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Cuando la democracia no es un problema

Fuentes: inSurGente

El Consejo de Ministros del Consejo de Europa proclamó el año 2005 como el «Año Europeo de la Ciudadanía a través de la Educación» y constituyó un Comité ad hoc formado por «reputados» representantes de «reputados» sectores, que han elaborado un documento orientativo: «Aprender y Vivir en Democracia» (que como se figurarán, no tiene desperdicio […]

El Consejo de Ministros del Consejo de Europa proclamó el año 2005 como el «Año Europeo de la Ciudadanía a través de la Educación» y constituyó un Comité ad hoc formado por «reputados» representantes de «reputados» sectores, que han elaborado un documento orientativo: «Aprender y Vivir en Democracia» (que como se figurarán, no tiene desperdicio alguno, empezando por las mayúsculas).
 
Rápidos y obedientes todos los gobiernos se pusieron manos a la obra. Como contribución española se creó el Comité Español y como contribución andaluza, la Consejería de Educación emitió la orden de 12 de septiembre de 2005 por la que se dispone la celebración del Año Europeo de la Ciudadanía a través de la Educación (incluidas las mayúsculas) en los centros andaluces en el curso 2005-2006.
Abordando el tema por partes para intentar comprender los objetivos del Consejo de Europa nos vemos en la obligación de analizar las mayúsculas, las palabras clave: Ciudadanía y Democracia.
La vieja Europa se ha tomado su tiempo para construir tamaños conceptos. Desde finales del siglo XIX hasta mediados del XX (por no salirnos del tiempo reciente), las democracias occidentales han sustentado su ciudadanía y su democracia metropolitana (sin mayúsculas) en el dominio colonial.
 
Se le puede llamar «verdad histórica» a que el proceso por el que Europa, la vieja Europa, construye «su» democracia formal, con «sus» principios liberales, «su» libre mercado y «su» sufragio universal, es paralelo al proceso de expansión colonial por las extensas tierras del sur (África es extensa) y del sureste (hasta Oriente Medio) sin el más mínimo empeño en el compromiso de llevar libertad, con la clara intención del expolio económico, de la acumulación necesaria para retroalimentar y mantener «su» democracia y «su» ciudadanía .
De aquellas arenas estos lodos. Desde las «descolonizaciones» de más allá de mediados del siglo pasado a las agresiones neocolonialistas de Palestina, Afganistán, Iraq o Cuba de hoy mismo, desde la explotación pura y dura de las materias primas a la hambruna incontestable (de hoy y de mañana) del continente africano, la vieja Europa arrastra sus responsabilidades, la ciudadanía y la democracia europeas se han construido sobre el dolor y sobre la necesidad de mirar para otro lado, de taparse la nariz.
 
Cuando el Consejo de Europa elabora el documento orientativo «Aprender y Vivir en Democracia» ¿a qué democracia se refiere, a qué forma de vida se refiere?
 
Asustados por la falta de participación política de su ciudadanía, asustados por la falta de legitimidad de sus democracias formales y vacías, se lanzan sobre la escuela para que les anime el cotarro. Se lanzan sobre la escuela pública para que «convenza a las masas» de las bondades de un sistema que nos llevará de la mano de los dueños del dinero, por la vía del desarrollo y de las nuevas tecnologías hasta las más altas cotas pseudo-democráticas que les asegure la eficiencia y la viabilidad de los mercados.
Con la misma lógica con que promueven procesos electorales en Irak y Afganistán que asegurarán las estructuras necesarias para facilitar las estrategias de dominación y de expolio del mercado, ensalzan una participación formal que no cuestiona las estructuras ni las desigualdades de ningún tipo, que instaura la democracia de mercado como única forma política admisible.
La democracia y la escuela
«La educación para la ciudadanía democrática y para los derechos humanos desarrolla el pensamiento crítico y mejora la convivencia, facilita la comprensión muta, el diálogo intercultural, la solidaridad, la igualdad entre hombres y mujeres y las relaciones armoniosas en los pueblos y entre los pueblos».
 
