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Fuentes: Rebelión

Relato

El relato único, incuestionable, es avasallador. No admite matiz ni réplica so pena de traición.  El circo mediático es imprescindible para la difusión de esa narrativa que aporta, siempre, legitimidad. Esa narrativa que llegará a formar parte del imaginario colectivo convirtiéndose en dogma inapelable, propaganda cegadora. Saddam Hussein era el Doctor No, sádico torturador; los Assad, saga de tiranos; Gaddafi, depravado violador de su guardia amazónica… La deshumanización del enemigo es la lección inicial en la asignatura de Propaganda, que propiciará, añadiendo algún que otro aditamento –armas de destrucción masiva, masacre de su propio pueblo, torturas, asesinatos masivos…-  la justificación moral para la destrucción total de esas naciones y la muerte de más de un millón y medio de inocentes. 

El relato de la guerra que nos ocupa ahora tampoco deja lugar a la menor  duda: el autócrata y psicópata Putin ha iniciado una guerra imperialista para reconstruir la Unión Soviética o la Rusia de los zares; la inveterada maldad rusa es de sobra conocida; Ucrania no sólo defiende sus fronteras, sino las de Europa; o el ya clásico sobre la defensa de la democracia frente a la barbarie. Más o menos. 

Memoria

Hace poco más de treinta años, con la caída del imperio soviético, se inició un lógico proceso de desovietización en los países que habían permanecido bajo su órbita con mayor o menor intensidad y vehemencia en función de los estragos provocados por el estalinismo, las perversas hipotecas de la historia o la penetración enérgica de la nueva propaganda victoriosa. Los símbolos y la historia oficial consolidan y fijan el relato y aportan cohesión. Así pues, las estatuas, monumentos, monolitos y bustos de Lenin empezaron a caer. Pero los odios atávicos estaban desatados y de la desovietización a la desrusificación sólo había un paso y la nueva narrativa, vengativa y agresiva, se abría paso.

 Hace poco menos de veinte años, la entonces presidenta de Letonia, Vaira Vike-Freiberga, liberal y europeísta, presentaba el libro Historia de Letonia. SigloXX en el que se define el campo de concentración de Saraspils –miles y miles de menores de edad asesinados- como una “cárcel ampliada” y un centro de reeducación juvenil  y equipara el régimen de ocupación nazi con el sistema soviético. Ya por esos años se organizaban en Riga manifestaciones autorizadas encabezadas por un centenar de veteranos de la Divisiones letonas de las Waffen SS y en Tallin, capital estonia, se inauguraba un memorial para recordar “a aquellos que murieron combatiendo por la libertad de Estonia”. Esos patriotas no eran otros que los integrantes de la temida 20ª División de Granaderos Waffen SS. 

Hoy, ya sin pudor, esas romerías se han normalizado. En Estonia, cada 28 de julio se celebra la Marcha de Erna en memoria de esos 70.000 estonios que formaron parte de las tropas nazis y que tanto aportaron a que su país luciera en 1942 la categoría de “Judenrein” (limpio de judíos). La Legión Letona también celebra su día: el 16 de marzo. Se honra la memoria de los más de 100.000 letones que integraron la 15ª y 19ª División de Granaderos Waffen SS y la Policía Auxiliar de la Wehrmacht.

Lengua

La inmortalidad de un pueblo reside en su lengua. El idioma es la quintaesencia de toda cultura nacional. En la vieja Unión Soviética el 82% de la población dominaba la lengua rusa. Era la lengua franca de esa gigantesca federación plurinacional compuesta por más de cien naciones y grupos étnicos diferentes y ochenta literaturas nacionales diversas. Su derrumbe provocó el natural resurgimiento de las culturas nacionales que habían permanecido diluidas bajo la hegemonía de eso que se denomina “mundo ruso”. Los agravios del pasado, las hipotecas de la historia, el retorno del nacionalismo esencialista y la tentación del revanchismo  pusieron el punto de mira en la lengua rusa. Ocurrió desde un principio, allá por los 90, cuando todo se desmoronaba: principios, fe y dogmas.

