En 2026, las grandes corporaciones que controlan las plataformas digitales, los datos y los sistemas de inteligencia artificial están transformando aceleradamente la relación entre capital y trabajo. Su discurso está lleno de palabras como “eficiencia”, “innovación” y “automatización”. Sin embargo, detrás de esas promesas avanza una reorganización empresarial que elimina miles de empleos, reduce costos laborales y dirige enormes cantidades de dinero hacia el desarrollo de inteligencia artificial.
Esta transformación no afecta solamente a las ocupaciones rutinarias o de baja calificación. También está desplazando a ingenieros, especialistas en ciberseguridad, desarrolladores de programas, analistas de datos y otros profesionales responsables del funcionamiento de la infraestructura digital. Durante años, estos puestos fueron presentados como “los empleos del futuro”: trabajos estables, bien remunerados y supuestamente protegidos frente a las crisis que afectaban a otras actividades económicas. Ahora, muchas de las mismas empresas que difundieron esa promesa están reduciendo sus plantillas y automatizando parte de esas funciones.
Esta contradicción tiene especial importancia para El Salvador. El Gobierno de Nayib Bukele ha anunciado una reforma educativa apoyada en inteligencia artificial y estableció una alianza con xAI, empresa de Elon Musk, para utilizar el sistema Grok en las escuelas públicas. Además, el programa AprendES, financiado con 501 millones de dólares del Banco Mundial, propone incorporar tecnologías digitales para mejorar el aprendizaje y facilitar la futura inserción laboral de la juventud.
El discurso oficial presenta estas iniciativas como una vía para modernizar la educación y preparar a las nuevas generaciones para competir en el mercado laboral. Sin embargo, ese planteamiento parte de una idea que debe ser cuestionada: que aprender a utilizar herramientas digitales garantizará mejores empleos. La realidad muestra algo diferente. Las habilidades que hoy son promovidas como una garantía de estabilidad pueden perder rápidamente su valor cuando una empresa decide automatizarlas, reorganizar la producción o sustituir trabajadores por nuevos sistemas.
A comienzos de julio de 2026 se habían registrado alrededor de 120,000 despidos en el sector tecnológico. No todos pueden atribuirse directamente a la inteligencia artificial. También intervienen la reducción de costos, la búsqueda de mayores ganancias y las reorganizaciones internas. Sin embargo, la IA aparece cada vez con mayor frecuencia en las explicaciones empresariales para automatizar tareas, disminuir personal y trasladar recursos hacia nuevas áreas de inversión.
En mayo de 2026, Meta despidió a unas 8,000 personas, equivalentes al 10 % de su fuerza laboral. Aunque la empresa no reveló todos los puestos eliminados, los recortes afectaron especialmente a las áreas de ingeniería y desarrollo de productos. También suprimió cargos gerenciales para reducir los niveles de mando y organizar equipos más pequeños. Al mismo tiempo, trasladó a cerca de 7,000 trabajadores hacia proyectos relacionados con inteligencia artificial y canceló otras 6,000 plazas que todavía no habían sido ocupadas.
Esta reorganización muestra con claridad la lógica del capital digital: eliminar empleos en áreas que hasta hace poco eran presentadas como el futuro del trabajo y concentrar más recursos en tecnologías capaces de sustituir una parte de la fuerza laboral. La inteligencia artificial no se utiliza prioritariamente para reducir las jornadas, mejorar las condiciones de trabajo o repartir los beneficios de una mayor productividad. Se utiliza, sobre todo, para disminuir costos laborales y ampliar las ganancias de las empresas.
La forma en que Meta comunicó los despidos también muestra el aumento en la desigualdad de poder entre el capital y el trabajo. Las 8,000 personas despedidas recibieron la noticia mediante correos electrónicos enviados durante la madrugada. Después de años de aportar sus conocimientos y producir riqueza para la empresa, un mensaje automático les informó que ya no formaban parte de sus planes. Para Meta, la inteligencia artificial es una inversión destinada a aumentar sus ganancias; las personas trabajadoras, en cambio, son tratadas como un costo que puede eliminarse con un clic.
Por eso, la pregunta no debe limitarse a si la inteligencia artificial destruye o crea empleos. La cuestión central es quién controla esta tecnología, para qué se utiliza y cómo se distribuyen los beneficios que produce. La tecnología no actúa por sí sola: funciona dentro de una sociedad dividida en clases y bajo relaciones de poder que determinan quién decide, quién gana y quién asume los costos.
La inteligencia artificial podría permitirnos producir más en menos tiempo. Ese avance debería servir para reducir las jornadas sin bajar los salarios, mejorar los servicios públicos, eliminar las tareas agotadoras y liberar tiempo para el descanso, la familia y los cuidados. Sin embargo, cuando la tecnología está bajo el control de las grandes corporaciones, sus beneficios no se reparten entre toda la sociedad. Se convierten en mayores ganancias para los propietarios y en desempleo, sobreexplotación e inseguridad laboral para quienes necesitan vender su fuerza de trabajo para vivir.
