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La historiografía marxista más tosca ha mantenido de manera implícita un alto grado de positivismo con trágicas consecuencias políticas. Se trata de un prejuicio según el cual solo el modelo industrial y fabril habría introducido procesos de modernización que, en última instancia, han determinado la forma y composición de la figura del trabajador. Sin embargo, el capital viene respondiendo desde tiempo atrás al empuje y las respuestas obreras a partir de intensos procesos de descentralización y reorganización productiva con el fin de debilitar la unidad sindical y la cohesión social.
La población mundial aumenta al ritmo veloz de las desigualdades.
A lo largo del siglo pasado, los socialdemócratas apoyaron un modelo de sociedad en el que los impuestos sobre la renta y el consumo elevados y progresivos se han justificado como medio para reducir la desigualdad y la pobreza, al tiempo que se sufragaba un conjunto cada vez mayor de prestaciones estatales y servicios públicos. Esta receta resultó válida a lo largo de muchas décadas, asegurando victorias electorales regulares.