Hoy, en Riga -el 40% de su población es rusoparlante- son habituales las colas de rusos, muchos jubilados, a la espera del examen básico de idioma letón como prueba de lealtad a un país en el que han vivido toda la vida. Hasta el 2 de diciembre tienen de plazo para superar las pruebas patrióticas y así no perder la cédula de residente y la posterior expulsión forzosa. En los países bálticos cientos de miles de rusoparlantes ostentan la categoría de “no ciudadanos”  –“alien”, en la jerga popular-  con pasaporte pero sin derecho a voto ni derechos políticos y el acceso laboral restringido en la administración y ciertas profesiones. 

En Ucrania, la lengua rusa fue, sin duda, el detonante de los conflictos en un país rotundamente bilingüe. Según el Instituto Internacional Sociológico de Kiev, entre el 43% y el 46% de los ucranianos tienen el ruso como lengua materna, aunque esos porcentajes superan el 80% en las regiones del este y sur del país: en Crimea alcanza el 97% y en Donetsk, el 93%. 

En 1989, la Suprema Corte de Ucrania, todavía soviética, aprobaba la “Ley de Idiomas” que convertía el ucraniano en único idioma oficial del país, aunque con extensas garantías constitucionales para el resto de lenguas nacionales. En 1996, la nueva Constitución ucraniana avalaba el estatuto del idioma único, pero a esas alturas el enfrentamiento entre las dos Ucranias estaba servido.  La negativa de otorgar la cooficialidad a la lengua rusa en Donestk se saldó con disturbios públicos que ya no se detuvieron hasta los graves enfrentamientos registrados en la plaza de la Independencia de Kiev, el denominado Euromaidán,  y el consiguiente golpe de Estado de febrero de 2014. Prevalecen las tesis ultranacionalistas de Pravi Sektor (Sector Derecho) y Svoboda, cuyos dirigentes permutan sus cazadoras Bomber y sus botas Martens por el traje y la corbata: en el nuevo gobierno obtienen cinco altos cargos, la jefatura del Consejo de Seguridad y Defensa Nacional, así como numerosas infiltraciones en el ejército y la policía. Poco después se desencadena la “operación antiterrorista” dirigida por el ejército  contra las repúblicas de Donestk y Lugansk. Se inicia la guerra civil. 

En abril de 2019, la Rada Suprema aprueba la ley “Para garantizar el funcionamiento del idioma ucraniano como idioma estatal” con el objetivo de eliminar la lengua rusa del espacio público. Hubo resistencias entre diversos parlamentarios que objetaron que la Ley no alcanzaba la esfera de la vida privada y desaceleraba la ucrainización.

Cultura

Se había desatado la rusofobia sin cuartel y la cultura, eterna y universal, está en el punto de mira.  La asamblea legislativa de la región de Leópolis llegó a votar una ley para “imponer una moratoria al uso y transmisión pública de cualquier contenido en lenguaje ruso”. Sus ciudadanos ya no podrán escuchar por la radio a Txaikovsky, Prokofiev, Borodin, Glimka o Rimsky-Korsakov, pongamos por caso. En cuanto a la literatura, Oleksandra Koval, directora del Instituto Ucraniano del Libro, dependiente del Ministerio de Cultura, en una entrevista concedida a Interfax-Ucrania fue taxativa en cuanto al destino de los clásicos rusos: “Según mis cálculos, puede haber más de cien millones de copias de literatura en las colecciones de las bibliotecas públicas que deberán retirarse”. Cien millones de ejemplares de Tolstoi, Pushkin, Dostoievsky, Gogol, Gorki, Turgueniev, Mayakovski, Pasternak, Chejov, Grossman, entre muchísimos otros, que se destinarán a la gran hoguera de la desrusificación. ¿Los motivos? La directora del Instituto del Libro aporta una reflexiva respuesta: “Creo que todavía se escribirán muchas reflexiones y estudios científicos sobre cómo los clásicos rusos influyeron en la mentalidad de los rusos y cómo indirectamente los llevaron a una posición tan agresiva y a intentos de deshumanizar a otros pueblos del mundo, en particular al ucraniano (…) Es una  literatura muy dañina que realmente puede influir en las opiniones de las personas”. Oleksandra Koval, sin embargo, finaliza con una afirmación esperanzadora: “Probablemente deberían permanecer en bibliotecas universitarias y científicas para que los especialistas estudien las raíces del mal y el totalitarismo”. Repito: la directora del Instituto Ucraniano del Libro.

