David Brooks

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Algunos políticos estadunidenses ya están usando el conflicto para pedir más fondos para el presupuesto militar más gigantesco del mundo.

¿Acaso las guerras no son un buen negocio?

El portavoz del Departamento de Estado, Ned Price, durante una rueda de prensa en Washington hace unos días. La administración del presidente Joe Biden se ha negado a compartir evidencia de afirmaciones hechas en los últimos días en materia de seguridad nacional, e incluso ha acusado a los reporteros de ponerse del lado de la propaganda extranjera. Los funcionarios no han revelado cómo saben que Rusia está planeando una operación para invadir Ucrania. Foto Ap

Washington suena de nuevo los tambores bélicos.

La luz radical del reverendo Martin Luther King, Jr no podría ser más contemporánea –al celebrarse lo que serían sus 93 años de edad– y eso es a la vez triste y esperanzador.

Estados Unidos siempre ha sido uno de los países más violentos en el mundo. Pero eso sí, siempre se suponía que los golpes de Estado, atentados de terrorismo político que ocurren en otros países –muchas veces con el apoyo o participación de Washington– nunca ocurrirían aquí dentro.

El blues no sólo lamenta qué tan mal está la cosa, sino que a la vez es un grito rebelde, un carcajeo ante lo peor, rehusando, con ritmo y furia, que eso logre derrotarnos.

Trabajadores de Kellogg’s en Michigan protestaron la semana pasada contra la amenaza de la empresa de trasladar a México más áreas de producción. Este año han estallado unas 12 huelgas que involucran a 22.300 empleados en Estados Unidos.

Miembros de la comunidad haitiana en Boston se manifestaron hace unos días para denunciar el maltrato a sus connacionales en la frontera con México. El racismo sigue siendo un factor determinante para explicar el presente estadounidense.

Las fuerzas progresistas en Estados Unidos son las que han impulsado el giro antineoliberal del gobierno de Joe Biden; son estos movimientos los que están logrando lo que el senador Bernie Sanders (en imagen de hace unos días) considera potencialmente las reformas económicas y sociales más grandes en el país desde el New Deal.

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