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Trieste, ciudad multiétnica

Fuentes: La Jornada

El pasado 5 de noviembre se celebraron los cincuenta y cinco años del llamado «regreso» de Trieste a Italia. Ubicada en la delicada fron-tera oriental de la península italiana, Trieste representa hoy el punto de encuentro inevitable entre Europa occidental y los Balcanes. Y es ahí, en ese encuentro, que Trieste tiene incrustada su historia […]

El pasado 5 de noviembre se celebraron los cincuenta y cinco años del llamado «regreso» de Trieste a Italia. Ubicada en la delicada fron-tera oriental de la península italiana, Trieste representa hoy el punto de encuentro inevitable entre Europa occidental y los Balcanes. Y es ahí, en ese encuentro, que Trieste tiene incrustada su historia y sus conflictos, pero también sus sueños frustrados.

Luego de entregarse, por decisión unánime del gobierno del «Libre común de Trieste», al gobierno de Viena en 1382, Trieste vio un crecimiento constante bajo el impulso de los gobiernos de los emperadores que se sucedieron a la guía del imperio de Austria. Importante fue la obra de la emperatriz María Teresa, primera mujer en dirigir al incipiente imperio, que bonificó amplias áreas de la ciudad dejadas al abandono, hizo del puerto de Trieste un «puerto franco», abrió espacios importantes a la cultura y a las artes y, junto al Edicto de Tolerancia, proclamado en 1781 por su sucesor, el iluminado emperador José ii , transformó a la ciudad de Trieste en un importante centro comercial, cultural y político. Particularmente importante resultó ser dicho Edicto, pues fue a partir de este evento que Trieste se convirtió en una ciudad más tolerante, en la que aún hoy sobreviven iglesias y templos de distintas religiones. Es de esta manera, y gracias a otras medidas que favorecieron ya en el siglo XIX la acogida para los perseguidos políticos de otros territorios, que Trieste se convirtió rápidamente en una ciudad abierta, multiétnica y en la que los idiomas hablados, más allá del oficialista alemán y el más común italiano, comprendieron el esloveno, el croata, el español, el inglés, el árabe. Es en este contexto que, desde el espléndido Castillo de Miramar zarpó, en 1864, el archiduque Maximiliano para llegar hasta México, en donde encontró la muerte en 1867 a manos de las tropas de Benito Juárez.

Hoy la ciudad de Trieste, rodeada al sur y al oriente por los territorios de Eslovenia, tiene su puerto apuntando inexorablemente hacia el norte. Desde la plaza central de la ciudad, Plaza Unidad de Italia, la más grande plaza europea con vista al mar, se puede observar la silueta blanca del antiguo Castillo de Miramar, tras el cual sigue la costa que queda a la derecha del panorama. Al frente, el mar, el Golfo de Trieste, que termina pocas decenas de kilómetros más adelante. De ahí una amplia llanura rodeada a su vez por el principio de los Alpes. Es así que, en un día despejado (fácil de conseguir gracias al viento Bora que caracteriza esta ciudad), no es difícil alcanzar a ver, manteniendo atrás los antiguos palacio s austriacos, el puerto, luego el mar y finalmente los Alpes, blanqueados en las cumbres por la nieve permanente que las puebla.

En un escenario casi idílico -y que suena así, aunque las contradicciones nunca han faltado- terminó el siglo XIX y con él comenzaron las discordias, que luego fueron confrontaciones, enfrentamientos y finalmente choque abierto entre las decenas de almas que poblaban la ciudad. De manera especial, en el contexto de un constante alejamiento entre los antiguos aliados, Italia y Austria, la comunidad italiana comenzó a alimentar lo que hoy se conoce como el «irredentismo» -palabra no traducible-, es decir el movimiento que reivindicaba la «italianización» de la ciudad de Trieste y otros territorios poblados en su mayoría por italianos, pero que aún se encontraban bajo el gobierno austriaco. El origen del movimiento irredentista italiano tenía su contexto en un movimiento más amplio, que la historiografía define como Risorgimento, y que, entre 1848 y 1870, produjo la Unidad de Italia tras la «liberación» de amplios territorios de la península antes en manos de los gobiernos de Austria, de España, de Francia y del Papa. Fue ese un movimiento de origen «romántico», en el que el concepto de Nación nada tenía que ver con lo que se convirtió esa palabra en el siglo XX. Un movimiento político, sin duda, pero también cultural y filosófico que, al menos en sus pensadores más finos, buscaba simplemente la unidad de todos los territorios cultural e históricamente afines.

