Recomiendo:
0

El rol de los aparatos ideológicos y la desinformación (y III)

Fuentes: Rebelión

Intelectuales de la línea de Robinson Salazar y Manuel Acuña han puesto énfasis en la guerra cultural y mediática. Los monopolios de la información operan para idiotizar o insensibilizar a la ciudadanía, despolitizando a la sociedad a través del espectáculo y construyendo enemigos internos ficticios para mantener el statu quo.1

Haciendo una síntesis crítica, para este grupo de intelectuales, el avance de la derecha en América Latina no es un fenómeno ideológico aislado ni puramente electoral, sino el resultado del uso por el poder de tecnologías de punta para manipular las emociones de las masas; la complicidad y subordinación a agendas imperiales y corporativas; y los errores, timideces y fracturas éticas de los propios gobiernos progresistas de la región, que no lograron transformar radicalmente las estructuras económicas y coloniales. Una deficiencia radica en que no profundiza sobre las dinámicas del pensamiento crítico actual en el continente y los debates en torno a la metamorfosis del imperialismo y la contrainsurgencia, examinando de manera detallada el impacto de la injerencia extranjera y la resistencia social. Los influencers, trolls y la contratación de periodistas son un factor importante en elecciones donde los partidos no lo son, donde la población no confía más en las elecciones, donde un 25% de los electores son politizados y la mayoría espera un obsequio para decidir su voto.

Uno de los puntos centrales en el diagnóstico sobre Perú es el papel de los medios de comunicación, que moldean las conciencias. Existe una hegemonía del poder económico y político que surge de los medios de comunicación altamente concentrados. La oligarquía, dueña del país, ejerce un control considerable sobre los medios y utiliza su influencia para moldear las decisiones políticas en su propio beneficio financiero. Esto crea un ecosistema donde los discursos dominantes cada vez son menos neutrales y cínicamente responden a intereses económicos y políticos concretos. Se caracteriza a los medios dominantes por su «postura económica y políticamente conservadora». Un informe de Reporteros Sin Fronteras de 2023 indicó que los medios de Lima seguían una línea editorial que apoyaba a la coalición gobernante, lo que evidencia una tendencia a alinearse con el poder establecido. Asociado a estos medios están los espectáculos y la desinformación; la programación se ha degradado con el fin de ganar un público principalmente sin formación crítica e incapaz de exigir contenido de calidad, priorizando la farándula, chismes, intrigas y la actualidad policial sobre la política. Esta dinámica se ha agravado con la difusión de desinformación, especialmente después de la crisis política de 2021, que genera polarización social y, dada la debacle ideológica, contribuye al «embrutecimiento» y la pasividad.

La memoria, la cultura y la educación.

Si ubicamos el tema en la lucha de clases, debemos remitirnos a la memoria y la hegemonía. Fernando de la Cuadra ofrece un análisis detallado, señalando la persistencia de estructuras de poder, explotación y deshumanización que provienen de la época colonial. Además, analiza cómo estos fenómenos se conectan con el crecimiento de fuerzas de derecha. Sobre el bolsonarismo, señala que los discursos de odio de la nueva derecha brasileña no nacieron con Bolsonaro, sino que fueron consecuencia de una diseminación previa. Para desterrar este proyecto, no bastan las urnas; es necesario desmantelarlo y reconquistar el espacio del debate democrático. Sobre el caso chileno, asimila la candidatura de José Antonio Kast a la de Jair Bolsonaro, afirmando que ambas se alimentan de la frustración de las clases medias y hacen una defensa abierta de la dictadura militar. Esboza conectar el auge de la derecha con la permanencia de estructuras coloniales y la frustración de sectores medios, viendo en figuras como Bolsonaro y Kast la expresión de un fenómeno que trasciende lo puramente electoral.