Calle

Y la furia iconoclasta se apoderó de las calles. Al principio fueron los bustos de Marx y los abundantes catafalcos leninistas. Al fin y al cabo, en 1991 había en Ucrania 5.500 monumentos, estatuas o monolitos dedicados a Lenin. Un auténtico overbooking bolchevique. Pero las reminiscencias comunistas –también La Internacional, las “estrellas” soviéticas o los partidos políticos sospechosos- no bastaban y la cancelación se extendió a todo aquello con aroma ruso. Desde el golpe de Maidán en 2014, más de 1000 poblaciones y más de 50.000 calles con evocaciones rusas han cambiado de nombre. El cosmonauta Gagarin, Kutuzov, el general que se enfrentó a Napoleón en Borodino, o el botánico Krylov, pongamos por caso, se quedaron sin su plazuela, su calle o su busto. Aunque el principal damnificado ha sido Pushkin. No había ciudad, pueblo o villorrio que no ostentara con orgullo un parque central, una avenida o un monumento en recuerdo al vate por antonomasia de la literatura rusa moderna. A destacar la depuración del conjunto monumental en el centro de Odessa que representaba Catalina II y los cuatro fundadores de la ciudad –uno de ellos fue José de Ribas y Boyons- que fue erigido en 1900; derribado por los bolcheviques en 1920; restaurado en 2007 y, de nuevo, desmantelado en  2022. El ayuntamiento decidió que en su lugar se ubicara aquello que surgiera tras escrutinio popular.  Hasta ahora, la propuesta que ha recibido más firmas es la erección de una estatua del actor porno gay norteamericano, Billy Harrington, lo cual habla de la óptima calidad del sentido del humor de los ciudadanos de Odessa.

Orígenes

¿Pero cómo llenar ese enorme vacío histórico y cultural, existencial y fundacional, tras la Gran Depuración con nuevos iconos y mitos? Ucrania dispone de un aguerrido plantel de patriotas desde los tiempos dorados de Vladimiro I el Grande allá por el siglo X. Cosacos valerosos, como Ivan Mazepa; atamanes orgullosos, aunque de dudosa lealtad, como Bogdan Jmelnitski o Danilo Terpilo; literatos, como Taras Shevchenko que inspiró el renacimiento cultural ucraniano… Pero todos ellos siempre han figurado en los libros de texto de las escuelas. El carácter incompleto -casi contemporáneo- de la construcción nacional de Ucrania  requería de nuevos símbolos y mitos. Al fin y al cabo, las regiones occidentales de Ucrania, bastión del nacionalismo radical, han pertenecido a Polonia durante 600 años; luego al Imperio Austríaco, durante 120 años y, de nuevo, a Polonia durante 20 años en el período de entreguerras.

La segunda década del siglo XX marca el momento en el que se gesta el moderno sentimiento nacional ucraniano con la aparición del libro Nacionalismo, de Dimitro Dontsov, donde se expone por primera vez la  denominada “teoría del nacionalismo integral” -lejanamente inspirada en la Action Française, de Charles Maurras-, un compendio de antisemitismo, xenofobia, anticomunismo, rusofobia y culto a la violencia. Dontsov, periodista y escritor, fue además traductor de las obras de Benito Mussolini y el Mein Kamp de Hitler y admirador del modelo etnonacionalista de ambos dictadores.

En 1929 nace la Organización de Nacionalistas Ucranianos (OUN), muy influenciada por la doctrina de Dontsov. Eran tiempos convulsos en territorios –“tierras de sangre”, como los denomina el historiador Timothy Snyder- resquebrajados y disputados por los imperios: la OUN y su rama militar UPA (Ejército Insurgente Ucraniano) tuvieron un papel estelar en las masacres que seguirían sin fin y sin nombre. Dos caudillos refulgen en la dirigencia de la OUN: Stepan Bandera y Mykola Lebed. 