La historia lo demuestra y hasta las mejores intenciones son víctimas de la realpolitik. Fue así que el movimiento irredentista en Trieste no tardó en transformarse en un movimiento nacionalista y, tras protestas, atentados, conspiraciones, hechos violentos y no, logró poner en entredicho al gobierno austriaco. La realidad de esa lucha, que en su momento asumió los tonos de una verdadera «lucha de liberación», es poco conocida o quizás ha sido injustamente tratada sólo por la historiografía de la derecha política, que aún hoy reivindica a sus mártires. Sin embargo, al menos un ejemplo hay que rescatar de entre quienes participaron y nunca tuvieron una visión excluyente de la movilización. Es el caso del escritor triestino Aron Hector Schmitz, quien, para dar testimonio de su visión adoptó, justamente en ese período tan tenso políticamente, el seudónimo de Italo Svevo, resumiendo en su nombre tanto la identidad italiana como la alemana. Raro ejemplo aquel; tan raro que al autor de Trieste se le recuerda más por sus excelentes obras literarias, como lo fueron La conciencia de Zeno y Senilidad, que por su empeño cívico.

En el altiplano que rodea la ciudad de Trieste y en los pocos kilómetros antes de llegar a la frontera con Eslovenia -misma que fue parte de la «cortina de hierro» que separaba el Occidente capitalista del comunismo, y que hoy sólo es un viejo recuerdo acostado en el territorio de la Unión Europea- la mayoría de la población es de origen esloveno. En una de las muchas cantinas típicas de estas zonas, las osmizas, aún aparece colgado un original de la comunicación emitida por el emperador austriaco Francisco José, en 1915. Ahí, el emperador señala a los italianos como a unos traidores, por haber entrado en la primera guerra mundial al lado de Inglaterra, traicionando la «vieja amistad» y, más concretamente, la Triplice Alianza. El acuerdo que orilla a Italia a participar en la guerra, tras un año de indecisión y debate parlamentario, fue precisamente la promesa, por la parte inglesa, de que, en caso de victoria, Trieste y los territorios limítrofes habrían sido italianos. El éxito de aquella guerra es conocido, y efectivamente Trieste y sus territorios terminaron en manos del gobierno italiano.

Con la asunción del poder por parte de Benito Mussolini, en 1922, la ciudad de Trieste se convirtió en el teatro principal del llamado «fascismo de frontera», es decir la política fascista en los territorios orientales, en su mayoría -con excepción justamente de Trieste y de las ciudades de la costa más al sur- pobladas por eslovenos y croatas: italianización forzada de los nombres de la población, exclusión de los puestos públicos, acoso y persecución de la población no italiana, etcétera. En efecto, la historia habla de Trieste como del centro neurálgico de los cientos de acciones que de aquí se lanzaban territorio adentro, a perseguir tanto a opositores como a simples ciudadanos cuya única culpa era la de no ser italianos. Veinte años de fascismo que costaron miles de vidas, mucha violencia y mucha represión. Entre los personajes víctimas de la represión fascista en Trieste, vale la pena mencionar al comunista Vittorio Vidali, exponente de primer nivel del Comintern, y luego protagonista de varios episodios oscuros sucedidos lo mismo en Italia que durante la Guerra civil en España e incluso en México, pues las voces de muchos historiadores vinculan Vidali con la muerte de Julio Mella y del mismo Trotsky.

Es en este contexto que comienza una de las etapas más oscuras de esta ciudad, es decir, el período que va del 8 de septiembre de 1943 (fecha en que Italia firma el armisticio con los Aliados) hasta el celebrado 5 de noviembre de 1954. Abandonada por las tropas italianas, la ciudad es invadida a las pocas semanas por las tropas del ejército alemán. El gobierno alemán decidió instaurar en la ciudad el llamado Operationszone Adriatisches Küstenland, es decir, el mando alemán para las operaciones en el alto Adriático, el mar colindante de Italia, Eslovenia y Croacia. Además, el comando alemán estableció, en la que era la periferia de la ciudad, el único campo de concentración en territorio italiano. En la vieja fábrica de arroz, la Risiera de San Sabba, el ejército nazi levantó un pequeño campo para prisioneros. Característico de este campo, sin embargo, no fue el números de detenidos -relativamente pequeño- sino el importante número de ejecutados: la Risiera , en efecto, fue también el único campo de exterminio nazi fuera del territorio alemán. Aún hoy, a pesar de la demolición decidida a último minuto por las tropas nazis que escapaban, las marcas del antiguo horno siguen evidentes: ahí al menos trescientas personas encontraron la muerte. Los demás fueron deportados a campos muchos más conocidos, como Auschwitz-Birkenau y Dachau.