Mirando las cosas desde abajo y pensando en Chile, Perú, Colombia, Ecuador, Bolivia y Argentina, donde hubo un gran avance de la izquierda y de los movimientos sociales, a pesar de esto, se conservó siempre, paralelamente a la rebeldía, una mentalidad colonial: conservadora, autoritaria, servil, religiosa, sumisa y jerárquica; una cultura de derecha que ha crecido con la amenaza del comunismo, el terrorismo y la crisis. La estructura social, las clases y el racismo determinan una relación de obediencia al poder, al orden, a la autoridad, a la desigualdad y a la utilización de la pobreza. A ello hay que agregar el factor educativo más allá de la escuela: nos referimos al papel de la iglesia y la instrucción premilitar y cuartelaria, luego a la mediocridad educativa de la escuela y universidad pública y privada, un negocio de venta de títulos que favorece el embrutecimiento. Tenemos una memoria colectiva dividida por la historia de luchas por la gratuidad y los libros de texto, que hoy se diseñan para la sumisión, la traición, el miedo, el consumismo y la corrupción. Sobre esa memoria y cultura social y política, en medio del avance de la economía criminal, la derecha ofrece certezas, orden y modela las conciencias a través de la TV abierta y las redes sociales que captan a los jóvenes.

La relación entre educación y memoria es fundamental: ¿Un sistema que fomenta la autoridad, la obediencia y la sumisión? Una reflexión sobre la mediocridad educativa y su efecto en la conformación de una ciudadanía sumisa encuentra eco en los análisis sobre la educación en el país. Existe una brecha entre normativa y realidad: si bien existe una Ley General de Educación que estipula que los medios deben contribuir a la «formación ética, cívica, cultural y democrática de la población», la realidad muestra un sistema que no cumple este rol. La privatización y la mercantilización de la educación, sumadas a la influencia de medios que fomentan el consumo y el entretenimiento superficial, dificultan la formación de un pensamiento crítico y una ciudadanía informada.

A esto se suma la fractura en la memoria histórica: la historia de luchas sociales y violencia política en Perú ha dejado una memoria colectiva profundamente fracturada. La derecha ha sabido capitalizar el miedo al «caos» o al «comunismo», ofreciendo certezas y orden, mientras que la izquierda, con su ambigüedad, a menudo no logra conectar con las nuevas generaciones que no vivieron directamente esos episodios. La falta de una educación que integre críticamente este pasado permite que el discurso del orden y la autoridad tenga más peso.

En resumen, el caso peruano muestra cómo la concentración mediática en manos de élites conservadoras, sumada a un sistema educativo que no logra desarrollar plenamente el pensamiento crítico, crea un terreno fértil para que el discurso de la derecha, basado en el miedo y el orden, prospere, perpetuando así las estructuras de poder y desigualdad. A esta «guerra y colonización cultural» y batalla narrativa, suele argumentarse que la derecha ha sido más efectiva en la ocupación del espacio digital (redes sociales, podcasts) y en la simplificación de mensajes (anticasta, libertad individual), mientras que la izquierda tradicional es percibida como un discurso institucional y alejado de las preocupaciones cotidianas de los jóvenes y los pobres.

La brecha generacional en la memoria histórica: Se plantea que las nuevas generaciones no tienen la memoria viva de las dictaduras o de las crisis hiperinflacionarias que marcaron a sus padres, lo que diluye el «voto miedo» que tradicionalmente beneficiaba a la izquierda. Esto hace que la juventud se sienta más libre para experimentar con opciones políticas sin el lastre emocional del pasado. Existe una corriente crítica que analiza cómo la televisión abierta y las redes sociales operan como dispositivos de modelado de conciencias. La privatización educativa y el facilismo de los títulos suelen ser señalados como factores que contribuyen a una «mediocridad» que, en lugar de fomentar el pensamiento crítico, genera pasividad y facilita la penetración de discursos autoritarios basados en el miedo y el consumismo.

