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Entrevista a Manolo Bayona y Ruth López, activistas contra la Cumbre del G-20 del 7 y 8 de julio

«La policía buscaba el enfrentamiento total con la gente en las calles de Hamburgo»

Fuentes: Rebelión

En los medios de comunicación independientes se informó de palizas y ensañamiento policial, a pesar del reproche de los vecinos; ataques de ultraderechistas a locales antifascistas, que se quedaron en la impunidad; el asalto por parte de la policía al barrio de Schanzenviertel y hasta de los espacios en los que se atendía a los […]

En los medios de comunicación independientes se informó de palizas y ensañamiento policial, a pesar del reproche de los vecinos; ataques de ultraderechistas a locales antifascistas, que se quedaron en la impunidad; el asalto por parte de la policía al barrio de Schanzenviertel y hasta de los espacios en los que se atendía a los heridos; búsqueda de activistas internacionales en albergues y estaciones, controles y retenciones en Hamburgo y Berlín y un cúmulo de episodios represivos. Sin embargo, las crónicas periodísticas se referían en los medios convencionales a «caos», «altercados» y «violentos disturbios», mientras las autoridades hacían mención a la «violencia ciega» y los «rastros de destrucción».

Un periodista describió el distrito comercial de Schanzenviertel como «un campo de batalla vestido con barricadas y hasta 20 coches quemados». El apocalipsis en Hamburgo. En la ciudad alemana se celebró los días 7 y 8 de julio la cumbre del G-20. Constituido en 2008, el G-20 reúne anualmente a 19 países y la Unión Europea, para abordar asuntos relacionados con la «cooperación» económica y financiera internacional, entre otros. Representan el 85% del PIB mundial y el 80% de las emisiones globales de CO2. La cumbre de 2017 apostaba por «forjar un mundo interconectado». La contra-cumbre saludaba de otro modo: «Bienvenidos al infierno».

 

 El activista Manolo Bayona estuvo presente entre el dos y el nueve de julio en las movilizaciones contra la reunión del G-20 en Hamburgo. Es miembro de Coordinación de Luchas Baladre contra la precariedad y el empobrecimiento; de la campaña Amnistía Social Ya; y a favor de la Renta Básica de las Iguales.

-¿Qué percibiste nada más llegar a la ciudad alemana, donde se reunían los líderes mundiales?

-Manolo Bayona: En la ciudad se tenía una sensación muy clara. Convocar la reunión del G-20 en Hamburgo y en los barrios donde se hizo, fue una provocación. Así lo consideraban la gente y los colectivos sociales. Incluso los responsables policiales pensaban que se trataba de una convocatoria inadecuada. A finales de 2015 la movilización popular tumbó la candidatura olímpica de Hamburgo para el año 2024, en la que se empeñó el alcalde socialdemócrata de la ciudad, Olaf Scholz, que hoy continúa en el cargo. Después llegó esta idea del G-20, que también ha contado con una respuesta muy fuerte de los colectivos sociales. Además se llevó los barrios de St. Pauli, Altona, y Schanzenviertel, con gran tradición de luchas sociales y obreras. Hamburgo es la ciudad por excelencia de la autonomía a escala mundial.

-¿Qué ambiente se respiraba en las calles con motivo de la cumbre?

-MB: Esos días Hamburgo era una ciudad en la que no podías moverte con libertad, y donde cada dos por tres la policía te paraba. Hay que tener en cuenta, para entender lo que ocurría, la costumbre de juntarse la gente por las plazas. Pues bien, la policía pasaba, identificaba y retenía a las personas, o dispersaba a los grupos cuando apreciaba estéticas contestatarias. Recuerdo los barrios llenos de pequeñas pancartas y carteles ingeniosos contra el G-20: la contestación fue muy amplia. En cuanto a las acciones policiales, perseguían el enfrentamiento total; buscaban el conflicto y amedrentar a la gente. Sin embargo, a la manifestación del sábado ocho de julio se sumaron decenas de miles de personas, pese a todo lo que había «llovido» antes. La gente entendió que era mentira lo que le estaban «vendiendo». Después de la del día ocho se organizaron otras manifestaciones, menos numerosas, contra las detenciones. 

-En los medios convencionales se informó de una manifestación «pacífica» de 50.000 personas en Hamburgo, en contraposición a los «radicales». ¿Es un modo de fomentar la división?

