El 74% de la superficie cultivable del mundo está en manos de la agroindustria. Esto ha sido posible por medio de la utilización de semillas transgénicas o genéticamente modificadas -biotecnología- y de una gran cantidad de productos químicos (fertilizantes y pesticidas como el glifosato) por hectárea cultivada que para su fabricación requieren de grandes cantidades de gas y petróleo, junto con el apoyo de grandes subsidios a quienes utilizan estos productos químicos entregados por los gobiernos más poderosos del mundo, de los tratados de Libre Comercio, como el TLC (ahora TMEC) que protegen a esta forma de cultivar maíz y otros cereales y granos y de empresas comercializadoras de cereales y granos que controlan los mercados mundiales.