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Entre bastidores en el teatro del ‘terror’

Si persisten en su estrategia Obama y la OTAN serán derrotados en Afganistán

Fuentes: Asia Times

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

Afganistán no es sólo el cementerio de imperios; es un cementerio de conceptos erróneos.

Osama bin Laden, el líder de Al-Qaeda, creía que los muyahidín derrotaron por sí solos al imperio soviético; de modo que una banda muyahidín más compacta, al-Qaeda, sería la vanguardia en la derrota del imperio estadounidense. Nunca fue así de simple.

En EE.UU. vale el mito de que la Agencia Central de Inteligencia (CIA) asestó a los soviéticos «su Vietnam»; que por lo tanto fue básicamente una victoria de EE.UU., en la que «los combatientes por la libertad» (copyright presidente Ronald Reagan) fueron los actores de reparto. Nunca fue así de simple.

El establishment de militar y de inteligencia paquistaní cree desde fines de los años setenta, que un Afganistán títere era esencial para su «profundidad estratégica». Nunca fue así de simple.

También es útil recordar actualmente que poco ha cambiado respecto a la tragedia afgana en estas últimas tres décadas. Y eso hace que la próxima ‘oleada’ de EE.UU. y de la OTAN en Afganistán sea un camino garantizado a la ruina.

Tras la cortina roja

Es fácil olvidar en EE.UU. que la inteligencia soviética a fines de 1979 estaba más que consciente de un inminente pacto antisoviético entre China y EE.UU. – que plasmaría lo que más temía la URSS: ser rodeada por poderes enemigos.

Había, por cierto, elementos políticos afganos que obligaron a actuar a los soviéticos. Moscú deseaba apoyar un gobierno comunista en Kabul, y estaba muy alerta ante la posibilidad de que la revolución islámica fuera exportada de Irán a Afganistán occidental.

Pero también existía el hecho de que unos 100 altos funcionarios soviéticos – incluyendo tres coroneles del KGB – habían sido asesinados por fundamentalistas tribales a plena vista del gobierno de entonces de Hafizullah Amin. (Después de la invasión soviética Amin fue despachado a la Lubyanka, la central del KGB en Moscú, y torturado: había hecho un tal lío en Kabul que se creía que era agente de la CIA. Amin fue finalmente ejecutado por «proceso administrativo» – un tiro en la nuca.)

El consejero de seguridad nacional del ex presidente de EE.UU. Jimmy Carter, Zbigniew Brzezinski – actualmente eminencia gris de la política exterior del presidente Barack Obama – ciertamente instrumentalizó a los muyahidín. Después de todo, lo que Zbig realmente quería – y logró – era «inducir una intervención militar soviética».

Pero cuando Carter obtuvo su invasión, la interpretó como que la URSS realmente quería invadir el Golfo Pérsico y cortar el suministro de petróleo de «nuestro» mundo occidental. Pocas voces cuerdas en EE.UU. advirtieron que un tal intento de la URSS significaría una guerra nuclear con EE.UU.

El historiador, diplomático, estratega e ícono del establishment de la política exterior de EE.UU., George Kennan – autor de la estrategia de la «contención» del comunismo – fue una de esas voces; desechó a Carter por «inmaduro.»

Kennan también señaló dos puntos que siguen siendo extremadamente válidos hoy en día: que si el Golfo Pérsico era tan «vital» para EE.UU., se debía a la codicia de petróleo de EE.UU, y que la inestabilidad en Oriente Próximo no se debía a acciones de la URSS sino al conflicto israelí-palestino, en el que EE.UU. respalda ciegamente a un lado.

En caso de duda, adelántate a tu contrincante

Sobre todo, desde el punto de vista soviético, la invasión de Afganistán fue una clásica acción preventiva – una especie de repetición de la crisis de los misiles en Cuba. En 1962, Fidel Castro informó a Moscú que EE.UU. estaba preparando la invasión de Cuba. El alto comando soviético entonces propuso una acción preventiva – el despliegue de misiles en el entendimiento de que serían enviados de vuelta a casa en caso de protesta del presidente John F Kennedy, logra la inviolabilidad de Cuba.

