus nuevas industrias, trataron de excluir las inversiones extranjeras, etc. Por cierto, algunas recibieron ayuda en sus ejercicios de planificación de expertos económicos de la Agencia de Desarrollo Internacional de EE.UU. ¿Es posible que esas políticas «erróneas» fueron las correctas para economías que habían sido subdesarrolladas por la Misión Civilizadora y sus políticas ortodoxas?

¿Van a aportar estas cifras un poco de humildad a los untuosos proveedores de Civilización Europea? ¿Admitirán ahora que la Misión Civilizadora no sirvió a los pueblos de las CCC, que los humilló y los retrasó durante siglos? ¿Admitirán que todo esto no fue otra cosa que una cobertura para el verdadero negocio de Europa en las colonias, que fue de abrirlas para la manipulación en beneficio de sus clases privilegiada? ¿Será seguida esta admisión por arrepentimiento, por llamados a ajustes compensatorios en el sistema global para que las transferencias fluyan ahora en la dirección opuesta – de los países ricos a los países pobres?

Los proveedores de ideologías no son derrotados por los hechos que no les convienen. En el mundo surrealista de la ortodoxia económica, si los hechos no apoyan la teoría establecida, tanto peor para los hechos. La teoría reina suprema. Los ideólogos dejan de pregonar su mercancía sólo cuando sus padrinos son derrotados. Durante unas pocas décadas después de la II Guerra Mundial sus valedores capitalistas habían sido contenidos, amonestados. Fue el resultado de dos guerras auto-mutiladoras entre las potencias coloniales, el vástago de rivalidades entre los antiguos y los nuevos poderes industriales. En su momento, esto produjo regímenes anticapitalistas en dos países importantes – Rusia y China – y movimientos de liberación nacional en todas las colonias y casi-colonias. Juntos, estos desarrollos debilitaron seriamente a los poderes centralizadores del sistema capitalista, su capacidad de concentrar el poder en unos pocos centros europeos.

Esta retirada del capital global presentó una oportunidad para países en la periferia. Rápidamente, las antiguas colonias tomaron las cosas en sus propias manos – protegiendo las manufacturas, creando bancos de desarrollo, restringiendo la propiedad extranjera, ofreciendo mejor tecnología a los agricultores, invirtiendo en servicios públicas e infraestructura y abriendo escuelas. En otras palabras, las CCC – junto con América Latina, trataron de crear mecanismos económicos y políticos que les permitieran resistir al poder centralizador del capital del centro1. Así se creó el Tercer Mundo, una zona económica intermedia entre el Centro capitalista y la esfera comunista, buscando a menudo ventajas del uno o de ambos aprovechando sus antagonismos. La creación del Tercer Mundo produjo algunos sorprendentes resultados: muchas de las antiguas CCC – estancadas durante tanto tiempo – comenzaron a avanzar, a industrializarse y a desarrollar una base capitalista indígena. Como era de esperar, el Centro del capital no apreció para nada los centros nacientes del desarrollo de capital del Tercer Mundo.

A pesar de sus limitaciones, los Centros capitalistas – dirigidos ahora por Estados Unidos – buscan constantemente la manera de restaurar las tendencias centralizadoras del sistema capitalista a través de las actividades clandestinas de sus agencias de inteligencia, de la ayuda externa, la ayuda militar y los programas de capacitación, asesores económicos, y la permanente penetración de las economías del Tercer Mundo por el capital del Centro. El éxito vino antes de lo que nadie había esperado, a principios de los años 80. Vino en un momento en el que el Tercer Mundo, aparentemente en la cima de su poder, presionaba con sus demandas por un Nuevo Orden Económico Internacional.

La crisis del petróleo de 1973 fue el gatillo que aceleró el desmantelamiento del Tercer Mundo. Los miembros árabes de la OPEC, repletos de dólares, los reciclaron en los bancos occidentales, que iniciaron la primera ola de préstamos comerciales a la periferia desde la Gran Depresión. Con el tiempo, las deudas del Tercer Mundo se acumularon, el Centro capitalista pudo actuar rápida – y colectivamente – a través del Banco Mundial y del FMI – para restaurar su antiguo poder sobre la periferia. Esto había sucedido antes, durante el siglo diecinueve, cuando Gran Bretaña y Francia crearon y manipularon crisis de deudas en los países de Puertas Abiertas para apoderarse de sus finanzas. Ahora se repitió lo mismo, comenzando con varios países latinoamericanos durante los años 80, cuando no pudieron pagar los intereses de sus deudas externas. Poco después, el éxito en América Latina se extendería a todos los países de la Periferia.