-MB: Se trata de la estrategia del «divide y vencerás» que han utilizado todos los poderes a lo largo de la historia. Ocurrió en Seattle, en Praga, en Niza, en Génova… Pero los movimientos sociales llegan a un acuerdo sobre las cosas que pueden hacerse en común, y después hay colectivos que bajo su responsabilidad hacen lo que consideran oportuno. Hay toda una diversidad en las formas de protesta.

-¿Qué resaltarías de la experiencia durante esos días?

-MB: Destacaría la solidaridad, que fue enorme. Dueños de bares y establecimientos que ofrecían agua por donde pasaba la protesta; o que mientras se producían las cargas policiales decían a la gente que entrara a comer. También la solidaridad con los heridos y detenidos por las cargas y la acción de los coches-manguera. O del equipo de fútbol del barrio de St. Pauli, que se define como antifascista y antipatriarcal. Abrieron el complejo deportivo para acoger a la gente, se habilitaron comedores y servicios, además de llamar a la participación en las manifestaciones. Me quedo además con la imagen de las marchas de un día entero para llegar a la sede de las reuniones del G-20. 

-¿Hay también en las movilizaciones de estas características una parte festiva?

-MB: En todas las manifestaciones estaba presente el componente lúdico. Camiones de música, animación, marchas nocturnas con más de mil bicicletas y mucho colorido. El festival «bailando» contra el G-20 duró más de siete horas. Recuerdo a una mujer de más de 80 años, con un «taca-taca» en la manifestación de «Bienvenidos al infierno». Me impresionó toda la ternura… Se trataba de una activista muy lúcida y conocida. Pero también me impresionó la formación de grupos de voluntarios con mochilas y mantas, que asistían a los heridos.

-«Tuvimos que lidiar con actos violentos sin escrúpulos de criminales, que no previmos que fueran a ocurrir de esta forma», se justificó el Ministro del Interior del Estado Federado de Hamburgo, Andy Grote.

-MB: Ya el alcalde del SPD entendía la organización del evento y las movilizaciones casi como algo personal. Consideró que no debería haber más protestas que las que él tolerara. Las autoridades destacaron de entrada a 20.000 policías, a los que luego se sumaron refuerzos de otras ciudades y todos los servicios de investigación de los países del G-20. Al terminar las manifestaciones, los días nueve y diez, la policía se dedicó a parar los trenes y autobuses con la gente que salía de Hamburgo. Nosotros vivimos esa experiencia. Nos tuvieron tres horas y media detenidos en un área de servicio a 30 kilómetros de Berlín. Esto mismo se lo hicieron a miles de personas, antes que pudieran entrar con los medios de transporte en las ciudades. Me pareció una estrategia policial novedosa. Te forzaban a bajar del autobús, te identificaban, hacían una fotografía y abrían una ficha. Y siempre con amenazas…

-¿Llegó el ciudadano medio a tener conocimiento de estos hechos?

-MB: Sería estúpido no reconocer que hay gente que ve en la televisión durante 24 horas coches quemados; pero no se sabe muy bien en qué casos han sido policías de paisano quienes han prendido la llama. Sin embargo, creo que hubo una victoria política por goleada, ya que la mayoría de la población pide hoy explicaciones a los políticos y al alcalde por lo ocurrido. No se han creído las intoxicaciones. Medios de comunicación, políticos de la oposición y la llamada sociedad civil han exigido responsabilidades…

-¿Qué fue lo principal de cuanto se ocultó durante las movilizaciones?

-MB: Por lo que leía en las redes sociales, creo que determinados medios de comunicación llamados «progresistas» daban escasa cobertura a los hechos. Se priorizaba además la imagen de violencia y de encapuchados en la calle, cuando se organizaron más de 400 talleres, debates y encuentros de reflexión. En Hamburgo no sólo se quemaban coches. Hubo cargas brutales y cifras de policías heridos totalmente «infladas». Un número de «infiltrados» policiales, agentes de paisano y gente de los servicios de inteligencia que ni te imaginas… Somos conscientes de que ellos pudieron quemar automóviles, para provocar una reacción y que la gasolina prendiera.

Ruth López es miembro del Colectivo Baladre, de la campaña por la Renta Básica de las Iguales, de Stop Desahucios y Erletxea (oficina que trabaja en materia de derechos sociales) en Irún. Participó en las protestas contra el G-20 entre el dos y el nueve de julio en Hamburgo.

