Ekaitz Cancela

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Las tecnologías son dispositivos culturales, fuentes de poder blando e inteligente, que permiten un Estado represivo perpetuar una “economía de libre mercado”

¿Financiaría Netflix una serie en la que empresas señaladas por casos de corrupción, como Gespol, gestionan los servicios informáticos de la policía local de decenas de comisarías de España? ¿Y si esta misma u otras empresas estuvieran desarrollando, con dinero público, herramientas de policía predictiva, que luego venden a otras administraciones públicas? No es ninguna distopía, algunas firmas especializadas en estos campos tienen acceso privilegiado a decenas de miles de datos privados, sin que ningún organismo, local, regional, o estatal la audite, porque sencillamente carecemos de los instrumentos necesarios para ello.

El debate sobre cómo enfrentar el enorme poder de las empresas tecnológicas que está teniendo lugar en Estados Unidos se encuentra dominado por una perspectiva que se mueve entre lo conservador en el plano político y lo ortodoxo en materia económica.

Falsos autónomos

La empresa Uber, a la que algunos inversores han llegado a llamar «estafa piramidal», se financia gracias a fondos de inversión y otras empresas tecnológicas tras las que también se encuentra Arabia Saudí.

Las últimas huelgas ponen de manifiesto una nueva realidad económica: los gigantes tecnológicos obtienen ganancias enormes y cada vez más gente es empujada hacia el sector de servicios de la economía, con bajos salarios.

La multinacional estadounidense prepara su desembarco en la vieja Babcock & Wilcox de Trapagaran con un modelo que bajo el pretexto de la creación de puestos de trabajo altera el consumo local además de las numerosas críticas sobre sus condiciones laborales

La izquierda se encuentra luchando contra viejos fantasmas dentro de los límites culturales que los nuevos monstruos, mucho más poderosos y peligrosos que los de antaño, establecen como sentido común de época.

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