Después de un breve interregno, que duró aproximadamente de los años 50 a los 70, la Misión Civilizadora está de vuelta. Su misión es la misma de antes – asegurar que la evolución económica y política de la Periferia sea poseída y dirigida por el Centro. El modus operandi económico es también el mismo – eliminar las barreras nacionalistas que los países de la Periferia erigen para proteger el capital y la tecnología indígenas. El desmantelamiento del Tercer Mundo fue formalizado por el lanzamiento de la Organización Mundial de Comercio – el nuevo tratado global de Puertas Abiertas – impuesta colectivamente por el capital del Centro a toda la Periferia.

En su fase más reciente, la Misión Civilizadora tiene un modus operandi político diferente. Los países capitalistas del Centro no se combaten mutuamente para adquirir un control monopolista sobre segmentos de la Periferia. Ya no es apetecible. En el pasado, sus rivalidades resultaron muy costosas para el capital del Centro. Además, gracias a la cooperación de las principales corporaciones de los países del Centro, las viejas rivalidades son reemplazadas por relaciones cooperativas. Igualmente, la colonización ya no es necesaria para ejercer control. La penetración cumulativa de la Periferia por el capital del Centro ha producido una clase indígena privilegiada cuyos intereses están estrechamente entrelazados con los del capital del Centro – y, más de cerca, con los de Estados Unidos. El capital del Centro puede basarse ahora con seguridad en esta asociación para dirigir los asuntos de la Periferia. Ahora, es bastante seguro que se permita a las elites de la Periferia – con la excepción de segmentos del mundo islamizado – que compitan por los favores del capital del Centro. El sistema global tiene ahora el poder de neutralizar gobiernos populistas en la Periferia, si lograran ser elegidos. Desde luego, puede siempre recurrir a la última alternativa – un golpe militar derechista instigado por la CIA. Si eso falla, existen las sanciones, los ataques con misiles y, finalmente, la invasión, todo ilegal, pero debidamente santificado por el Consejo de Seguridad.

Para terminar, vale la pena señalar que aunque la Misión Civilizadora II ha producido el predecible retorno a las ventajas obtenidas en gran parte de la Periferia, esta reciente fase del capitalismo global producirá probablemente algunos resultados nuevos. En su fase previa, de 1800 a 1950, el capitalismo global se caracterizó por la centralización del poder, el capital y las manufacturas en unos pocos Centros capitalistas. Estas tres tendencias fueron temporalmente invertidas o debilitadas en los tres decenios siguientes – los tres decenios de descentralización. Aunque el poder de definir el sistema global ha vuelto a ser centralizado desde los años 80, llevando progresivamente a la erosión de las bases capitalistas indígenas en la mayoría de los países de la Periferia, parece que los centros capitalistas indígenas en algunos de esos países estaban suficientemente desarrollados para competir con el capital del Centro, incluso sobre la base de las condiciones establecidas por éste. Esto significa que varios nuevos centros de capital y de tecnología han sido establecidos ahora, fuera de los antiguos Centros. Algunos de estos centros tienen una base económica muy importante – como en China y posiblemente en India. Si estos centros logran mantener su ritmo de crecimiento y su autonomía, es probable que produzcan fuerzas que perturbarán y al mismo tiempo estabilizarán el capitalismo global. Trataré de ofrecer un brevísimo esbozo de estas nuevas fuerzas.