-La solidaridad…

-Ruth López: Los medios de comunicación no han hablado de la solidaridad, de las pancartas tan creativas contra el G-20 que lucieron en St. Pauli y Altona. No sólo se abrieron casas para acoger a la gente, también hubo iglesias protestantes y católicas que dejaron que se acampara cerca de las fachadas. Por el contrario, fue la policía la que no respetó el derecho, que contaba con autorización previa, a la acampada en los parques. En uno de los recintos donde estaba programada la «contra-cumbre», también se acogió a gente; se trataba de un antiguo edificio militar, enorme, adquirido por los movimientos sociales para su restauración y poder dedicarlo a actividades artísticas y sociales. Asimismo se convirtió durante aquellos días en zona de talleres.

-¿Pudieron disolverse las rígidas fronteras entre activistas y vecinos?

-RL: La recepción por parte de los colectivos en Hamburgo fue muy calurosa, nos mostraron la ciudad y acompañaron. Con el precedente de las protestas por las olimpiadas, creo que sí se produjo una mezcla con los vecinos de los barrios. Bien es cierto que eran distritos en los que se concentraba la gente más crítica, en los que se produjo una fuerte contestación. Primero se calentó el ambiente, refiriéndose los medios de comunicación a «los violentos» que venían de otras ciudades y del extranjero. Sacaron mobiliario urbano ardiendo, para generar una barrera entre los activistas y la ciudadanía. Los medios informaron de las grandes retenciones policiales en la periferia de las ciudades.

-¿Se intentó potenciar la división entre «pacifistas» y «radicales»?

-RL: Es un intento del poder, pero la gente lo tenía bien claro en las manifestaciones. Así, en la movilización unitaria del ocho de julio los encapuchados eran los policías. Ese día, en el momento de los discursos posteriores a la protesta, una «lechera» comenzó a dar vueltas y arrojar agua con gas pimienta a la gente que se hallaba tranquilamente sentada. Desde el escenario, activistas de México, Estados Unidos y Alemania, interpelaron a los policías…

-Por otro lado, hubo grupos de artistas que actuaban al modo de zombis…

-RL: La información de acciones lúdicas aparecía principalmente en los medios «alternativos». Así, los medios convencionales silenciaron acciones como las de los hombres y mujeres «de barro». Pero con independencia de las reivindicaciones festivas, tampoco se informó de la contra-cumbre «oficial» (la de las organizaciones más «legales» e «institucionalizadas»); participamos en algunos talleres que planteaban cuestiones como el rol de los sindicatos a escala internacional; tomaron parte en esta actividad un sindicalista de la industria en India, otro francés del ámbito internacionalista, un sindicalista argentino y uno alemán, que habló de los abusos de la compañía H&M hacia los trabajadores en Alemania y también en Bangladesh.

-Fuentes policiales germanas, cuya versión reprodujo la agencia Efe, informaron de 186 detenciones, 225 arrestos temporales y 27 órdenes de detención, desde quince días antes de la cumbre hasta su finalización…

-RL: Pero hubo episodios «alucinantes», como el de los helicópteros policiales, que no descansaban. A partir del jueves seis de julio, con el inicio de las manifestaciones, se sumaron otros del ejército. Asimismo eran frecuentes los «cordones» de policías que cortaban la calle y no te permitían transitar, además de todos los escoltas. La policía tomó la ciudad. Por la noche, desde el balcón de la casa, llegamos a tener el helicóptero encima. El cañón de luz enfocaba a la Casa Okupa de Rote Flora, donde los policías provocaron disturbios. 

-Por último, en cuanto a la actuación policial y a modo de balance, el periódico La Haine tituló: «Más de 250.000 personas en la manifestación principal y la policía nuevamente derrotada» y «Derrota policial 30 años después de Génova». ¿Qué te llamó la atención?

-RL: Además de la represión, la presencia de «secretas» e «infiltrados» resultó más que exagerada. Detuvieron a un chico de Bizkaia, David, mientras cenaba en una terraza. Actualmente está en la cárcel. Nos han contado que iban a la busca de italianos y es posible que también de griegos. Cuando la policía entraba en un bar, decían siempre que andaban detrás de alguna persona. (Las agencias oficiales informaron el 12 de julio del ingreso en prisión de un joven bilbaíno, de 31 años, acusado de participar en los «disturbios violentos» registrados en Hamburgo; frente a esta versión, La Haine reprodujo también el 12 de julio un comunicado de la Plataforma G-20 de Bilbo, en la que se afirmaba que David «lleva seis días secuestrado en diferentes cárceles del Estado alemán»; asimismo, «200 han sido las compañeras secuestradas y más de 50 las retenidas por la policía durante estos últimos días, de las cuales 43 personas siguen secuestradas en diferentes cárceles de Hamburgo», añade la plataforma. Nota del entrevistador).

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.