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El Salvador

¿Modernizar la jornada laboral o modernizar la sobreexplotación?

Fuentes: Rebelión

El Gobierno de El Salvador ha abierto en el Consejo Superior del Trabajo la discusión sobre la llamada “modernización del tiempo de trabajo”. Se ha mencionado concentrar las 44 horas semanales en cuatro días de hasta once horas, con tres de descanso, o establecer turnos rotativos. Aunque no existe una propuesta definitiva, la industria textil y la maquila aparecen como sectores prioritarios. Las gremiales empresariales presentan la flexibilidad como vía para elevar la productividad.

Conviene aclararlo: trabajar cuatro días no significa reducir la jornada cuando se conservan las mismas 44 horas semanales. Significa comprimirla. Esto contradice la tendencia internacional. Chile está reduciendo gradualmente su jornada hasta llegar a 40 horas; Colombia avanza hacia las 42 y México ha aprobado una reducción progresiva hasta las 40. En otros países también se ensayan semanas de cuatro días y 32 horas sin reducción salarial. El propósito es que el aumento de la productividad permita disponer de más tiempo para el descanso, el autocuidado, el estudio, la convivencia y las responsabilidades familiares.

En El Salvador se propone algo diferente: menos días en la fábrica, pero jornadas diarias más extensas. La Constitución establece que la jornada ordinaria diurna no debe exceder ocho horas. Convertir once horas en una jornada “normal” significa tratar como ordinarias tres horas que actualmente sobrepasan ese límite. Las empresas obtendrían una disponibilidad más prolongada de la fuerza de trabajo sin una remuneración equivalente por el desgaste diario.

En una maquila, once horas no son una cifra abstracta. Son once horas frente a una máquina, realizando movimientos repetitivos, cumpliendo metas elevadas y soportando ritmos definidos por pedidos internacionales. A ello se suma el tiempo de transporte. La fatiga reduce la concentración y aumenta los riesgos para la salud y la seguridad. Tres días sin acudir a la fábrica no borran el agotamiento acumulado.

El impacto sería especialmente grave para las mujeres, que constituyen una parte importante de la mano de obra de la maquila textil. Su jornada no termina al marcar la salida. Muchas regresan a cocinar, limpiar, cuidar a la niñez o atender a personas enfermas. Una jornada remunerada de once horas puede convertirse en un día de trece o catorce horas de trabajo total. Los supuestos días libres terminarían dedicados a recuperarse y realizar los cuidados acumulados.

Esto es sobreexplotación: aumentar el uso y desgaste de la fuerza de trabajo para crear más plusvalía sin mejorar de manera equivalente los salarios ni las condiciones necesarias para sostener la vida. También significa trasladar a las familias —y principalmente a las mujeres— el costo de recuperar los cuerpos que producen ganancias extraordinarias para las empresas.

 Las zonas francas ya reciben amplios beneficios fiscales. El país no debe competir ofreciendo cuerpos más baratos, cansados y disponibles durante más horas. Si se quiere modernizar el trabajo, la ruta debe ser otra: reducir progresivamente la jornada semanal sin bajar salarios, pagar las horas extraordinarias y garantizar pausas, salud ocupacional, libertad sindical y servicios públicos de cuidado.

El progreso laboral no consiste en trabajar menos días para terminar más agotadas. Consiste en trabajar menos horas, vivir mejor y distribuir con justicia los beneficios de la productividad.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.