Voluntarios de la OUN integraron los batallones Natchtigall y Roland como legión ucraniana de la Wehrmacht y participaron activamente en los pogromos de 1941 en Leópolis (Lviv) donde miles de judíos fueron exterminados. En 1943, con la retirada de las tropas alemanas, tiene lugar la limpieza étnica de Volinia dirigida por el líder local del UPA, Dymitro Klyachkivsky. Cerca de 60.000 polacos fueron pasados a cuchillo en unas cuantas noches de horror. El objetivo era encomiable: preservar la pureza racial de un territorio, Volinia y Galitzia, llamado a ser el centro espiritual de una futura Ucrania libre e independiente.

[Marginalia: recomendable la película Volinia del realizador polaco Wojtec Smarzowski, una aproximación a esas noches de horror]

Poco antes, en 1941, la OUN había proclamado en Leópolis la independencia de Ucrania, esperando el reconocimiento de los ocupantes nazis, que, finalmente, no se dio. Pero el bando hecho público era muy esclarecedor: “Ucrania trabajará en estrecha colaboración con la Gran Alemania nacional-socialista, bajo el liderazgo de su líder Adolf Hitler, que está formando un nuevo orden en Europa y está ayudando al pueblo ucraniano a liberarse de la dominación moscovita”.

Finalmente, los “banderovski” (gentes de Bandera) nutrirán la 14ª División de Granaderos de las Waffen-SS, conocida como División Galitzia, que participó en el frente de Este cuando el Ejército alemán, ya en 1944, estaba devastado y en retirada. La guerra, sin embargo, continuaría para los ucranianos hasta los años 50 contra la ocupación soviética. Y es ese lapso de tiempo el reivindicado hoy como herencia nacional, resistencia frente al invasor comunista y semillero espiritual de la patria.

Héroes

Así pues, el Panteón patriótico nacional se ha acrecentado  con la incorporación de líderes, mitos y gestas –los genocidios no cuentan- vinculados estrechamente con el fascismo pero redimidos por las hazañas resistentes contra el comunismo. Una narrativa que había ido calando hondo en una sociedad asqueada por la corrupción y que se afianzó en el golpe de 2014. Ya el presidente Viktor Yushchenko, en 2010, había concedido póstumamente el título de Héroe Nacional a Stepan Bandera y a Roman Shujiévich, también líder de UPA, oficial de las SS, jefe del Batallón Nachtigall de la Wehrmacht y, ¡ay!, organizador de las masacres de Volinia. Un año después, el nuevo presidente Viktor Yanukovich, que sería defenestrado en el Euromaidán, revocaba la concesión del título. 

Pero siempre quedan las calles y avenidas huérfanas de mitos tras la depuración rusa. Así, la muy  principal avenida Moscú, en Kiev,  se llama hoy avenida Stepan Bandera; también en Kiev, la avenida general Vatutin –general soviético que liberó la ciudad de los nazis- se ha bautizado como avenida Roman Shujiévich. Hace apenas un par de años, el ayuntamiento de Ternopil bautizaba su remodelado estadio deportivo con el nombre de Estadio Roman Shujievich.  Ivan Pavlenko, un nazi antisemita y criminal de guerra,  Nil Khasevich, vinculado con la limpieza étnica de polacos o Simon Petliura, antisemita y responsable de pogromos contra judíos, también disponen de sendas calles y avenidas, amén de placas, túmulos, estatuas y monumentos. Incluso sellos postales, como el emitido en honor a Volodymir Kubiyovich, oficial de la SS y creador de la División Waffen-SS Galitzia, que también tiene calles en Leópolis y Ivano-Frankivsk. 

