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Cambalache (no tanguero) del siglo XXI

Fuentes: Rebelión - Imagen: "América invertida" (1943), Joaquín Torres García.

Esta nueva normalidad no empezó con el COVID-19, el contagio solo animó eso que parecía inerte y a muchos les quitó escamas de las vistas, pero los adueñados de la vida cotidiana de los países se quedaron sin caretas. Y se supo: neoliberalismo despiadado y atroz, narrativas políticas ramplonas, privatizaciones sin ley, gobernantes ranfleros y más adjetivos de rabia y dolor… en Ecuador, Brasil, Bolivia, Uruguay.

Enseñar al que llega buscando[1].

            Érase en un día de estos, millones de barriobajeros, villeros, palenqueros y quilombolas todos urbanos, todos emboscados por los actuales Gobiernos agrios y el COVID-19; unos domiciliados justo ahí donde le rascan la barriga a los ángeles de tan cerca que los barrios están del cielo. Cada metro cuadrado de ladera habitada y en cuenta regresiva su próximo desmoronamiento en plan sepultura. Los barrios colgantes de nuestras ciudades. La democracia es una cuestión puntual y de prisa en estas geografías, sin Dios ni ley. O a veces con ambos, pero ni los rezos alcanzan y la ley es un estorbo selectivo. Eso es ahora y empeorando. Allá y más allá mujeres y hombres de barrio adentro recodando los liderazgos del progresismo y explicando con el idioma del corazón las tres amarguras de la jornada. ¡Qué más da cómo se llame en Bolivia, Ecuador o Brasil! Nuestras teorías, bien adobadas de academicismos, son cristales contra piedras de nostalgias y memoria de desquites, a nadie le gusta perder, más aún cuando siente la desazón del faltante. Miren ustedes, la actual clase política con las mañas de gobernar como a inicios de las repúblicas americanas y los barrios plantados en el siglo XXI. La izquierda tiene el desafío inmediato de distanciarse en hecho y discurso, porque el “todo son lo mismo” es vendaval sin rumbo que deja estropicios lamentables como dictaduras o derechas parecidas.  

            Once upon a time in the slum[2]. Érase un día en las barriadas marginales (dichos de la sociología costumbrista). Érase un día de estos, al fondo de la ciudad, en esos arrabales de códigos diferentes, porque “es otro mundo”. Érase un día de estos inventando la vida, sin más filosofía que aquella proveniente del tango: “la vida es y será una porquería[3]”. Un día de estos, al final del día, con la tarde bien bajita, las luces adornando una noche húmeda, alguien que no tiene discurso político la deja en el aire para nadie, solo por el gusto de decirla: “She’su madre, ya no queremos respuestas, queremos soluciones. Diga, compa”. ¿Qué se le responde a un descamisado a esa hora de la tarde? Ahí en el barrio se salmodia bien bonito: “la rabia de un chiro[4] es peor que la furia de un loco”. El punto de lectura terminó en una explicación instintiva: ¿es la nueva normalidad?

¿Nueva normalidad?

            ¿Quién diablos inventó eso de la nueva normalidad? ¿Y qué mismo es eso? Averigüe  Dios y perdone, las abuelas solían zanjar cualquier desacuerdo con esta frase enigmática. Pero la nueva normalidad es tan nueva como la modernidad y es que se pretende normalizar el arranche de vidas negras, elogiar el descaro brutal de los gobernantes e institucionalizar aquello de que “él que no afana es un gil”[5]. Nuestros países, en su mayoría, son mercaditos políticos de pulgas. A muchos nos aturde el espejismo idiota de los medios de comunicación. En el noticiario de las siete de la noche informan exactamente lo contario de aquello que está ocurriendo en la puerta de nuestras casas: la pobreza de cuerpo entero y con la avergonzada mano estirada. O que les compres cualquier chuchería, o cumplir un trabajito que no es necesario o simplemente rebusque de lo que falta y compártalo. Ironía de frase, porque la dijo el escritor y no el militante del neoliberalismo: “¿en qué momento se jodieron los países americanos?” [6]Casi todos nuestros países, para ser justos. De todas maneras, el transcurrir de nuestros países tiene episodios literales y literarios. No sé quién hizo la descripción exacta para este ahora: realismo mágico sucio y deplorable. Bilongo, damas y caballeros. Del peor, del entripado, del enconchado en el cerebro de las comunidades.

