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Volveré a Lisboa

Fuentes: Rebelión

Me siento alegre por cómo le va al pueblo portugués. Estoy seguro de que José Saramago, siempre crítico, siempre de izquierdas, siempre atento a la menor injusticia, siempre empático hacia sus compatriotas, siempre 25 de Abril, estaría orgulloso de cómo su país, la ciudadanía y las fuerzas políticas, abordan la crisis sanitaria que también asola al país luso.

Dos fechas y dos actores son ya una referencia. El 8 de abril en su intervención en el Parlamento, el líder de la derecha Riu Río, expresó su apoyo y lealtad institucional al presidente Antonio Costa y su Gobierno, diciendo: “Señor primer ministro, cuente con nuestra colaboración. Todo lo que podamos, ayudaremos. Le deseo coraje, nervios de acero y mucha suerte. Su suerte será nuestra suerte”. El cuatro de mayo, el presidente Antonio Costa, también en el Parlamento, reclamó a la banca que devuelva a los portugueses el rescate que recibió en la crisis. Y convocó a los cinco principales bancos del país para proponerles el modo de su contribución. Unos días antes Costa había calificado de repugnante la posición holandesa de negar su apoyo a los países sureños de la Unión Europea. Río y Costa, dos patriotas, dos estadistas con altura de mira, dos tipos con coraje. ¡Qué envidia la mía!

Ya en 2015, la llegada al poder del primer ministro socialista Antonio Acosta con el apoyo de otras izquierdas -Partido Comunista y Bloco- fue una suerte para las mayorías sociales. Portugal había ensayado un fuerte paquete de austeridad entre 2011 y 2014. A cambio recibió 78.000 millones de euros de la UE y del FMI. Pero en 2014 el crecimiento del PIB fue negativo y el desempleo llegaba al 15%. En ese momento Portugal se deslizaba hacia una nueva Grecia y los expertos aseguraban que no aguantaría la deuda.

Llegó el gobierno de Costa con sus aliados y todo cambió: Sustituyó el austericidio de los ortodoxos europeos que hundieron a Grecia por una nueva política que rebajó el déficit fiscal a la mitad, hasta alcanzar el 2,1 % del PIB, al tiempo que aumentaba los salarios y las pensiones. En un año Portugal lograba los mejores resultados desde 1974. Sus medidas alentaron la demanda interna e impulsaron la actividad económica. La lógica era: si el gobierno gasta más se reactivará la economía, aumentará la recaudación de impuestos y eventualmente reducirá el déficit fiscal. No era el descubrimiento de América era el sentido común puesto al servicio de la gente. Así por ejemplo, mientras que en febrero de este año 2020 el desempleo en Portugal era del 6,5%, en el Estado español era del 13,6%. Una buena diferencia.

Probablemente una diferencia sustancial entre el Estado español y Portugal es que mientras en el vecino país la dictadura de Salazar cayó por una ruptura política, abriéndose una verdadera transición democrática, aquí la dictadura se coló con fuerza en el pacto de 1978, quedó en posición durmiente por unos pocos años y regresó con toda su fuerza atávica con Aznar hasta convertirse en el peligro que hoy representa para la convivencia. Pero diferencias aparte Portugal es una referencia. La banca española debe a la sociedad 65.000 millones de euros del rescate. Si a ello añadimos que el capital español depositado en paraísos fiscales es de 140.000 millones de euros ocultos al fisco, ya sabemos dónde está el dinero. Y sabemos que la crisis puede y debe ser financiada por los que tienen el dominio del dinero (los expertos aseguran que un tercio del PIB mundial anual está en paraísos fiscales, más de 12 billones de dólares)

Por eso son obscenos los movimientos que empiezan a difundir la idea de que las pensiones deben ser reformadas a la baja, endureciéndose las condiciones para acceder a ellas. Y esto es lo que nos amenaza. Sánchez no es Costa ni los socialistas portugueses son como los acomplejados españoles.

Es verdad que Portugal sufrirá, como los demás países europeos y la mayoría del planeta, una importante recesión. Es inevitable en un mundo globalizado. Pero es un hecho que según las manos en las cuales estamos podemos tener una u otra expectativa. El Gobierno portugués ha tenido una cadena de aciertos en la gestión de la lucha contra el Coronavirus. Con una población de 10 millones de habitantes ha tenido menos fallecidos que la Comunidad Autónoma Vasca (2.178.000 habitantes). En cuanto a su comparativa con España la web de Radio televisión Española (RTV) da el siguiente dato: mientras en España el número de fallecimientos por cada cien mil habitantes es de 52 o 55 según las fuentes de conteo, en Portugal han sido 10 los fallecimientos por cada cien mil habitantes. En todo caso los detalles de la gestión portuguesa que ha sido diligente, sin dudas ni vacilaciones, corresponde a las personas expertas. A mí lo que me interesa resaltar es la unidad entre partidos políticos de diferente signo que han sabido encontrar y verbalizar que el coronavirus no tiene colores y es un problema de país, de Estado. La credibilidad del Gobierno y la postura constructiva de la oposición han hecho posible que el pueblo portugués actuara con disciplina y determinación.

Así es como estamos descubriendo Portugal, país siempre subestimado por los reinos de España, Portugal el vecino pobre. La patria del gran Fernando Pessoa, siempre inspirado, a veces frenéticamente inspirado. Y siempre Lisboa, la melancólica, la romántica, la serena Lisboa que escucha fados en el barrio alto, siento que nos invita a visitarla de nuevo. ¿Por qué ir más lejos si tenemos Lisboa? Es de lo mejor de Lisboa, lo cerca que está. Basta una hora en avión o una noche de tren para bajar en Santa Apolonia y poder contemplar el esplendor de sus colinas. Y luego desayunar en la plaza del Comercio bajo el azul limpio y muy suave del cielo. Dicen que Portugal ha preservado en su capital señales de su pasado en un ejercicio de nostalgia. Pero hay quien responde con una idea contraria: lo ha hecho por una lealtad a los mejores episodios de su modernidad. Eterna verdade vazia o perfeita, dice un verso de Fernando Pessoa. 

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