El 27 de febrero de 2020, el ayuntamiento de Kiev adoptaba por mayoría de votos una resolución para ponerse al día en el tema de efemérides, aniversarios memorables y fiestas de guardar. Los homenajeados póstumos son un abigarrado listado de matones, fascistas y antisemitas de los gloriosos tiempos de la limpieza étnica: Ivan Poltavets-Ostryanitsa, nazi y asistente de Alfred Rosenberg;  Vasyl Levkovych, colaborador nazi y criminal de guerra; Ulas Samchuk, antisemita y participante en el pogromo de Babi Yar; Vasil Sidor, colaborador nazi y participante en las masacres contra los polacos; Yuri Lipe, activista de la OUN; Vladimir Kubiyovich;  organizador de la división Waffen-SS Galitzia; Andriy Melnik, jefe de la OUN y jefe de la policía auxiliar que participó en las ejecuciones de judíos en Babi Yar, Vinnitsa y Zhytomyr…  Hay media docena más de prohombres de similar valía a los que el municipio recordará y celebrará.

Símbolos

Incluso la semiótica nos interpela. No hay que ser muy perspicaz para percatarse de la proliferación de banderas rojinegras en las manifestaciones ciudadanas o en los destacamentos militares que observamos en los noticiarios o en las fotografías de la prensa  sobre la guerra de Ucrania. Esa bandera es el símbolo que mejor define a los fascistas “banderovski”: era la bandera de la OUN y del Ejército Insurgente Ucraniano (UPA). Como el tridente. Ese que luce en todo momento en sus camisetas el presidente Zelensky. Aunque en sus orígenes formaba parte del escudo de armas de Vladimiro I, Gran Príncipe de Kiev, durante nueve siglos durmió en los laureles hasta que fue recuperado en los años veinte del siglo pasado por los ideólogos de la Organización de Nacionalistas Ucranianos (OUN) y el UPA e incorporados en su parafernalia. Y qué decir del ya tan popular ¡Slava Ukraini!¡Heroiam Slava! Pues que es ni más ni menos que el saludo de los fascistas ucranianos del UPA. La cuestión no es baladí: los símbolos nunca son asépticos ni neutrales. Un personaje tan poco sospechoso de rusófilo como el presidente croata, Zoran Milanovic, se despachó a gusto: “Entre el saludo de la Ustacha ‘Por la Patria, ¡listos!’ y el ‘¡Slava Ukraini!’ no hay diferencia”. Y puestos a hacer paralelismos, aquí tenemos el “Arriba España” de resonancias bélicas o el símbolo del yugo y las flechas, que alguna vez perteneció a los Reyes Católicos y que siglos después fue rescatado por el fascismo patrio.

Estremece ver la indiferencia, si no benevolencia, con la que los medios de comunicación abordan esta inquietante deriva ultranacional en Ucrania con una narrativa de poca enjundia, pero inexplicablemente eficaz. Pareciera que el péndulo de las ideas se balanceara de nuevo hacia los tiempos de la Europa siniestra del “Nuevo Orden”. Aquellos gloriosos años de sangre donde reinaban los escuadrones de la muerte, el esencialismo, la xenofobia, el militarismo, el antisemitismo, el culto a la violencia y las patrias exclusivas: Hitler, Mussolini, Franco, Ante Pavelic y sus ustachas,  los chetniks serbios, el húngaro Horthy y su Cruz Flechada, el eslovaco Josef Tiso y su Guardia Hlinka, Antonescu y la Guardia de Hierro, los colaboracionistas franceses de la Legión de Voluntarios- tan pudorosamente disimulados por nuestros vecinos- Stepan Bandera…