El agotamiento del relato de la «clase obrera», de las “vanguardias” y el declive del progresismo-

Algunos analistas observan que los jóvenes de sectores populares ya no se identifican con el concepto de «proletariado» o con las banderas del sindicalismo tradicional, sino que se ven a sí mismos como «emprendedores» o individuos en competencia, lo que los hace receptivos a discursos de mérito y austeridad.

El voto como castigo al statu quo: En esta lectura, la elección por la derecha no es necesariamente un abrazo ideológico al liberalismo, sino un voto de castigo contra los gobiernos progresistas que no lograron resolver la inseguridad o la inflación, o contra una clase política que se percibe como corrupta y distante. Es importante señalar que los análisis varían significativamente según el país y el contexto específico de la «ola rosa» o el «giro a la derecha» en cada región.

Esta reflexión intenta describir un diagnóstico muy completo y recurrente en el pensamiento crítico latinoamericano, conectando ideas que se organizan en torno a la persistencia de estructuras coloniales, el papel de los medios y la educación, y la construcción de la memoria histórica. La memoria histórica de luchas sociales y violencias estatales es considerada un campo dividido de batalla cultural. La derecha apelaría a un discurso de «orden» y «certeza» para capitalizar el miedo al «caos» o al «comunismo», mientras que la izquierda enfrenta el desafío de articular esas luchas sin caer en nostalgias que no conectan con las nuevas generaciones.

El progresismo, al adaptarse al programa neoliberal, perdió la capacidad de ofrecer un proyecto de futuro, de una utopía realista, un programa concreto. No es autocrítico y ni siquiera producen un objetivo ético. En un contexto de expansión capitalista, el individualismo y el consumismo conducen a la esclavitud perfecta (porque no sabemos por qué hacemos ciertas cosas, ni por qué defendemos un sistema más allá de que nos ofrece empleo y buenos ingresos para unos pocos). La aspiración es ser clase media con la expectativa de ser CEO de una trasnacional. Inglaterra y Estados Unidos, con sus universidades, permiten que muchos jóvenes sueñen con un futuro cada vez más alejado.

Ausencia de autocrítica de la izquierda, alejamiento de las masas, fragmentación en grupúsculos, dogmatismo y anclaje en un marxismo de manual

Estos son temas recurrentes y poco profundamente discutidos, menos aún desde sus propias filas. Lejos de ser un análisis externo, debería ser parte de un debate interno que busque entender las razones de su debilidad histórica y su escasa capacidad de ser una alternativa de poder real. Uno de los problemas más señalados es la incapacidad de la izquierda para presentarse como una opción política unificada y creíble ante la población. Por lo contrario, la mercantilización y privatización de la política ha conducido a que quienes tienen financiamiento tengan mas posibilidades de ganar una curul y lo que es peor, la mayoría de candidatos lanzan sus candidaturas solo por un interés egoísta en busca de privilegios.

Fragmentación extrema: La izquierda peruana se ha caracterizado por una batalla de caudillos y egos desquiciados que se traducen en una falta de voluntad real para el trabajo unitario. Esta dinámica, que prioriza las discrepancias ideológicas internas (basadas en un marxismo mal asimilado) sobre un proyecto común, la ha reducido a su «mínima expresión» política, expresada en grupúsculos autoritarios donde ninguna fuerza logra consolidar una mayoría. Esta fragmentación se acompaña de un distanciamiento de los movimientos sociales y las demandas populares, debido al oportunismo, el espontaneísmo, el burocratismo y la traición. Esta desconexión es crítica porque, al perder ese arraigo en el trabajo de la izquierda en el movimiento social (campesino, estudiantil y sindical), la izquierda se debilita en su rol histórico de articulación social.

