Guadi Calvo

Artículos

El terrorismo fundamentalista musulmán ha cumplido más de un cuarto de siglo de una activa presencia en el mundo, afectando con ataques esporádicos intereses occidentales, entre los que podríamos destacar en primer lugar, por implicancia histórica, el ataque a las torres de Nueva York.

Libia

Hace ya quince años que Libia ha dejado de existir. El que fue el país más desarrollado del continente, tras 42 años de los continuos esfuerzos del gobierno del coronel Muammar Gadafi, se consumió en unos pocos meses tras una operación conocida como Primavera Árabe, pergeñada por el Departamento de Estado y ejecutada por Naciones Unidas, la OTAN, la Unión Europea y las monarquías del Golfo, que financiaron miles de mercenarios que se encargaron de sumir a esa nación en lo que es hoy, un engendro incalificable con dos cabezas, Trípoli y Benghazi, y un solo corazón: el petróleo.

El 15 de agosto se cumplieron cinco años de la victoria de los talibanes sobre los Estados Unidos, después de una guerra que se extendió por veinte y que se inscribe como una de las derrotas más humillantes a las que fue sometido Washington, donde se repiten imágenes casi calcadas de la fuga protagonizada por ellos mismos en abril de 1975, cuando hordas de colaboracionistas intentaban conseguir una plaza donde fuera que los sacase de Saigón, que acaba de rendirse al Vietcong.

Observar la crisis “migratoria” que se acaba de producir en Ceuta como una cuestión puntual, es quedarse mirando unos granos de arena en las puntas de los dedos mientras ignoramos el desierto que se nos está viniendo encima desde hace décadas. Porque lo de la semana pasada de migratorio no tiene nada y todo lo tiene de una grave crisis humanitaria.

El frente interno del actual primer ministro pakistaní, Shehbaz Sharif, continúa acumulando crisis que no solo hacen dudar de su continuidad, a pesar de estar sostenido por el ejército y Washington, sino también de la propia unidad de la nación, por lo que Pakistán no tiene lugar para maniobras.

Sabemos que jamás los murmullos en Afganistán quedan solo eso y que siempre detrás de ellos, por mínimo que suenen, existe la aspiración a convertirse en rugidos, rugidos de guerra y eso es exactamente lo que desde hace semanas sucede en la remota provincia noreste de Badakhshan, en las alturas de la cordillera del Hindu Kush y fronteriza a Tayikistán a Pakistán, (Ver: Afganistán, el retorno de los viejos espectros).

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