Pedro Barragán | 

La globalización financiera no ha eliminado los riesgos, los ha conectado, y una tensión monetaria localizada puede recorrer el planeta en cuestión de horas

Los europeos se fríen bajo una ola de calor con temperaturas récord que atraviesan todo el continente multiplicando feroces incendios. A los efectos del cambio climático en curso se le suma la incidencia de la guerra en Ucrania, creando un círculo vicioso que se retroalimenta, donde a las víctimas y la destrucción del conflicto se le suma el daño irreparable al medio ambiente. Con otra dimensión, los ataques de EEUU e Israel contra Irán producen impactos similares en los ecosistemas.

El legado de la esclavitud, del colonialismo, de la Conferencia de Berlín, de la conquista imperial y de la extracción de la riqueza de África contribuyeron a dar forma a una economía global que enriqueció imperios, a la vez que dejaba a muchas sociedades africanas con instituciones frágiles y profundas desigualdades.

Las y los fotógrafos sudafricanos que lucharon contra el apartheid no se limitaron a registrar la brutalidad. Conservaron pruebas, construyeron una memoria colectiva y convirtieron la cámara en un arma de formación política y solidaridad internacional.

Hace algunos meses publiqué una columna titulada «Johannes Kaiser y la cofradía de los macholibertarios» (1), donde sostuve que La Cofradía, espacio de ultraderecha vinculado a Johannes Kaiser, funcionaba como un espacio digital de promoción de la masculinidad hegemónica, dedicado a ridiculizar lo diferente, despreciar la vulnerabilidad y demostrar virilidad mediante la humillación permanente.

Ramón Contreras López | 

Los incendios y las olas de calor no son un fenómeno natural: son la factura de un modelo económico que sigue intacto

No basta con abaratar la comida

La disyuntiva entre supermercados públicos o seguridad social alimentaria está mal formulada. Las dos son necesarias y, al mismo tiempo, insuficientes: la primera actúa sobre la distribución; la segunda, sobre la demanda, pero ninguna puede transformar por sí sola la forma en que producimos los alimentos. Y ese es uno de los elementos críticos del siglo XXI