Dogmatismo y falta de autocrítica: El peso del «marxismo de manual», el dogmatismo y la ausencia de autocrítica se dio tanto en los grupos subversivos como en los electoralistas; se presentan como vicios históricos que impiden una lectura correcta de la realidad peruana. Durante décadas, el debate de la izquierda estuvo atrapado en una disputa entre modelos internacionales (la Unión Soviética vs. la China de Mao), lo que llevó a que muchos militantes conocieran más la historia de esos países que la del Perú. Esta dinámica se describe como el uso de un «marxismo de manuales», superficial y desconectado de la realidad nacional. El propio surgimiento de la «nueva izquierda» en los años 70, aunque crítica del Partido Comunista tradicional, cayó a menudo en este mismo dogmatismo al definirse en función de modelos externos. Izquierda Unida se desintegró y SL-MRTA fueron derrotados; ninguno de ellos pudo hacer una autocrítica, y así llegamos al fujimorismo, a su caída en el 2000 y a su renacimiento en el 2016 con 73 parlamentarios de FP, y al 2026 tomando fraudulentamente el ejecutivo.

Izquierda Unida no tuvo una «desintegración» súbita con una fecha única, sino que fue un proceso de crisis y decadencia progresiva. La coalición, fundada en 1980, se fue desmoronando a lo largo de la primera mitad de la década de 1990, con un hito clave en 1995, cuando su participación electoral se redujo a su mínima expresión. Aunque el fin oficial se data en 1995, el proceso de fragmentación fue una constante. La coalición era una alianza de múltiples partidos (desde el reconocido por la izquierda como traidor, el Partido Comunista Peruano, hasta la corrupta organización Patria Roja) con diferentes ideologías, desde el socialismo democrático hasta el maoísmo como disfraz, lo que generaba constantes tensiones internas. Además, su alejamiento de los movimientos populares y la visión cortoplacista centrada en lo electoral, en lugar de articular luchas sociales, fueron erosionando su base de apoyo. Tras el autogolpe de Alberto Fujimori en 1992, el sistema político se reconfiguró por completo. En las elecciones de 1995, la izquierda ya no se presentó como Izquierda Unida, sino como pequeños grupos, obteniendo apenas 2 de 120 escaños en el Congreso. Este fue el golpe final que selló su desaparición como fuerza política relevante.

20 años después reaparece como Frente Amplio, que llevaba como candidata a Verónika Mendoza, consiguiendo un tercer lugar con 18.8% de los votos válidos. Y, 5 años después, reaparece electoralmente como alternativa al fujimorismo gobernante, ganando una coalición étnico-clasista con su candidato Pedro Castillo, bajo el rótulo de Perú Libre. Con estas grietas caudillistas, la izquierda llega dividida para las elecciones: Venceremos con Atencio, Ahora Nación con López Chau, Juntos por el Perú con Roberto Sánchez, y un infiltrado de Keiko, me refiero a Jorge Nieto con el partido de Buen Gobierno. ¿Hubo autocríticas en Izquierda Unida y hoy de las tres organizaciones participantes del 2026? Los primeros sí, parcialmente, como voces aisladas, aunque el diagnóstico sobre su alcance es mixto. Desde dentro de la propia IU hubo voces críticas que señalaban sus problemas estructurales. Rolando Ames, perteneciente a la coalición, ya en 1988 criticaba la desconexión de IU con el movimiento popular y su debilidad para articular las luchas sociales, lo que consideraba una causa de su erosión. La fragmentación y la falta de una autocrítica profunda y unificada fueron precisamente las causas de su fracaso como proyecto político nacional.

Tampoco hay una verdadera autocrítica tras la derrota de Sendero Luminoso y el MRTA. Existen procesos autocríticos documentados, aunque provienen principalmente de sus protagonistas sobrevivientes y no de las organizaciones como tales, que fueron derrotadas militarmente. La derrota generó en algunos de sus militantes una profunda reflexión, que se plasmó en libros y testimonios. El caso más emblemático es el de Alberto Gálvez Olaechea, exdirigente del MRTA, quien presentó un video ante la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) en 2003 y desarrolló sus ideas en libros como Desde el país de las sombras (2009). Su testimonio permitió un diálogo con el informante que fungía de experto en contrainsurgencia Carlos Iván Degregori, miembro de la CVR, que ejemplifica el encuentro entre diferentes formas de procesar una derrota generacional. En contraste, no se encuentran registros de un proceso autocrítico público y similar de parte de Sendero Luminoso, cuya naturaleza caudillista, dogmática y vertical hacía improbable tal ejercicio.