            Esta nueva normalidad no empezó con el COVID-19, el contagio solo animó eso que parecía inerte y a muchos les quitó escamas de las vistas, pero los adueñados de la vida cotidiana de los países se quedaron sin caretas. Y se supo: neoliberalismo despiadado y atroz, narrativas políticas ramplonas, privatizaciones sin ley, gobernantes ranfleros y más adjetivos de rabia y dolor. Salía el progresismo por una puerta y por otra al atropello entraban los actuales cromos gobernantes. Y van por los bienes públicos como perros con hambre. En Ecuador, en Bolivia, en Uruguay, por los titulares de prensa de estos días. De aquella prensa con el ADN de Rebelión. Así empieza la nueva normalidad. Todo neo. La corrupción con luces de neón, el neo-entreguismo rastrero, los neófitos estrenando poder, el borroneo de frases sin sentido, neo-desfachatez para explicar el altísimo desempleo y el qué pasa si todo es neo. Todos neo-colonizados. El neo-imperialismo de la idiotez, de norte a sur. Y esos comentaristas de aquella cadena de televisión de la letra Ñ en español, bobean (o babean) perorando sobre la nueva normalidad. Qué sé yo, son muchos y brotan en las pantallas catódicas como viruela, parece otra epidemia. Si fuera un filme pediría que la música la compusiera Ennio Morricone, por ejemplo, algo parecido a The Godfather. ¡No! ¡Demasiado agradable para el vómito político que ensucia a las Américas! (¿Cabe decir con sus excepciones?)

Neologismo imprescindible: pobretud

            Érase una vez en la literatura política. Corrección impropia, pero apropiada: la fase superior del capitalismo no es el imperialismo, sino el bandidismo. Al menos en estos días. Lenin no previó lo sofisticado que podrían ser los bandidos, la capacidad de convencimiento hasta para aceptar el robo como política mundial. Nueva normalidad equivale a normalizar el bandidaje como manejo de las relaciones públicas internacionales y nacionales. Gran Bretaña se apropia del oro de Venezuela, así como si nada; el dinero de Libia está repartido en diferentes bancos europeos y no lo devuelven; a Cuba se la ponen difícil con ciertos productos medicinales, ni mostrando el dinero, a Irán los océanos se los quieren convertir en charcas privadas,  a China le estornudan en la narices costeras. ¿Siempre fue así o es la nueva normalidad? ¿Bandidismo imperial o bandidismo a secas? Cualquiera que sea la respuesta, pero es una etapa rara. Resulta imposible subestimar las malas compañías de los Estados bandidos. (Nuestras madres se murieron previniéndonos de las malas compañías para que ahora sea lo políticamente deseable).

            ¿Las teorías políticas? ¡Tonterías! Se ruega leer al revés Robin Hood: atracar la alcancía de la pobretud  para los riquísimos de algunos países. Es como una perversión que no asombra, sorprende, pero no asombra; cinismo evidente y cruel sin ninguna simulación; es como un evangelio maldito para bendecir altas infamias de la sociedad dominante. De una oligarquía desalmada que considera que ninguna vida importa. ¿Es este panorama de perversión la nueva normalidad? La nueva normalidad hace alarde del racismo no solo en USA también en las Américas de habla castellana o portuguesa. La nueva normalidad con antigua y peor inmoralidad, es tragedia y con la peor comedia que paraliza por el estupor. El Covid-19 sirvió para que las puertas fueran más anchas para el traslado sencillo de la riqueza pública. “La burguesía ha desempeñado, en el transcurso de la historia, un papel verdaderamente revolucionario”[7]. Qué pena admitirlo, pero nunca más será. Ahora es el capitalismo de bandidos, sin la nobleza problemática del lumpen. Eso es la nueva normalidad de la prensa de la otra orilla, con sus narrativas inverosímiles y sus justificaciones malvadas. ¿Esto lo previó Carlitos de Tréveris? Ni en sus peores pesadillas.

Así es la nueva normalidad

            La nueva normalidad es invención de la derecha más rudimentaria salida de no se sabe dónde para desaparecer a la izquierda, al progresismo y retroceder el tiempo hasta el siglo XIX. O más atrás si se lo permitimos. Y desaparecer todo vestigio de resistencia. Sin ética, sin política y sin más acciones que las producidas en sus angurrias entrañables con el lujo publicitario de sus revistas de alta sociedad. O como quiera que se llame para el boquiabiertismo popular y prolongado. ¿Y qué?

            Érase que se era en el tiempo de la inutilidad del voto. Hay una clase gobernante deplorable trepada al mando gubernamental por el voto popular o sea no carecen de legitimidad. Y legalidad. Apenas ocultaron sus intenciones, apenas disfrazaron sus métodos, apenas disfrazaron sus desprecios. Y allá están viéndonos la cara de gil. Ahora la nueva normalidad de esta derecha malparida (corrección, bien parida, porque fue electa, no debemos olvidar) tiene una moralidad de vertedero urbano, aunque trampeada la pestilencia con artilugios de democracia; o quizás irrespirables como cinco Chernóbiles. Quienes no son de allá, mujeres u hombres, hagan el ejercicio catártico de meterse en la piel de la gente boliviana, de la gente brasileña, de la gente ecuatoriana o de la gente chilena. Seleccionen en el mapa de la desgracia el sujeto de la analogía, porque la geo-historia cuestiona el normalis novum. O su trágico envase inesperado y preciso: el Covid-19. Achille Mbembe ya lo había explicado, pero ahora se facilita la decisión necrológica de la sociedad dominante y su comprensión. Bromas a un lado: la llaman nueva normalidad y es más antigua que el crimen.