Podríamos suscribirlo sin sonrojo. Si fuera cierto. Si no fuese parte del papel mojado e inerte de un Boletín Oficial (preámbulo de la Orden del 12 de septiembre de 2005, por la que se dispone la celebración del Año Europeo de la Ciudadanía a través de la Educación en los centros educativos andaluces en el curso 2005-2006).
 
A estas alturas ya tenemos bien claro que no se pretenden promover procesos de participación reales que supongan una construcción colectiva de lo social, una definición colectiva de las necesidades y de los medios, en definitiva, una democracia sustantiva.
 
Se le pide a la escuela que siga siendo un instrumento de legitimación de las estructuras que sirven a las élites y al mercado. La demanda que se le hace a la escuela es la aquiescencia. No hay miedo a que las palabras grandilocuentes se llenen de contenido. No se corre el riesgo de que la participación genere reivindicación, denuncia, sentimiento de pertenencia e identidad, toma de conciencia.
 
De ahí que se le encargue a la escuela tan loable objetivo. Porque la escuela es también el lugar donde mejor se visualiza la vaciedad del concepto de democracia, que llega a ser un asunto no problemático. La democracia no es un problema, carece de presencia viva en la cotidianeidad de la escuela porque no constituye para los actores un problema práctico. Está ahí, preexiste, no hace falta pensarla.*
 
Y esta realidad en la escuela, que deja el camino abierto a la fragmentación y a la ausencia de referentes compartidos para la comprensión de los significados, es el mejor contexto para que democracia y participación sean potenciados y… sigan siendo lo que son.
 
Qué mejor para servir a los fines últimos pretendidos por esta rimbombante celebración que nuestra pre-democrática democracia escolar que:
 
– se basa en la representación estamental y legitima la desigualdad jurídica dentro de la escuela (no se reconoce la igualdad ciudadana en las leyes que regulan la participación en la educación en el estado español);
 
– emplea «la tolerancia» y «el consenso» como conceptos perversos que aplastan como un rodillo discursivo otras voces y ocultan la desigualdad y la injusticia;
 
– entiende el saber como acumulación de conocimiento empaquetado, descontextualizado y acrítico y no como una selección cultural en relación con las estructuras de poder
 
– define con el currículum implícito y omnipresente lo que se entiende por autoridad
 
– oculta, a menudo, bajo el paraguas del respeto a la diversidad el mantenimiento o el refuerzo de las situaciones de desigualdad….
 
Todos estos constituyen la práctica institucional (*), el conjunto de elementos frecuentemente ocultos pero que son esenciales en el día a día ya que todos ellos enseñan conceptos, hábitos y actitudes ante la vida colectiva de manera tan decisiva a como lo hace la instrucción formal. Por tanto, que enseñan lo que se entiende por democracia.
 
Restaurando la democracia en la escuela
Frente a la vaciedad del discurso, a la homogeneización del pensamiento, a los perversos lugares comunes, frente a los intereses que perpetúan las desigualdades, defendemos la necesidad de una escuela que haga de la democracia un problema.
 
Y no encontramos otra forma, en estos tiempos difíciles, que reivindicar el reconocimiento de la crisis, el conflicto y la lucha como armas radicalmente necesarias para vivir la democracia en la escuela. Para combatir así la vacuidad del «buenismo» que da por bueno sólo lo que es bueno para «nosotros», para el poder.
 
Y en esa tarea cuestionar y reflexionar el saber y el currículo, generar estructuras de participación horizontales. Propiciar espacios. Rescatar otras voces. Reivindicar el poder compartido. Buscar la corresponsabilización en lugar de la sumisión. Trabajar lo colectivo frente a lo individual. Problematizar la realidad empezando por nuestras prácticas cotidianas. Reconstruir el significado de ciudadanía y de la identidad. Cuestionar y analizar el poder.
 
Porque en el discurso vacío del Consejo de Europa y de la Consejería de Educación, la democracia no importa, está instalada en un lugar inalcanzable, arriba, muy arriba de las estanterías, donde no moleste.
 
* Martínez Bonafé, Ángels (coord) (2002) Vivir la democracia en la escuela. Seminario Democracia y Escuela del Movimiento de Renovación Pedagógica «Escola d’Estiu» del País Valencià. Publicaciones MCEP. Sevilla