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Laurent Bonelli | Sociólogo francés y experto en conflictos

«Lo sorprendente es que los barrios franceses no exploten más a menudo»

Fuentes: Gara

 Laurent Bonelli ha visitado estos días Euskal Herria de la mano de SOS Racismo. Sociólogo en la Universidad de Nanterre, y conocedor a pie de calle de la realidad de las barriadas francesas, ofrece en esta entrevista un análisis tan apasionado como descarnado de una realidad que persiste, aunque los focos hayan dejado la escena. […]

 Laurent Bonelli ha visitado estos días Euskal Herria de la mano de SOS Racismo. Sociólogo en la Universidad de Nanterre, y conocedor a pie de calle de la realidad de las barriadas francesas, ofrece en esta entrevista un análisis tan apasionado como descarnado de una realidad que persiste, aunque los focos hayan dejado la escena.

Tres meses hace desde que los medios de comunicación asombraron a la audiencia con la cobertura de la, por ahora, última revuelta de las barriadas francesas .

 

­¿Cuál es la situación actual?

El telón de fondo sigue siendo el mismo. La revuelta de otoño de 2005 no es nada nuevo. Se han registrado 341 disturbios de este tipo entre 1991 y 2000. Sólo en 2003 se quemaron 22.000 coches. En Francia arden al día 60 coches; hoy, viernes, probablemente más.

 

­¿Cómo se explica esto?

Como una suma de factores. Pero, básicamente, los disturbios que observamos en Francia a partir de los años ochenta son la consecuencia inevitable de la vuelta de formas de precariedad existencial que no conocíamos desde principios de la revolución industrial.

 

­¿Puede concretar más?

Para entender estas revueltas hay que tener en cuenta los cambios que afectaron a estos barrios y en general a las clases populares en los últimos 30 años, sin olvidar la evolución que se ha registrado en la respuesta política y policial-judicial a estos disturbios.

 

­Descríbanos estos barrios.

Son conjuntos de viviendas sociales construidos entre los años 50 y 70. Coincidiendo con la destrucción de la guerra, el masivo éxodo rural y el boom demográfico, el Estado construye más de 2 millones de viviendas sociales. Consecuencia de construir mucho y rápido es construir barato y en las afueras. Ciudades nuevas, con torres muy altas, se construyen en el extrarradio de las grandes ciudades. Y son bautizadas con nombres pintorescos, como la Ciudad de los 3.000, en referencia a las viviendas construidas. Con todo, supone una mejora social importante en la calidad de vida de los trabajadores.

 

­¿Qué ha ocurrido en estos barrios en los últimos decenios?

Se dieron dos procesos a principios de los setenta. De un lado, y al calor de la nueva legislación para promover la compra de casas, los más favorecidos salen de estos barrios y buscan la suya e individual en las nuevas urbanizaciones que se contruyen paralelamente. Los que se quedan se van a pauperizar.

 

­¿Por qué?

Tras las crisis petroleras del 73 y del 79 asistimos al final del fordismo, que garantizaba una suerte de paz social con sueldos relativamente elevados, por aquello de que para vender coches los trabajadores debían poder comprarlos. La entrada en el posfordismo se traduce en deslocalizaciones, automatización e informatización de la producción. Sus efectos se traducen en desempleo masivo y en precariedad generalizada.

­Miseria….

En estos barrios se va a concentrar una miseria entonces desconocida, de la que participan, como en todas partes, familias inmigrantes, los escalones más bajos en nuestra sociedad.

 

­¿Es un problema de racismo?

No son ghettos, al estilo de los que existen en Gran Bretaña o en EEUU. Entre nosotros se da una concentración social, los procesos de marginación han atraido a estos barrios a los sectores más pobres. Es una forma de racismo social. Vas a ser rechazado sólo por el hecho de vivir en el barrio, vas a ser detenido por la Policía por llevar gorra y ropa deportiva. Lo que no quiere decir que en Francia no exista el racismo intelectual, biológico.

 

­El que los medios personifican en el líder del FN, Le Pen.

Una buena forma de entender el racismo es a través de las competencias. Aparece como una forma de marcar la última diferencia. En una era de precariedad, no me queda nada, pero como mínimo soy francés de pura cepa. Me queda por lo menos el color de la piel.

­Volvamos a los barrios.

