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Desde hace más de setenta mil años, el hombre nomina, define, designa con una palabra a las cosas e incluso a los acontecimientos. Por lo que quizás no le sea demasiado arduo nombrar lo que por estos días acaban de terminar, momentáneamente, en Gaza.
Sería prácticamente imposible hacer un ranking sobre cuál de las ocho monarquías árabes existentes en la actualidad es la más corrupta, ya que todas, Arabia Saudita, Jordania, Marruecos, Bahréin, Kuwait, Omán, Catar o Emiratos Árabes Unidos (EAU), tienen sobrados méritos para estar en el primer lugar.
Desde que el presidente egipcio Abdel Fattah al-Sisi puso en marcha la Operación Integral Sinaí 2018 (ver: Egipto: al-Sisi se va a la guerra), para lo que destacó importantes dotaciones de las fuerzas armadas con el fin de erradicar el terrorismo, la península se convirtió en un coto vedado para el periodismo.
Una vez más, las tensiones constantes entre las dos principales facciones políticas-militares y étnicas de Sudán del Sur amenazan con encender una nueva guerra civil, que es prácticamente la misma que se libró desde 2013 a 2018 y dejó cuatrocientos mil muertos y cuatro millones de desplazados.
La intensidad de la guerra civil sudanesa ha obligado a cerca de catorce millones de personas a dejarlo todo y desplazarse hacia áreas donde los combates todavía no han llegado, o al menos esa intensidad es un poco más atenuada.
Sí, abiertamente el mundo ha soltado la mano a Palestina, donde la humanidad ha escalado a un nivel de cinismo y perversión que jamás creímos que pudiera lograr, digámoslo de una vez, incluso con los nazis, ya que en este caso no nos podremos amparar en la excusa de la ignorancia o de falta de información.
Quizás la crisis humanitaria que se vive a lo largo de los mil cuatrocientos kilómetros de frontera entre Chad y Sudán muestra sin tapujos la intensidad y las consecuencias de la guerra civil sudanesa.


