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Adam Smith y el liberalismo económico en América Latina

Fuentes: Rebelión

Las teorías económicas nacieron bajo particulares condiciones históricas, pero también deben confrontarse con la misma historia. Partamos de Adam Smith (1723-1790), a propósito de que en este 2026 se conmemoran los 250 años de su obra fundamental “An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations” publicada en 1776. Ante todo, Smith trató de dar continuidad a las reflexiones filosóficas de su primer libro La teoría de los sentimientos morales (1759). Se propuso examinar el comportamiento humano en el ámbito comercial y no inaugurar un campo teórico independiente. Como fruto de sus investigaciones arremetió contra el mercantilismo prevaleciente, examinó los albores de la Revolución Industrial del capitalismo manufacturero en Inglaterra y fue el primero en sostener que la riqueza de una nación no provenía de la acumulación de oro y plata ni del saqueo colonial (mercantilismo), sino de la producción de bienes como fruto del trabajo en todo tipo de actividad. Observó que los monopolios de la corona, así como los gremios, frenaban la innovación que veía nacer en Glasgow y Manchester porque restringían los mercados, de modo que abogó en favor de la “libertad” económica, confiando en que el mercado, sujeto a sus leyes naturales, crecería por la competencia y como fuente del progreso. También penetró en el estudio de las mercancías concluyendo que el valor de los productos provenía del trabajo incorporado en ellos, con lo cual dio un fundamento científico a sus concepciones.

Sin proponérselo en forma directa, Smith había inaugurado una nueva ciencia: la economía política y había descubierto la teoría del valor-trabajo, hoy denominada “teoría objetiva del valor”. De acuerdo con ésta, comprendió que del trabajo de los obreros provenían las ganancias de los capitalistas y que de ese valor también se aprovechaban los comerciantes y banqueros como sectores simplemente rentistas. Era una conclusión que centraba la atención en la industria y que, en forma pionera, profundizaba sobre sus raíces sociales. K. Marx tomó esa raíz para el desarrollo de sus análisis sobre el valor-trabajo que Smith dejó sin considerar, limitándose a creer que la “mano invisible” del mercado solucionaría la conflictividad social.

Smith era un liberal clásico convencido de la Ilustración Escocesa y por eso no abandonó la idea de colocar al ser humano como centro de la acción colectiva y del Estado, confiando en que la razón humana y el orden natural eran capaces de mejorar la sociedad. Y como estudioso, acudió a la observación histórica y empírica de su tiempo. Además, orientado por su enfoque moral, Smith reconoció que la prosperidad de una nación estaba en el bienestar de sus trabajadores, que debían contar con altos salarios para aumentar la demanda en el mercado y con ello levantar la producción. Incluso proponía mayores impuestos a los ricos y admitía un Estado que, sin obstaculizar al mercado, debía proveer educación pública obligatoria, infraestructuras y administración de la justicia. No suele destacarse que Smith fue un radical crítico de los empresarios habituados a obtener privilegios, imponer precios, formar monopolios, descuidar a sus trabajadores y conspirar contra el bien común.

Las ideas de Adam Smith no llegaron a la región que hoy llamamos América Latina, porque todavía estaba sujeta al dominio colonial. Sin embargo, señaló que el mercantilismo español maniataba las posibilidades del mercado en las colonias. Smith tampoco fue conocido durante el siglo XIX, exceptuando algunos intelectuales como Manuel Belgrano y Mariano Moreno en Argentina o el venezolano/chileno Andrés Bello. Ningún gobierno fundamentó sus políticas en el liberalismo económico de Smith, porque los liberales de la región solo asimilaron los autores ilustrados -sobre todo franceses- en el campo político, que inspiraron las luchas por repúblicas democráticas basadas en la tripartición de funciones, las libertades civiles, los derechos individuales y los Estados laicos. Las economías latinoamericanas basadas en la agroexportación, la producción primaria, la propiedad terrateniente y la amplia explotación de la fuerza de trabajo rural a través de distintas formas de servidumbre, no encajaron en los conceptos de Smith, sino en los simples intereses de la oligarquía, que controló las riendas de los Estados nacionales hasta bien entrado el siglo XX.

Durante el siglo XX Smith fue conocido en forma lenta en las facultades universitarias latinoamericanas y normalmente como “clásico” fundador de la economía del laissez-faire. Sin embargo, la idea del mercado con “mano invisible” es un mito que tergiversó su teoría destinada a crear un mercado libre contra las élites privilegiadas. Quedaron descartadas su ética social, las críticas radicales a los capitalistas y, sobre todo, su teoría del valor-trabajo. El papel rector en esta vía ha estado en manos de los fundadores de la ideología neoliberal a cargo de la “Escuela de Chicago”, que se impuso en América Latina a través de los condicionamientos del Fondo Monetario Internacional (FMI) a partir de la crisis de la deuda externa (1982) y con el decálogo del Consenso de Washington (1989). En la región el neoliberalismo fue acogido de inmediato por las élites ricas y el empresariado tradicional, ya que esas consignas coincidían con su modo oligárquico de ver el mundo y la sociedad.

Para los neoliberales Smith es un liberal moderado y hasta contradictorio. Ellos dan el paso adelante proponiendo: economía de mercado libre, empresa privada, privatizaciones, menos impuestos, reducción del Estado, flexibilidad laboral. Niegan la teoría del valor-trabajo y abrazan la del valor-utilidad (teoría subjetiva del valor). Pero la experiencia histórica demostró que el neoliberalismo en América Latina solo ha dejado enriquecimiento de las élites y condiciones sociales y laborales derruidas.

Pero Smith se queda aún más corto ante la ideología libertaria anarco-capitalista de la “Escuela Austríaca” que cuenta ahora, como máximo exponente, al presidente argentino Javier Milei, quien escribió hace poco un artículo sobre Smith en el que recuerda su libro, reconoce algunas genialidades y, obviamente, cuestiona como “errada” su teoría del valor-trabajo (https://t.ly/hfvTr). El paso que han dado los “libertarios” es aún más radical: mercado libre absoluto, abolición total del Estado y de los impuestos (son un “robo”), privatizaciones totales, rechazo a la redistribución de la riqueza y a la “justicia social” (también es un “robo”) y reinado exclusivo de la propiedad privada del capital, porque los empresarios, como ha sostenido Milei, son “benefactores sociales”. América Latina tiene en Argentina el reflejo de cómo va el camino para llegar a la nueva utopía de la economía de la “libertad”, que rechaza toda metodología histórica y empírica (propia del pensamiento ilustrado de Smith) y confía exclusivamente en la lógica pura y la deducción teórica, que llaman “praxeología”.

A pesar del historicismo de la teoría de Adam Smith se ha creído que la economía política liberal tiene vigencia para cualquier sociedad contemporánea y que es una concepción universal. Pero no es así. En estricto rigor el liberalismo económico es una concepción del capitalismo central y para el capitalismo central. No tiene asidero en las realidades históricas y sociales de América Latina. Lo que si ocurre hoy es que Smith ha pasado a ser un verdadero “progresista” frente a los neoliberales y un filósofo desviado del auténtico liberalismo para los anarco-capitalistas.

Blog del autor: Historia y Presente
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