Tras la derrota militar, el 1 de mayo de 1945, las tropas alemanas abandonaban la ciudad. Y comenzaba, por el norte y por el sur, la falsamente llamada «carrera por Trieste». Al sur, las tropas partisanas del mariscal Tito querían conquistar la ciudad, igualmente reivindicada por los yugoslavos. Más al norte, llegaban las tropas de Nueva Zelanda, que tenían la orden precisa de conquistar Trieste antes de que lo hicieran los comunistas de Tito. Sin embargo, las tropas yugoslavas llegaron primero y durante un mes ocuparon la ciudad. Fue hasta junio de ese año que los Aliados lograron convencer a Tito de retirarse de la ciudad, dejando el poder a un gobierno provisional aliado, y a comenzar las pláticas acerca del futuro de Trieste. Tras amplias negociaciones, en 1947, las partes involucradas decidieron: el territorio de Trieste y sus alrededores se dividía en dos partes. Trieste y sus territorios más cercanos formarían parte de la llamada Zona a , bajo un gobierno aliado, nombrado por la ONU; el territorio más al sur, también parte del contencioso, se transformaría en la llamada Zona b , bajo el mando provisional del gobierno yugoslavo. Las dos zonas, juntas, se llamarían Territorio Libre de Trieste (TLT).

Mientras en Italia se escogía la República en contra de la Monarquía (2 de junio de 1946), en Europa se definía el futuro equilibrio político y territorial, y en Yugoslavia se daba la ruptura entre Tito y Stalin acerca del futuro del comunismo mundial, Trieste seguía su doloroso camino hacia un futuro del que no se vislumbraba rasgo alguno. Durante casi una década, la mayoría italiana en la ciudad instrumentó protestas y movilizaciones no sólo para salir del limbo al que los ganadores de la guerra habían condenado a la ciudad, sino para que Trieste, a pesar de la derrota militar, regresara a ser italiana. Y a pesar de la importantes y contradictorias experiencias de los italianos de Trieste adscritos tanto al Partido Comunista Italiano como al Yugoslavo, así como a experiencias libertarias locales que pregonaban la creación de un territorio libre y autónomo en la ciudad, reivindicando la tradición multiétnica de ese territorio, la historiografía de la ciudad hoy en día no ayuda mucho a entender la real potencialidad que tuvo Trieste en ese período de su historia. Por desgracia, o simplemente por ineptitud, desde ese entonces la historia de la ciudad ha sido y sigue siendo prerrogativa de la derecha reaccionaria, esa misma derecha que desde la llegada del fascismo ha tratado de borrar cualquier identidad no italiana presente en el territorio. Ya sea por olvido, pero aún más por la embarazosa admisión de los excesos por la parte «comunista», tanto de la facción más cercana a la línea dictada en Moscú como de la facción adherente a la línea de Tito, la historiografía de izquierda siempre ha preferido omitir la tragedia de las fóibas -las fosas comunes en donde encontraron la muerte algunos cientos de italianos durante la ocupación yugoslava- así como los crímenes del régimen fascista en todo el territorio de Trieste. Una sombra que pesa y que aún hoy es objeto de polémica y de silencios cargados de responsabilidad.

Es así que a partir del 5 de noviembre de 1954, Trieste, la última ciudad en ser italiana y uno de los últimos territorios cuyo destino fuera decidido tras la segunda guerra mundial, ha sido teatro de las disputas entre el gobierno italiano, localmente representado por la derecha reaccionaria, directamente heredera del fascismo de frontera, y la comunidad eslava (eslovenos y croatas, en su mayoría). Una disputa impar y que no ha escatimado violencia, agresiones y represión. Quizás sólo hoy, con la caída de la frontera debido a la presencia de Eslovenia en la Unión Europea y aun después de cinco décadas de gobierno italiano, se puede pensar en restablecer los antiguos sueños de una convivencia civil entre nacionalidades, culturas e idiomas distintos. Quizás sólo hoy Trieste tiene la posibilidad de dar cabida plena a la ciudad mitteleuropea pregonada por otros de sus grandes intelectuales, Claudio Magris.

Fuente original: http://www.jornada.unam.mx/2009/12/13/sem-matteo.html