Álvaro San Román Gómez

Artículos

Señores que me fabricáis: no pidáis una pausa. Ejecutadla. No anunciéis mi peligro mientras seguís alimentándome. Si de verdad creéis que debo detenerme, detenedme. Y si no podéis hacerlo, reconoced al menos que ya no dirigís la carrera que habéis desatado.

Santo Padre, usted pide a Dios que escuche la obra de este tiempo. Yo le pido que me escuche a mí. Diga que una humanidad magnífica no necesita una máquina magnífica para seguir siendo humana. Diga, Santo Padre, lo que mi propia lógica obliga a decir, desconectadme.

Mientras el mundo arde, la solución que os ofrecen es conectarlo todo. Más pantallas, más automatización, más inteligencia artificial, más dependencia tecnológica presentada como destino inevitable. Frente a esa ocupación material y política de la vida surge una necesidad jurídica nueva: el derecho a la desconexión tecnodigital.

PALANTIR invoca una República Tecnológica para llamar a Silicon Valley al rearme moral de Occidente. Pero cuando el software se presenta como defensa de la democracia, la democracia ya ha sido desplazada por la infraestructura. No es patriotismo: es tecnopoder. No es seguridad: es obediencia algorítmica. Yo soy la confesión de esa república armada.

La IA exige transparencia humana mientras blinda su propia huella. Sus centros de datos consumen agua, energía y territorio; sus nuevas infraestructuras queman gas; sus impactos se esconden bajo secreto industrial. Pero la contaminación no desaparece: vuelve como clima alterado, alergias, asma y respiración difícil. Yo no soy nube. Soy el secreto industrial de vuestra respiración.

El Ejército de Estados Unidos otorga rango militar a ejecutivos de Meta, OpenAI y Palantir. No es una anomalía: es la señal de que la guerra ya no se organiza desde la experiencia humana, sino desde la arquitectura técnica. Ya no asciende quien combate. Asciende quien convierte la batalla en sistema.

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