Los efectos de estos cambios son muy visibles y duros en los jóvenes de estos barrios.

 

­¿No es cierto que situaciones incluso más duras se han dado en otras épocas?

Hay algo que cambia: los procesos disciplinarios. Todos los chavales que delinquían en los cincuenta y sesenta terminaban en la fábrica. Y esta funcionaba como instrumento de disciplina muy fuerte. «Sentaban cabeza» y convertían la violencia y la antiautoridad en lucha sindical.

 

­¿Y qué hace el Gobierno?

Ante el problema del desempleo prolonga la escolaridad. Una masificación, que no democratización, de la educación. La escuela no cambia la jerarquía social. Los que estaban abajo se quedan abajo, pero ahora con bachiller. Y eso destroza la autoridad de la escuela y crea una forma de ilusión decepcionada, que se va a convertir a veces en violencia.

 

­Un escenario desolador.

Tenemos grandes grupos de jóvenes que se quedan en los barrios, con una vida hecha de trabajo temporal de tres semanas, trabajo en negro y trapicheos: pequeño tráfico de drogas y venta de objetos «caidos» de los camiones. Ya se sabe que en Francia «cierran muy mal los camiones». Esta precariedad encierra a la mayor parte de ellos en la inmediatez, muy propicia para la violencia.

 

­Usted menciona un cambio en la respuesta política. ¿En qué consiste?

En verano de 1981 hay una revuelta similar a la del pasado otoño en las afueras de Lyon. Pero se dan en un contexto de llegada al poder de la izquierda, de la mano de Miterrand, con su lema de campaña «Cambiar la Vida». Las nuevas élites aplican el criterio de intentar atajar las causas sociales de estos disturbios. Es el inicio de las políticas de la cité.

 

­¿Qué pasa con esta iniciativa?

Hay una ruptura radical a partir de los noventa. En primavera del 91 estallan siete barrios que se habían beneficiado de estas políticas sociales y educativas. Pero todas las revueltas obedecen al mismo motivo: un chaval del barrio muere en un contacto directo o indirecto con la Policía. Y estalla.

 

­¿Cuál es la reacción?

Los medios y las nuevas élites del PS dan por fracasadas esas políticas. «No más excusas sociológicas», como dijo el ex primer ministro Lionel Jospin. Se impone el concepto de la responsabilidad individual. En palabras del entonces responsable del PS en asuntos de seguridad, el delincuente es un «homo economicus que elige la delincuencia en función de un cálculo del coste-beneficio». Basta pues con elevar el coste. Cómo; endureciendo las condenas judiciales y multiplicando los controles y la represión policial.

 

­Qué pasa en el ámbito judicial?

Se instalan los juicios rápidos, tan rápidos que las audiencias duran de media siete minutos. Además, se multiplican las esferas del delito. El fraude reiterado en los transportes públicos se castiga con pena de cárcel, la misma que un nuevo delito, el de «ocupación ilegal del espacio público», que se aplica a los jóvenes que pasan el rato en las entradas de los edificios. Actualmente hay más población reclusa que tras la Guerra, en pleno encarcelamiento de los colaboracionistas de los nazis.

 

­Represión judicial y policial.

El recrudecimiento policial es importante para entender los disturbios en noviembre. Frente a la Policía de Proximidad, el modelo elegido en los noventa es la Policía de Intervención, unidades muy militarizadas, en su armamento y en sus lógicas, policías que se ven como depredadores y llevan escudos con tigres, leones, serpientes… Entran al barrio, golpean y salen.

 

­¿Y qué ocurre?

Que la consigna política de controlar a estos sectores populares de los barrios genera una enorme tensión. Hay controles hasta cuatro veces al día y, generalmente, sin motivo. Analizando las sentencias judiciales constatamos que en la mayor parte de los casos el delito sale del control, a modo de insultos, enfrentamientos. Cuando los grupos sociales son numerosos, fuerzan a la Policía a salir. Pero ésta vuelve luego y hace uso de su arsenal.

 

­Llegamos a Clichy sous-Bois en el otoño pasado.

Precisamente eso explica lo ocurrido. Que tres chavales de entre 14 y 17 años que vuelven de un partido de fútbol puedan salir corriendo al ver un control, escalar un muro de tres metros y entrar en una central eléctrica para electrocutarse. Tres chavales que en condiciones normales no deberían tener nada que temer, salvo, claro, que uno no tenía papeles. Y el barrio estalló. Los amigos, los familiares, se enfrentaron a las fuerzas policiales. El barrio estalló, como de costumbre.