El crecimiento de los nuevos centros capitalistas – especialmente en China e India – ha producido una situación totalmente nueva en la economía global. Ahora existen dos fuentes de habilidades laborables comparables en los nuevos centros y en los antiguos Centros, separadas por grandes brechas en las remuneraciones respectivas y diferenciadas aún por grandes barreras en su movilidad. En sí, esto representa un serio desequilibrio en la economía global, la primera vez que un desequilibrio semejante ha aparecido en esta escala en los mercados de mediana y elevada habilidad laboral. Este desequilibrio contiene vastas ramificaciones para la economía política del capitalismo global. Sólo puedo enumerar esas ramificaciones en este sitio; su elaboración requeriría otro ensayo.

Primero: el desequilibrio en los mercados globales de habilidades laborales continuará alimentando el crecimiento en los nuevos centros, dirigiendo su capital cada vez más hacia actividades de mayor valor agregado; en los nuevos grandes centros, como China e India, este crecimiento puede continuar durante mucho tiempo por sus reservas laborales casi inagotables.

Segundo: el crecimiento de los nuevos centros ha estado reduciendo los beneficios en las industrias de alto valor agregado en los antiguos Centros, obligándolas a trasladarse a los nuevos centros. Un resultado directo ha sido una presión descendiente sobre los salarios de la mano de obra calificada en los antiguos Centros.

Tercero: a medida que los nuevos centros continúan creciendo y mejorando sus habilidades, la competencia entre las dos fuentes de mano de obra escalará hasta llegar a afectar a habilidades incluso superiores. Esto significa que es poco probable que la presión descendiente sobre los salarios de la mano de obra calificada en los antiguos Centros sea compensada por una mejora de las habilidades laborales. Podríamos estar presenciando una disminución a espectro completo de los salarios en los antiguos Centros.

Cuarto: ya que la nueva tecnología de las comunicaciones está ampliando rápidamente el alcance de servicios que se convierten en negocios internacionales, las fuerzas de la convergencia de salarios recién descrita se sentirá en una creciente gama de actividades, y esto tenderá a acelerar la rapidez con la que tiene lugar la convergencia de salarios.

Quinto: consideradas en su conjunto, estas nuevas dinámicas están produciendo un fenómeno totalmente nuevo en la historia del capitalismo global: una disminución de los salarios reales de la mano de obra en los Centros capitalistas, y es seguro que esto será acompañado por la erosión de muchas de las mejoras en las condiciones de trabajo que los trabajadores en los Centros conquistaron en el siglo pasado.

Sexto: estos desarrollos producen un creciente desequilibrio comercial entre los nuevos centros y los antiguos Centros porque la disponibilidad de habilidades eficientes pero de bajos salarios en los nuevos centros les da ventajas competitivas a largo plazo en una amplia y creciente variedad de actividades. Este desequilibrio probablemente será mayor entre EE.UU. y los nuevos centros mientras el dólar de EE.UU. siga siendo la principal divisa de reserva del mundo.

Séptimo: la presión descendiente sobre los salarios y las condiciones de trabajo puede producir una serie de consecuencias políticas en los antiguos Centros: el proteccionismo, una creciente conciencia de clase, la erosión de la democracia e incluso la lucha de clases. En el ámbito internacional, los antiguos Centros – en particular EE.UU. – pueden reaccionar ante la crisis mediante el inicio de guerras para convertir a India y China en el equivalente de Brasil y México.

Octavo: en esta nueva fase del desarrollo capitalista, los trabajadores en los Centros podrán tener una segunda oportunidad para iniciar una revolución contra el control capitalista de la economía.

13-14 agosto de 2004

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<>* M. Shahid Alam es profesor de economía en la Universidad Northeastern. Su correo es: [email protected].
©M. Shahid Alam

** Con mi agradecimiento a la inestimable ayuda de Manuel Talens.

1 En inglés, core capital. Metáfora de orden geométrico: la superficie comunista, el centro capitalista y el contenido intermedio del Tercer Mundo. Por supuesto, ese core lleva implícitas todas las virtudes metafísicas o históricas que se le atribuyen a cualquier centro (baste recordar, por ejemplo, que en la simbología cristiana de la crucifixión Jesucristo ocupa el lugar central, entre el buen ladrón y el mal ladrón; que hasta Galileo la tierra fue el centro del Universo o que el Partido Popular ganó en España su primer mandato en 1996 sobre la base de una impostada ideología centrista). (N. del T.)