            El desesperado pedido del hermano George Floyd, Jr está también en las barriadas de las Américas: I can’t breathe[8]. Ya no podemos respirar podría ser algo más que una metáfora o un tema ambiental, es eso que A. Mbembe nombra como economía emocional (“o nos mata el COVID-19 o nos morimos de hambre”). Va más allá, porque involucra “todo aquello que lleva marca de la vida y de la muerte, de la abundancia y de la plenitud, es decir, de la riqueza”[9]. Es el preciso escenario político, social y cultural del Planeta de ciudades miserias[10] de las Américas. Es como el cambalache tanguero más amplio y más sofisticado. Más complicado por la economía emocional para hacer goles en contra de nuestras comunidades y de nuestros aliados políticos. Quizás este un ajuste de cuentas con nuestras decisiones colectivas y en el reparto de responsabilidades se coló la derecha primaria y troglodita.

¿Se nos viene el firmamento encima?

            Las izquierdas según sus técnicas radicales, sus discursos temporales, sus apegos a dogmas discutibles o sus tribalismos insulsos, para nada marxistas, debe mirarle la cara a la verdad de la calle y de las esquinas. Y es para ayer. De repente exagero, pero “el firmamento se nos viene encima”[11] y debemos crear el “rayo de luz que se precipite sobre la baba oscura de la bestia”[12]. El Covid-19 no es solo el gran problema sanitario, siendo inmenso amplía la inmensidad de otro: el racismo. ¡Qué no suene a manifiesto de trasnoche! Por favor. Y sí arrullo combativo afropacífico. Las diversidades oprimidas (por raza, género, religión) tienen vida propia: cultural y política. ¿Entenderán progresismo e izquierdas? Siyemeji j rogbodiyan[13], diría una abuela de la otra orilla. “¿Hasta qué punto tiene el proletariado informal ‘la misión histórica’, el más poderoso de los talismanes marxistas?”[14] Me uno a esa pregunta de Mike Davis. Los grupos opresores nos tienen donde nos querían tener: “Donde perro come perro/ y por un peso te matan”[15]. Si antes del Covid-19, la calle estaba dura, ¿cómo estará ahora? No solo en Ecuador.

            Érase una vez en los territorios urbanos y rurales de las Américas. Un día de estos no asombrará que cuando alguien hable de ética, muchos quieran sacar armas. O, en mala hora, algunos de estos presidentes, de principios morales de cartón piedra, esté respondiendo molesto: “¿ética? ¿Y eso para qué mierdas sirve?”

            En fin, todos los caminos conducen a la izquierda y al progresismo. Por fuera de aquello, los milagros. Y aquello no ocurre en política.  


[1] Pensar sembrando/sembrar pensando con el Abuelo Zenón, Juan García Salazar y Catherine Walsh, Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador y Ediciones Abya Yala, Quito, 2017, p. 22.

[2] Érase una vez en el arrabal.

[3] Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé, versos del tango Cambalache, Enrique Santos Discépolo.

[4] Ecuatorianismo. Significa: no tener dinero. O también se usa: estar pelado.

[5] Ibídem.

[6] Frase prestada de la novela Conversación en la catedral, de Mario Vargas Llosa.

[7] Tomado del Manifiesto comunista, de Carlos Marx y Federico Engels.

[8] No puedo respirar.

[9] Crítica de la razón negra, Achille Mbembe, Editor Service, S. L., 2016, Barcelona, p. 189.

[10] Planet of slums, Mike Davis, 2006.

[11] (…) Pero, en otro sentido,/ es como quien escupe para arriba/ con ganas de apagar alguna estrella,/ y se le viene el firmamento encima,/ y un gran chorro de luz se precipita/ sobre la baba oscura de la bestia. Versos del poema Los cuatro generales y el poeta, de Antonio Preciado, De sol a sol, LIBRESA, Quito, 1992. P. 229.

[12] Ibídem.

[13] Dudar es revolucionario, en yoruba.

[14] Planeta de ciudades miseria, Mike Davis, Ediciones Akal S. A. Madrid, 2014, p. 258.

[15] Ahora me da pena, canción (salsa) de Henry Fiol.

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