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UE: árbol genealógico

Fuentes: La Jornada

Pensando en oro y esclavos, Marco Polo emprendió en el siglo XIV la ruta de Asia. Polo servía a Venecia, país que revendía en Oriente Medio los esclavos cazados en Europa central. El genovés Cristóbal Colón, su admirador, emprendió a fines del siglo XV la ruta de Occidente pensando en oro y esclavos. Colón servía […]

Pensando en oro y esclavos, Marco Polo emprendió en el siglo XIV la ruta de Asia. Polo servía a Venecia, país que revendía en Oriente Medio los esclavos cazados en Europa central. El genovés Cristóbal Colón, su admirador, emprendió a fines del siglo XV la ruta de Occidente pensando en oro y esclavos. Colón servía a Castilla, corona que financió a Hernán Cortés, Francisco Pizarro y a otros conquistadores, que sólo pensaban en oro y esclavos.

Los banqueros de Lyon, que sólo pensaban en oro y esclavos, financiaron las correrías de Giovanni da Verrazano, pirata florentino especializado en asaltar las naves enviadas desde México por Cortés. El vizconde Jean D’Ango, célebre entre los burgueses ricos de París, armó a los primeros piratas del Caribe con patente de corso otorgada por el rey de Francia.

Empecinado en cortar el cuello de las mujeres que no le daban hijo varón, el rey Enrique VIII dejó a los piratas el negocio de la marina mercante. Ni lerdos ni perezosos, los «contratistas privados» de la época siguieron el camino de españoles y portugueses: vender en el Caribe esclavos cazados en Guinea y Sierra Leona.

Así como la acumulación originaria de los banqueros alemanes Fugger y Welser, la grandeza de España y del «imperio británico» en el siglo XVI no nació de gloria alguna, sino del genocidio y saqueo de América y de la trata de esclavos impulsada por la Compañía Inglesa de las Indias Orientales.

Los «fueros» parlamentarios del negrero William Hawkins, rico de Plymouth, facilitaron que los condes de Pembroke, de Leicester y el alcalde de Londres sir Thomas Lodge tomaran acciones de la compañía negrera, en manos de Francis Drake y el temible pirata John Hawkins, su hijo.

En poco más de 200 años, la extinción violenta de millones de personas nacidas en América y Africa permitió que se configurase esa abstracción que llamamos «cultura europea». En el siglo XVII, convencido de que el «paraíso perdido» estaba en las Antillas, el piadoso poeta John Milton redactó para el «demócrata» Olivier Cromwell el Scriptum domino protectoris contra hispanos, manifiesto de guerra contra España.

Henry Morgan, pirata al servicio de su majestad, quemaba el rostro de los prisioneros con hojas untadas de aceite, los colgaba de los pulgares y les prendía fósforos entre los dedos. Con ayuda de su amigo John Locke, el de los escritos sobre la «tolerancia», redactó las instrucciones para el buen gobierno de Jamaica. Locke fue autor de libros sobre la libertad civil y religiosa y tuvo fuerte influencia en el político esclavista Thomas Jefferson, mentor de la democracia yanqui.

¿Y el lírico «contrato social» de Jean Jacques Rousseau? ¿No abrevó en los textos del padre dominico Du Tertre, autor de una Historia general de las Antillas habitadas por los franceses en la que distingue al negro del mulato, y al mulato del blanco café con leche por una misteriosa marca que a su juicio aparece arriba del culo? Voltaire se doblaba de risa.

John Pym, puritano en Massachusetts y negrero amigo de los piratas en Tortuga (llamada por los bucaneros «isla de los puercos» y en Londres «isla de Asociación»), se adelantó 350 años al ALCA: eligió la ciudad hondureña de Trujillo para fundar una república independiente de piratas, modelo de «libre comercio» entre los gobernantes que hoy, a paso de incendio, destruyen el tejido social de los países latinoamericanos.

Piet Heyn pasó de pirata a almirante de la flota holandesa-dinamarquesa. En Guinea su compañía tenía inmensos corrales de esclavos. En Amsterdam cultivaba primorosos jardincitos. Su protector, el rey Christian II, dueño de otra «compañía» con un pie en Africa y otro en América, era amigo personal de Erasmo, el de Elogio de la locura.

El feo Du Casse, jefe de los piratas del Rey Sol, fue nombrado «caballero de la orden de San Luis». Promovido a almirante de la flota, el rey Luis XIV regaló a Du Casse un librito de su autoría intitulado Memorias del arte de gobernar. El pirata escocés William Patterson fue el primer director del Banco de Inglaterra.

En la cumbre que tuvo lugar la semana pasada en Guadalajara, la Unión Europea (UE) exhibió muestras de orgullo con sus antepasados y dejó en claro que su noción de «soberanía» vale en las jurisdicciones de los países que la conforman. Mas no en América Latina y el Caribe, coto soberano de caza del imperio yanqui (¿»soberano» porta raíz etimológica similar a «soberbia»?)

Fidel Castro, estadista ausente que como nunca estuvo presente, dijo en mensaje al pueblo mexicano: «Todo ha sido organizado de forma que no pueda haber ningún verdadero debate libre, abierto y público sobre temas vitales que conciernen a los destinos de nuestro hemisferio y el mundo».

¿A quién asistirá la razón? ¿A Fidel, el comunista, o al colombiano Germán Arciniegas (1900-99), el erudísimo escritor anticomunista de quien hemos tomado los datos precedentes en su maravillosa Biografía del Caribe?


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