Mecenas

El Euromaidán del 2014 y el golpe posterior consolidaron el rumbo y la narrativa. No es casual el esfuerzo dedicado por la diplomacia norteamericana –la oficial y la encubierta- al apoyo de las corrientes más oscuras y recalcitrantes del arco político del país. Sólo esos sectores               –Svoboda, Pravi Sektor- podían conseguir lo que no se consiguió en la Revolución Naranja. Fueron la fuerza de choque, pero también quienes marcaron los tiempos, las estrategias y las negociaciones durante las revueltas. Detrás, una multitud heterogénea de ciudadanos asqueados por la corrupción oficial. Y delante, un personaje clave designado por Obama para encauzar el conflicto: la Secretaria de Estado Adjunta, Victoria Nuland, lobista de la industria bélica, gran impulsora de la invasión y ocupación de Irak y Afganistán y prominente miembro del Deep State. Su presencia en la Plaza Maidán, junto a los líderes ultraderechistas de la revuelta, repartiendo comida a los manifestantes fue portada en los diarios del mundo y los 5.000 millones de dólares que el gobierno norteamericano había aportado a la causa “para promover la democracia” pudieron darse por amortizados. Como bien gastados se consideraron los 65 proyectos financiados por la muy intervencionista National Endowment for Democracy (NED) “en apoyo a la sociedad civil”. Pero tras el golpe soplaron nuevos vientos. Como mantiene el analista de inteligencia Jeff Rogg en Los Angeles Times, en 2015 la CIA iniciaría el entrenamiento de fuerzas especiales y agentes de inteligencia ucranianos.

Refugio

Y es que el idilio entre los banderovski y los servicios de inteligencia occidentales viene de lejos. De cuando la 14ª División de Granaderos de la Waffen SS, casi aniquilada y con numerosos criminales de guerra en sus filas, se entregó a las tropas británicas. El reclamo soviético para su repatriación, tal como se establecía en la Conferencia de Yalta, fue denegado por los ingleses. Hasta el Papa Pío XII intercedió por ellos. Al fin y al cabo, era una lástima que esos jóvenes mozos, fervientes católicos y fanáticos anticomunistas acabaran en Rusia. Así, 8.700 soldados y oficiales ucranianos fueron distribuidos, convenientemente protegidos y con nuevas identidades muchos de ellos, entre Reino Unido, Estados Unidos, Canadá y Australia. Empezaba una nueva vida y la actividad banderista se mantuvo diligentemente entre la diáspora ucraniana. 

El libro Hitler’s Shadow: Nazi War Criminals, U.S. Intelligence and the Cold War, de Richard Breitman y Norman J. W. Goda, es un estudio sobre las millones de páginas desclasificadas sobre crímenes de guerra y que hasta 1998 habían permanecido ocultas a los investigadores. El trabajo revela las disputas entre los servicios secretos británicos MI6, la CIA y el recién creado bajo el mecenazgo de la CIA  Bundesnachrichtendienst (BND, Servicio Federal de Inteligencia de la FDR) para hacerse con los servicios de lo más granado del liderazgo ucraniano. Stepan Bandera, por ejemplo, colaboró con la CIA, el MI6 y hasta fue contactado por los servicios secretos italianos, hasta que estableció su cuartel general en Munich, con documentación falsa, bajo el amparo de Reinhard Gehlen, fundador y primer director del BND y cerebro de la Operación Gladio de la OTAN. Un apunte: Stepan Bandera y Reinhard Gehlen se conocían de cuando éste era el jefe de la contrainteligencia de la Wehrmacht en el Frente Oriental. Bandera fue eliminado en Munich por un agente de la KGB en 1959.

Según los informes desclasificados, Mykola Kyrilovich Lebed , fundador de la OUN junto con Bandera y responsable de la matanza de polacos en Volinia y Galitzia oriental, fue fichado por la CIA, trasladado a Estados Unidos en 1949 y colocado al mando de un centro de investigaciones financiado por la CIA llamado “Prologue”. Dispuso de una protección sin restricciones a pesar de que un informe de contrainteligencia del ejército norteamericano lo calificara como “un conocido sádico y colaborador de los alemanes”. Incluso, la Oficina de Investigaciones Especiales (OSI) del Departamento de Justicia inició en 1985 una investigación sobre Lebed por crímenes de guerra. La CIA intervino. Murió plácidamente en 1998 a los 89 años de edad.

Tras la disolución de la URSS en 1991 la Organización de Nacionalistas Ucranianos (OUN) regresa a Ucrania como Congreso de Nacionalistas Ucranianos, integrándose poco después en el bloque Nuestra Patria de Viktor Yushchenko. El resto, es el presente y la guerra.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.