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“Educar es todo, es sembrar valores, es desarrollar una ética, una actitud ante la vida. Educar es sembrar sentimientos. Educar es buscar todo lo bueno que pueda estar en el alma de un ser humano, cuyo desarrollo es una lucha de contrarios, tendencias instintivas al egoísmo y a otras actitudes que han de ser contrarrestadas y solo pueden ser contrarrestadas por la conciencia” (Fidel Castro Ruz[1])
A esta altura ya se han cumplido siete meses en que producto de la llegada del COVID 19 a Chile las clases presenciales fueron suspendidas. Corridos los meses, lo que más ha quedado de manifiesto en lo que a materia educacional se refiere es la realidad que se arrastra hace décadas en el país, esa que da cuenta de las distancias siderales entre estudiantes y profesores que se cruzan en establecimientos pertenecientes a las clases acomodadas del país y otros que se cruzan en la vereda del frente, esa que da cuenta de una aplastante mayoría marginada, excluida y popular que debe lidiar entre cargar el celular para conectarse a clases o comprar el pan.


