En este año se conmemora el bicentenario del Congreso Anfictiónico de Panamá, que expresó los ideales por la unión de la entonces Hispanoamérica, y que contrastan con la situación que vive América Latina en la actualidad.
Dos siglos atrás vivíamos la culminación de los procesos independentistas frente al coloniaje español. Al mismo tiempo nacía una identidad hispanoamericana inédita, por basarse precisamente en el ideal de libertad y el deseo por forjar naciones con gobiernos propios. Francisco de Miranda (1750-1816) soñaba con la constitución de una “Colombia” hispanoamericana, una idea retomada por Simón Bolívar (1783-1830), quien logró fundar la República de Colombia en 1819, como primer paso para la unión de todos los territorios libres. En diciembre de 1824 convocó al Congreso Anfictiónico que se inauguró el 22 de junio de 1826 en Panamá. En su libro Diario del Congreso Anfictiónico de Panamá. Cronología de sus antecedentes, desarrollo y resultados (2025, https://t.ly/-8FVB) y en recientes conferencias en las que destaca por la promoción del bicentenario (https://t.ly/9y4Fz) y de las labores de ADHILAC, el historiador cubano Sergio Guerra Vilaboy da cuenta precisa de ese Congreso.
En definitiva, el Congreso se proponía integrar a la gigante región conocida como Hispanoamérica, para garantizar su independencia, coordinar su defensa, arribar a una confederación y liberar a Cuba y Puerto Rico. El peligro provenía de la Santa Alianza y los proyectos de reconquista española. Bolívar pensaba en la comunidad identitaria de Hispanoamérica y por eso no incluía a Haití ni a Brasil. Rechazó la posibilidad de participación de los Estados Unidos, aunque tuvo que ceder a la invitación que había hecho Francisco de Paula Santander; pero, en cambio, confiaba que invitar a Inglaterra con delegados observadores, servía para frenar cualquier afán neocolonizador. Sin embargo, Panamá no fue el mejor sitio para el Congreso y no llegaron varias delegaciones, de modo que asistieron solo las de Colombia (Venezuela, Colombia que incluía Panamá, y Ecuador), también México, Centroamérica y Perú. Hubo resistencias del Río de la Plata (Argentina). Aunque la reunión en Panamá concluyó el 15 de julio, se decidió continuar las sesiones en Tacubaya, México. Pero el Tratado de Unión, Liga y Confederación Perpetua solo fue ratificado por Colombia, mientras México y Centroamérica lo archivaron. Además, surgieron problemas internos, como el antibolivarianismo de Perú o los problemas territoriales entre países nacientes, por lo cual el Congreso terminó sus labores en 1829. Para Bolívar fue el fin del ideal más grande de su vida. Tuvo que concentrarse en procurar la unión de la Gran Colombia, que finalmente también se disolvió. El desencanto de Bolívar fue total y su muerte sería la expresión del fin de la Hispanoamérica unida en una gran nación.
Ahora bien, la división de Hispanoamérica en una veintena de países con sus respectivos intereses y caminos de construcción de sus Estados nacionales impidió que durante el siglo XIX pudiera articularse una geoestrategia común ante el ascenso y desarrollo del capitalismo europeo y norteamericano. Desde el mismo Congreso Anfictiónico, los EEUU desempeñaron un papel desestabilizador, especialmente en Tacubaya, dejando en claro sus intereses comerciales y permaneciendo “neutral” ante Cuba y Puerto Rico, todavía colonias españolas y a pesar de la proclamada Doctrina Monroe (1823). Gran Bretaña también estuvo claramente orientada a garantizar su hegemonía comercial y naval, neutralizar la competencia de los EEUU y sin apoyar a las independencias en el Caribe. América Latina creció como región primario-exportadora, dependiente y con poderosas oligarquías que dominaron largamente en los países, impidiendo la unidad de intereses ante las potencias.
En cambio, con el avance de las décadas y de dos siglos, no se pudo impedir que surgiera una conciencia de identidad común entre las sociedades latinoamericanas. Sobre esa base se cultivó el ideal de la unión entre pueblos considerados como hermanos. Algunos gobernantes lograron expresarlo. El caudillo liberal ecuatoriano Eloy Alfaro incluso pretendió revivir la Gran Colombia y en 1896 convocó a un Congreso continental (se realizó en México) boicoteado por EEUU. Ese Congreso aprobó un contundente documento contra la Doctrina Monroe, que debía sujetarse al derecho público americano y, además, abogó por la independencia de Cuba y Puerto Rico.
El latinoamericanismo social continuó desarrollándose en el siglo XX. Y cada vez más los países y sus historias o coyunturas específicas han pasado a ser conocidas y compartidas, fortaleciendo la hermandad, a pesar de las diferencias y hasta conflictos. Una época de convergencia latinoamericanista inédita se produjo al iniciarse el siglo XXI con los triunfos de gobiernos progresistas que caracterizaron la “marea rosa” de la región. Entonces se articularon políticas y geoestrategias comunes, con cuestionamientos a las “Cumbres de las Américas” promovidas por EEUU y la consagración de la CELAC como organismo propio de los países latinoamericanos. El ciclo posterior, en cambio, ha demostrado que los gobiernos empresariales y neoliberales que han ganado terreno en el continente no tienen intención alguna de articular políticas y geoestrategias latinoamericanistas. A todos interesan exclusivamente los buenos negocios, el mercado norteamericano y las relaciones comerciales abiertas con cualquier otro país del mundo, vistas como espacio para la ampliación de las esferas simplemente empresariales. Los resultados sociales de esas políticas son nefastos. Contrastan con ellos los avances de los pocos gobiernos progresistas en la región.
A esa realidad se ha sumado el segundo gobierno de Donald Trump (2025-hoy) que ha proclamado la Doctrina Donroe con el Corolario Trump, según la cual los EEUU no admitirán en el continente gobiernos disidentes ni la presencia de intereses de los países a los que considera como adversarios, a la cabeza de los cuales se ubica China, luego Rusia, pero también los BRICS (https://t.ly/ljTqm). Bajo esas nuevas orientaciones todos los países de América Latina y el Caribe están amenazados. Además, el Secretario de Estado Marco Rubio ha declarado, en forma abierta y directa: “La Administración Trump ya no tolerará regímenes marxistas radicales en nuestro hemisferio que busquen amenazar la seguridad nacional de EE.UU. y participar en operaciones de influencia para exportar su “revolución” venenosa y malvada a nuestro país y al resto del mundo” (https://t.ly/ZyRmd). Desde luego, se refleja la reacción de una potencia que ha perdido su anterior hegemonía y se repliega sobre el “Hemisferio Occidental” (América) ante un mundo multipolar que la ha desplazado.
En el bicentenario del Congreso Anfictiónico de Panamá nuestra América Latina vive una de las épocas más oscuras de la historia contemporánea. La soberanía e independencia de cada país están sujetas al nuevo americanismo donroísta. Y los gobiernos empresariales de la región, con oligarquías en el poder o derechas políticas a su servicio, no tienen problema alguno en subordinarse a semejante posición.
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