En la invasión de Afganistán, que había tenido gobiernos pro-comunistas o pro-soviéticos durante los años anteriores – aunque su apoyo a Moscú no fue exactamente entusiasta – los soviéticos se anticipaban a la posibilidad de que a través de un pacto con EE.UU., China entrara en Afganistán siguiendo a su aliado, el ultraconservador Pakistán, y probablemente utilizando dinero estadounidense.

Por lo tanto la acción soviética se justificaba en términos de su estrategia de supervivencia. Pakistán ya estaba involucrado en aquel entonces en una operación – junto con China y EE.UU. – contra sectores políticos y sociales en Afganistán. Con la invasión de Afganistán y la victoria electoral de Indira Gandhi electoral en India, la URSS creó un títere.

Lo que nadie podía imaginar en 1979 era que el poderoso Ejército Rojo sería, si no derrotado, por lo menos paralizado por un puñado de guerreros montañeses con rifles. En cuanto a Pakistán, su plan maestro siempre fue controlar Afganistán, aunque fuera indirectamente, en nombre de su teoría de la «profundidad estratégica» (y eso no ha cambiado hasta hoy).

La influencia de movimientos izquierdistas en Afganistán ya se pudo observar en una elección más o menos libre en 1954, cuando la izquierda eligió a 50 congresistas de un total de 120. Una buena parte de esos izquierdistas eran nacionalistas e islamistas radicales. La URSS había estado ayudando a Afganistán desde la revolución de octubre de 1917. Igual que Moscú, Mohammed Daoud – quien depuso a su primo, el rey Zahir Shah en 1973 – quería modernizar Afganistán por la fuerza. El precedente no era muy alentador, es decir el fracaso del rey Amanullah en 1919, también apoyado por los rusos.

Incluso si Washington bajo Obama estuviera interesado actualmente (y no lo está), la modernización de Afganistán por la fuerza tampoco funcionaría. Lo que se necesitaría realmente es una sólida construcción de la nación – mucha inversión en educación e infraestructura que genere verdaderas oportunidades de empleo, mientras se asegura que el dinero no desaparezca en el agujero negro de la burocracia ministerial de Kabul.

Promover el socialismo, el progreso o simplemente la democracia en Afganistán sólo mediante la distribución de ayuda – sin cambiar fundamentalmente una estructura social centenaria – es imposible. Fue – y seguirá siendo – la clave para resolver el acertijo afgano, y es el motivo principal por el cual fracasará la ‘oleada’ de Obama, el Pentágono y la OTAN, total o a medias.

Como perder una ‘guerra civil revolucionaria’

En cuanto al fin de la invasión/ocupación soviética hace poco más de 20 años, la dinámica ha cambiado en comparación con los fines de los años setenta. Entonces había una distensión tanto con EE.UU. como con China. Un mito estadounidense dice que los soviéticos abandonaron Afganistán porque EE.UU. (y Pakistán, más dinero de Arabia Saudí) manipularon la mayor guerra de guerrillas del Siglo XX, cuyo golpe de gracia fueron esos preciosos misiles Stinger que la CIA terminó por enviar a los muyahidín.

Ésa fue sólo una entre una miríada de razones, todas relacionadas con un complicado desastre financiero en la URSS: la caída de los precios del petróleo y del gas; las secuelas de Chernobyl; un horrible terremoto en Armenia; un pésimo rendimiento en la agricultura; y la parálisis de la perestroika.

A comienzos de 1989, la mayoría de los rusos consideraba la invasión de Afganistán en diciembre de 1979 como un gran error. Además tuvieron que contar sus muertos. En la primera ola los muertos fueron uzbecos, tayikos, turcomanos y kirguizos. Después fueron bielorrusos, ucranianos, estonios y, sí, rusos.

Desde la paz de Brest Litovsk en 1918, los soviéticos nunca habían sufrido una derrota político-militar. Para los ideólogos oficiales cercanos al antiguo presidente soviético Mikhail Gorbachov, no se trataba de una guerra de conquista, sino de una guerra civil revolucionaria con la ayuda «internacionalista» de la URSS.

Pero esa «guerra civil revolucionaria» terminó por ser ganada por un montón de tribales musulmanes – Rabbani, Khalis, Abdul Haq, Gulbuddin Hekmatyar, Ahmad Shah Masoud, Ishmail Khan – y sus comandantes. (Es interesante recordar que Abdul Haq fue posteriormente muerto por los talibanes, Masoud fue muerto por al-Qaeda dos días antes del 11-S, Ishmail Khan sigue gobernando en Afganistán occidental y

Hekmatyar sigue siendo el más detestado por Washington que anda suelto.)

