Recomiendo:
2

Perú

El agua continua horada la piedra

Fuentes: Rebelión

Hay dos grandes, y graves, problemas que agobian el escenario de hoy en nuestro país: la ley de Deforestación  alentada por el Gobierno y la privatización del agua, programada por iniciativa y presión del neoliberalismo en curso,  dócilmente acatado por Dina Boluarte  y el empresariado, empeñados en obtener nuevos ingresos a partir de la explotación  inicua de las necesidades de la población.

La deforestación anunciada mata los bosques, afecta severamente la biodiversidad, asesta  duros golpes al ecosistema y perjudica sobre todo a las poblaciones originarias y a su modelo de vida. Y lo hace en provecho de unas cuantas empresas empeñadas en succionar la riqueza de la tierra o impulsar asociaciones mercantiles en el sector.

Y la privatización del agua registra cambios de primer nivel, porque no se trata tan sólo de afectar el líquido que cae por las tuberías en los predios urbanos. La privatización afecta las fuentes: las lagunas, los ríos, las vertientes originarias del agua y los recipientes naturales situados en las zonas alto andina. También, por cierto, tiene el mismo carácter. Se orienta a convertir este requerimiento humano en una mercancía en provecho   de grandes consorcios.

A estos retos hay que sumar los asuntos casi cotidianos que derivan de las acciones del poder, graficadas en las decisiones del Congreso de la República y en las acciones de los írritos representantes del Poder Ejecutivo.

 Por ambas vías el pueblo recibe agresiones cotidianas que colman la paciencia de millones. Por eso, bien puede decirse ahora que la gota continua horada la piedra. Cada vez más la gente grita, a conciencia: ¡Basta ya…!

Lo más reciente ha sido -en el plano legislativo- la guadaña que cortara cabezas a la Junta Nacional de Justicia en forma ilegal y abusiva. De hecho, se tiene criticas fundadas contra organismos de ese género,  pero no se puede convalidar abusos de poder como el de permitir votar a miembros de la Comisión Permanente en el Pleno cuando no lo tienen ni sancionar por delitos inexistentes a unos y cobijar las acciones dolosas de otros.

La misma inhabilitación de la congresista María Cordero se explica tan sólo como una maniobra en favor de fuerza popular asegurándole un voto más para sus entuertos. Solo así se explica el que de 10 congresistas acusados de lo mismo, 9 hayan sido “blindados” por la “mayoría” y sólo ella, sea sancionada.

Y por el lado del Ejecutivo, a la “muerte súbita” de Alberto Otárola por un asunto de faldas, se ha sumado la excentricidad de Dina Boluarte, coleccionista no sólo de cadáveres, sino también de relojes. Al decir de la Fiscalía, son 15 los accesorios de “alta gama” que guarda la “Dama de yerro”, que yerra una vez más.

Aunque hoy no lo parezca, resulta obvio que en cualquier momento esto va a estallar como un caldero. Si no existe una vanguardia que sea capaz de liderar las inquietudes populares, la situación habrá de derivar en la anarquía, pero, en todo caso, no seguirá “todo como está”. Eso es seguro.

Los teóricos de la política hablan de una “situación revolucionaria”. Ella se produce cuando “los de arriba” no pueden seguir gobernando como antes; y “los de abajo” no aceptan seguir siendo sometidos como siempre. En otras palabras, “los de arriba no pueden y los de abajo no quieren” seguir como antes.

Eso es lo que produce una “crisis de poder”, Pero no toda crisis culmina en una revolución. Antonio Gramsci decía que “cuando lo viejo se muere y lo nuevo tarde en aparecer,  es cuando surgen los monstruos” 

Para que se produzca una revolución es indispensable que confluyan dos factores: los objetivos, y los subjetivos. Los primeros, tienen que ver con la situación real de las masas y el nivel que alcanzan en ella las contradicciones de clase. Los segundos, con el grado de preparación que muestren las fuerzas empeñadas en alentar y promover el cambio: la vanguardia.

Por eso es indispensable que quienes busquen realmente jugar un papel protagónico en la lucha de nuestro pueblo, busquen sobre todo llegar a la conciencia de los trabajadores y el pueblo, Pero hacerlo con un mensaje político, y no sólo con un esquema de orden sindical y reivindicativo. José Carlos Mariátegui, en torno a la materia, era bastante claro y directo: “un proletariado sin más ideal que luchar por el salario y las condiciones de trabajo será siempre incapaz de emprender una tarea histórica”.

Vale decir, no basta pelear por el Pliego. Hay que combatir contra la sociedad capitalista y burguesa y buscar reemplazarla por otra, la sociedad socialista. Puede sonar lejana ella, pero es real y existe.

Cualquier cambio que sirva para debilitar el orden social imperante constituye un avance del movimiento popular. Ayuda a nutrir la conciencia de clase, pero también a organizar y elevar la capacidad de entendimiento y comprensión de los trabajadores.

Por lo demás, la revolución social no se decreta ni se espera. El poder popular se construye en la medida que se afirma el papel de los trabajadores y se consolida la fuerza del pueblo. Todo lo que desgate al enemigo fortalece nuestra trinchera, del mismo modo como todo lo que nos debilita sirve a nuestros adversarios. ¿Es difícil entenderlo? 

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.