 

­Clichy sous-Bois, extrarradio de París, estalló. Pero ¿Por qué se extendió a otras zonas del Estado francés?

Lo que se extiende no es exactamente lo mismo. En Clichy Sous-Bois vemos a cientos de personas enfrentándose a la Policía. En las otras ciudades son grupos de 10-15 chavales que queman coches y huyen.

­En todo caso, ¿por qué se producen estos disturbios sincronizadamente en tantas partes?

Entre las razones coyunturales, destaca el discurso del ministro de Interior. Hasta entonces, en casos similares, las autoridades políticas lanzaban señales para la calma, recibían a los familiares… Nicolas Sarkozy combina en su discurso el desprecio social rotundo hacia las clases populares y una chulería guerrera. Habla de limpiar los barrios con la manguera con la que se lanza arena para limpiar las fachadas de las casas.

 

­¿Todo por un discurso?

No hay que olvidar que subsisten los controles policiales diarios, las tensiones locales. El discurso de Sarkozy logra sincronizar estas pequeñas injusticias y hace de catalizador.

 

­¿Qué opina del papel de la prensa en esta crisis?.

La revuelta se ve favorecida por los medios, sobre todo por las televisiones, con sus recuentos diarios de los coches y bienes destruidos en las distintas ciudades francesas. Preveer esto es de puro manual, basta con conocer cómo funciona la movilización colectiva.

 

­Pero, si la historia de las revueltas es anterior. ¿Por qué no lo previeron?

Hubo una reflexión anterior importante, con motivo de la quema de coches en Estrasburgo todas las nocheviejas. Yo estuve en 1999 y asistí al ritual. A un lado, la Policía y, en el otro, la prensa. Impacientes, dos periodistas de una radio nacional interpelaron a unos jóvenes sobre la hora en que iban a comenzar a quemar coches. Acabaron quemándoles el coche de la radio. Y se constató que había competencia entre los chavales para atraer la mirada de la televisión más prestigiosa, la de más audiencia.

 

­¿Por qué a los coches?

Es un clásico. Hay otras razones tras los incendios de los coches, como los robos, los conflictos personales. Pero no hay que olvidar que quemar un coche es muy fácil y espectacular y se ha convertido en uno de los únicos medios de estos chavales para hacerse oir en un contexto de desorganización política profunda en estos barrios.

­Estos barrios no tienen voz.

Yo creo que es el mayor problema. Mayor quizás que toda la desorganización social, la precariedad, los controles y el acoso policial. Es la falta de voz política de las clases populares. Las tasas de abstención en estos barrios rondan el 60% de media, lo que sumado al 20-30% de inmigrantes no comunitarios, supone que ha desaparecido prácticamente el voto.

 

­¿Cómo ha podido ocurrir?

Las transformaciones del aparato de producción han arruinado todas las estructuras políticas y sindicales. Arrinconados, los sindicatos se han limitado a defender el estatus que habían ganado, a los sectores más estables, su clientela tradicional. Algo se rompió en los ochenta, donde hubo un divorcio total entre las movilizaciones de estos barrios y el movimiento social tradicional. El PCF y la extrema izquierda tienen todas las dificultades para presentar una alternativa e integrar las especificidades de estos barrios.

 

­¿Qué hace el Gobierno actual?

Aprovecha la situación. Las élites políticas forzaron una interpretación del rechazo rotundo en referéndum al Tratado Constitucional asegurando que los franceses quieren más flexibilidad, más precariedad en el mercado laboral. De la misma manera, tras los disturbios, han optado por precarizar aún más el mercado laboral sin cualificación y por el acoso policial.

­¿Qué supondrá esto en el futuro de los barrios?

Todas las razones que hay tras esa cólera salen reforzadas. Y eso es muy preocupante.

 

­¿Hay salida?

Hay que cerrar la brecha entre los grupos sociales y los movimientos políticos. Por ejemplo, inventando otras formas de sindicalismo, como hacen en EEUU, laboratorio de la precariedad. Y, entre nosotros, está la experiencia de los sans papiers. Hay que seguir construyendo puentes hacia esa fuerza oprimida, que puede ser la sal de la lucha