Desde el punto de vista de Moscú, por lo menos la frontera sur de la URSS estaba pacificada. Las unidades especiales del general Boris Gromov dejaron atrás millones de minas terrestres. Pero sobre todo la URSS – y EE.UU. – dejaron atrás un supurante ejército guerrillero a múltiples niveles, dividido entre siete partidos suníes, basados en Pakistán, y ocho partidos chiíes, apoyados por Irán. La perspectiva para Kabul era un escenario Saigón o un escenario Beirut. A fin de cuentas, ganó «Beirut»: de la situación libanesa ampliada surgió el Frankenstein de Pakistán – los talibanes.

Nunca se subrayará lo suficiente: casi todo talibán es pastún, pero no todo pastún es talibán. La actual estrategia de EE.UU. y la OTAN de una guerra contra campesinos pastunes es tan insensata como la guerra fracasada contra los baasistas en Iraq. (Casi todos los baasistas eran árabes suníes, pero no todo árabe suní era baasista.)

El general Gromov, ex comandante del 40 Ejército soviético en Afganistán – y actualmente gobernador de la región de Moscú – no escatimó sus palabras al «celebrar» el 20 aniversario de la retirada soviética, el 15 de febrero: «Pienso que la guerra fue un error político inmenso, y en muchos sentidos irreparable, de la dirigencia de la Unión Soviética de entonces.»

Actualmente Gromov subraya que «la región de Moscú envía regularmente ayuda humanitaria a Afganistán.» Si Obama hiciera un llamado a Gromov oiría algunas palabras aleccionadoras: persista en su «estrategia» y usted y la OTAN serán derrotados en el «cementerio de imperios.»

Vuelven los combatientes por la libertad

A diferencia de la retórica acostumbrada de Obama, Afganistán no es el «frente central en la guerra contra el terror». La clave para el acertijo reside en los mandos medianos de la Inteligencia Inter-Servicios (ISI) y en el ejército paquistaní. La ISI «inventó» a los talibanes – y los mandos medianos y superiores, así como algunos oficiales pastunes del ejército, siguen apoyando totalmente no sólo a los talibanes «históricos» del grupo de Mullah Omar sino también a los neotalibanes de las variedades de Baitullah Mehsud y Maulana Sufi Mohammed.

El problema es que Washington no tiene la influencia, ni la credibilidad, ni la información confidencial necesarias para realizar una amplia purga de la ISI y del ejército paquistaní.

Y luego, existe el problema de la endémica corrupción afgana. Si un país suministra un 93% del opio del mundo, es definitivamente un narco-Estado. Puede que los talibanes no controlen la compleja red del cultivo de adormidera – pero se benefician con su transporte y contrabando.

La Alianza del Norte, hegemónica en el juego del poder en Kabul, está directamente involucrada, así como la familia pastún del presidente Hamid Karzai. Una medida adicional del desconcierto de Washington en Afganistán es que una nueva «solución» en discusión involucra librarse de Karzai e instalar a un nuevo dictador favorable/títere.

Obama – incluso sin estar familiarizado con el escenario Afganistán-Pakistán – tiene que ser suficientemente listo para ver la ‘oleada’ per se como una jugada suicida. El problema es que todavía parece creer que la guerra es «ganable». Su última definición de «ganar», durante su breve visita a Canadá, es «derrotar a al-Qaeda» y asegurar que el escenario Afganistán-Pakistán no sea una «rampa de lanzamiento para ataques contra Norteamérica.» De modo que, si esa es la misión tendrá que reconocer que el nodo crucial es Pakistán, no Afganistán.

En detrimento de políticas romantizadas, el 11-S nunca fue organizado en una cueva en Afganistán: fue tramado en células en Alemania y España por saudíes y paquistaníes, y no había un solo afgano entre ellos. Todos los ataques subsiguientes fueron planificados básicamente en Europa Occidental, no en Afganistán.

