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Quizá con los ataques terroristas de Trump y Netanyahu contra la República Islámica de Irán en la madrugada del sábado 28 de febrero haya comenzado, por fin, a terminar el día más largo de la historia
Afganistán ha caído en la trampa que la geografía y la historia hace muchos años le habían tendido.
Durante mucho tiempo, después de terminada la Segunda Guerra Mundial, las derechas, públicamente, se autoproclamaron de centro, tratando de distanciarse, no por diferencias ideológicas, éticas o morales, sino por mero pragmatismo político, de lo que sus camaradas, alemanes, italianos y japoneses, habían hecho entre 1939 y 1945.
Los frentes en que opera el terrorismo a nivel global, particularmente el que lo hace bajo la cobertura del fundamentalismo islámico, son más activos.
En el contexto del maremágnum libio, que se inició en 2011 con la operación que derrocó y asesinó al coronel Muhammad Gadafi, sus hijos también han sido víctimas del odio desenfrenado que Occidente tuvo hacia su padre.
Solo una línea de mil cuatrocientos kilómetros separa a Chad del infierno de la guerra civil sudanesa, que el próximo abril cumplirá tres años.