No estamos, por tanto, ante una lucha entre los seres humanos y las máquinas. Estamos ante un conflicto entre las necesidades del capital y los derechos de la clase trabajadora. El problema no es la existencia de la inteligencia artificial, sino su apropiación privada y su utilización para aumentar la rentabilidad de un pequeño grupo de corporaciones.
A este riesgo económico se suma una dimensión educativa y cultural. La incorporación sin análisis crítico de plataformas de inteligencia artificial en las escuelas puede convertirse en una nueva forma de dependencia tecnológica y colonización cultural. Esto sucede cuando un país deja en manos de empresas extranjeras no solamente las herramientas que utiliza su sistema educativo, sino también una parte de los conocimientos, valores y formas de interpretar la realidad que se transmiten a las nuevas generaciones.
Los sistemas de inteligencia artificial no son herramientas vacías ni neutrales. Han sido desarrollados por empresas privadas y entrenados con enormes cantidades de información seleccionada y organizada según determinados criterios. Por eso pueden reproducir los idiomas, conocimientos, prejuicios, intereses empresariales y visiones del mundo presentes en esos materiales. También pueden ofrecer información falsa, incompleta o alejada de la realidad salvadoreña.
Cuando los contenidos educativos, las evaluaciones o las referencias históricas comienzan a depender de sistemas creados por corporaciones extranjeras, la escuela corre el riesgo de reproducir conocimientos que no responden a las necesidades del país. También puede presentar como universales determinadas ideas sobre el progreso, la economía y el desarrollo, mientras invisibiliza la historia nacional, los saberes comunitarios, las experiencias de las mujeres y los conocimientos construidos por los pueblos.
Entregar una plataforma de inteligencia artificial a cada estudiante no garantiza, por sí mismo, una educación de mayor calidad. Sin orientación docente, acceso equitativo, transparencia, protección de datos y formación para pensar críticamente, estas herramientas pueden ampliar las desigualdades existentes. El estudiantado con mejores condiciones económicas, mayor conectividad y acompañamiento familiar podrá aprovecharlas más. Quienes viven en condiciones de pobreza, tienen dificultades de acceso a internet o estudian en centros con menos recursos podrían quedar todavía más rezagados.
Además, introducir estas plataformas en las escuelas significa entregar información a empresas privadas. Una reforma educativa responsable debe responder preguntas fundamentales: ¿quién supervisará los sistemas de inteligencia artificial?, ¿qué datos recopilarán sobre estudiantes y docentes?, ¿dónde se almacenará esa información?, ¿para qué podrán utilizarla las empresas?, ¿cómo se comprobará la calidad de los contenidos?, ¿quién responderá cuando una plataforma proporcione información falsa o discriminatoria?
Estas decisiones no pueden quedar exclusivamente en manos del Gobierno y de las corporaciones tecnológicas. Las comunidades educativas, el personal docente, las familias, las universidades y las organizaciones sociales deben participar en la discusión. La educación pública y los datos del estudiantado no son mercancías que puedan entregarse a empresas extranjeras sin transparencia, regulación ni control democrático.
La soberanía tecnológica no significa rechazar la inteligencia artificial ni aislar al país de los avances científicos. Significa desarrollar capacidades públicas para comprender estas tecnologías, evaluarlas, regularlas y adaptarlas a las necesidades nacionales. También implica formar adecuadamente al personal docente, proteger los datos personales, fortalecer la investigación pública y promover la creación de conocimientos y herramientas tecnológicas desde El Salvador.
La educación no puede reducirse a preparar a la clase trabajadora para satisfacer las necesidades temporales de las corporaciones. Una habilidad promovida hoy como garantía de empleo estable puede ser automatizada mañana. Tampoco basta con enseñar a utilizar plataformas diseñadas fuera del país sin explicar quiénes son sus propietarios, cómo obtienen ganancias y qué consecuencias tienen sus decisiones sobre el trabajo, la cultura y la vida cotidiana.
El Salvador necesita formar una generación capaz de utilizar la tecnología, pero también de comprenderla, cuestionarla y transformarla. Una generación que pueda decidir democráticamente qué tecnologías necesita el país y cómo ponerlas al servicio de la educación pública, el trabajo digno y el bienestar colectivo.
De lo contrario, corremos el riesgo de educar a la juventud para empleos que ya están desapareciendo y, al mismo tiempo, enseñarle a depender de tecnologías, conocimientos y valores producidos por las mismas corporaciones que concentran la riqueza, controlan los datos y deciden el futuro del trabajo. Ese es el verdadero espejismo de los empleos del futuro.
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