Por su parte, al-Qaeda «histórica» actual no tiene nada que ver con un Citigroup orientado hacia el terror; está compuesto por no más que unas pocas docenas de personajes tenebrosos – incluido Ayman al-Zawahiri – oculto con gran probabilidad en los Waziristanes y en los enormes espacios vacíos de Baluchistán.

Los problemas de Obama son exacerbados por el hecho de que está rodeado de gente, como el supremo del Pentágono Robert Gates, que siguen bloqueados en el modo de la «guerra contra el terror»/Guerra Prolongada. El vicepresidente Joe Biden y el enviado especial al teatro Afganistán-Pakistán, Richard Holbrooke – para no mencionar al general David «me estoy colocando para 2012» Petraeus – son halcones adverados. Harán todo lo posible por guiar las conclusiones de la revisión de la política estratégica en

Afganistán esperada por Obama hacia el concepto de la Guerra Prolongada.

Para Andrew Bacevich, profesor de Relaciones Internacionales y de Historia en la Universidad Boston, el senador John Kerry, presidente del comité de Relaciones Exteriores del Senado representa la última esperanza de cordura.

Nunca se subraya lo suficiente que el marco de la «guerra contra el terror» de Bush sigue en pleno vigor. Leon Panetta, presentado por Obama como director de la CIA, dijo que la CIA seguirá básicamente haciendo ‘entregas extraordinarias.’ Elena Kagan, presentada por Obama como subsecretaria de justicia, dijo que la detención indefinida sin juicio sigue en vigor – no importa dónde sea capturado el detenido. Y el subprocurador general Michael Hertz dijo que los detenidos en la base aérea Bagram en Afganistán siguen sin derechos legales. Si Obama habla en serio sobre el cierre de Guantánamo, tiene que hablar en serio sobre el cierre de Bagram.

La estrategia dual «Alianza occidental» en el teatro de operaciones Afganistán-Pakistán, en su condición actual, consiste en que EE.UU. y la OTAN ocupen las partes de Afganistán no ocupadas por los talibanes, mientras Washington soborna a Islamabad para que le permita atacar a campesinos pastunes dentro de las Áreas Tribales bajo Administración Federal de Pakistán (FATA).

No puede sorprender que después de perder de facto una guerra en Iraq contra un montón de «irregulares» con Kalashnikovs, el Pentágono esté ahora aterrado ante la posibilidad de que la OTAN esté a punto de perder definitivamente la guerra en Afganistán, demostrando así a todo el mundo su irrelevancia total – y destruyendo de una vez por todas el tambaleante pilar de la hegemonía de EE.UU. sobre Europa.

La OTAN es incompetente incluso en sus mentiras. Un informe de la OTAN en enero afirmó que «sólo» 973 civiles fueron muertos en Afganistán en 2008, y «sólo 97» de estos por la OTAN. Este mes, un informe de la ONU confirmó que la OTAN miente. Según la ONU, por lo menos 2.118 civiles afganos fueron muertos en 2008 – 828 de ellos por EE.UU. o la OTAN.

Todos hablan de que cazas jet de EE.UU. y aviones teledirigidos Predator de la CIA causan gran conmoción desde tres bases aéreas paquistaníes secretas – con el silencio cómplice de Islamabad. Pero nadie habla sobre el componente de «humint», o inteligencia humana, de la guerra encubierta de EE.UU. en Afganistán, realizada por lo que el New York Times define, con hipocresía espectacular, como «unidades militares que operan fuera de la cadena normal de comando.»

Las fuerzas especiales de EE.UU. forman parte de esa mezcla mortífera. Un reciente informe de la ONU identifica a estos comandos de EE.UU. como los culpables cruciales en cuanto a la muerte de civiles afganos. Lo usual es que Washington identifique a grupos semejantes – cuando operan bajo una bandera, o religión, diferente – como «terroristas.»

En el caso de este nuevo engendro estadounidense, es justo esperar que el Pentágono y el establishment de Washington comiencen tarde o temprano a llamarlos – en un eco siniestro del reciente pasado afgano – «combatientes por la libertad.»

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Pepe Escobar es autor de «Globalistan: How the Globalized World is Dissolving into Liquid War» (Nimble Books, 2007) y «Red Zone Blues: a snapshot of Baghdad during the surge.» Acaba de aparecer su más reciente libro «Obama does Globalistan» (Nimble Books, 2009).

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