La figura de José Carlos Mariátegui se presenta como el principal referente para superar este problema. Su llamado a «Ni calco ni copia, sino creación heroica» se contrapone al «marxismo fosilizado» que ha predominado. La discusión se enmarca en la idea de que es imposible transformar una realidad que no se conoce en profundidad, y que el error histórico fue priorizar la teoría de manual por encima del estudio de la compleja realidad peruana.

Las estadísticas sobre participación política ofrecen una pista decisiva para quebrar este modelo: revelan que cerca de un 40% del electorado —mayormente compuesto por jóvenes y sectores populares pobres de las zonas postergadas— decide no acudir a las urnas o votar en blanco o viciado. Este ausentismo no responde a la apatía, sino a un legítimo desencanto frente a una rosca institucional de derecha y del progresismo neoliberal que no ofrece respuestas materiales elementales. Mientras la ultraderecha intenta capturar ese malestar a través del clientelismo y el individualismo, el campo nacional y popular tiene el desafío de traducir el abandono en organización comunitaria y partidaria, recurriendo a esa potencia territorial desde abajo para construir la mayoría que la política tradicional ya no convoca.

Reinicio del debate fundamental

La necesidad de una nueva conciencia política y la lucha por lasoberanía.

Necesitamos de una nueva conciencia política verdaderamente transformadora que, partiendo de la memoria de los de abajo, rechace el lugar que el poder nos asigna y decida escribir, colectivamente, una historia diferente. Significa construir poder desde abajo de forma autónoma, en una integración desde la lucha que configure clases beligerantes y antagónicas a los poderes políticos, estatales y privados, prescindiendo de pedir reconocimiento, asimilación o postración a quienes administran la exclusión, el despojo, el saqueo y la explotación. El objetivo real es disputar el derecho de las mayorías a definir el proyecto de país, de cada región, ciudad, pueblo o campo en el que queremos vivir, sin buscar un simple cambio de roles o la creación de nuevos privilegios, sino destruyendo las desigualdades de raíz.

Se hace indispensable reiniciar un debate acerca del Estado, la democracia, la patria, la soberanía, la representación y el sufragio, las formas de participación y gestión popular y comunitaria, las fuerzas armadas y policiales, el monopolio y el uso de la fuerza, el derecho a la rebelión y la construcción de una alternativa popular que enfrente de manera decidida la avanzada de la derecha y las limitaciones del progresismo. Al parecer, no es posible destruir al neoliberalismo, que no es mas que el capitalismo colonial contemporáneo, respaldado por las FFAA y otros poderes fácticos, vía el solo sufragio.

De acuerdo con López y Rivas necesitamos construir la nación pueblo, que en boca de Mariátegui sería para el caso peruano: peruanicemos al Perú. Señala López: “En el socialismo puede surgir la «nación-pueblo», que implica «una nueva relación del pueblo con el territorio, con sus recursos naturales, conquistándose, de hecho y de derecho, la soberanía popular».2 Una nación que «reconoce de manera efectiva el carácter multiétnico y plurilingüe de la nación» y que «rescata, construye, crea y recrea una nueva cultura, la cultura nacional-popular». No es pura teoría: es un proyecto político

Una enseñanza boliviana nos es trasmitida por Jhonny Peralta Espinoza, quien desconfía de las miserias de la clase media (individualista amenazada por el miedo, la incertidumbre, la desconfianza) y solo tiene expectativas en: “la rebelión indígena popular (que…) nos demostró que la batalla cultural no es sólo cuestión de ideas, de teorías, de relatos seductores, de mensajes a colocar, sino que tiene que ver con prácticas, con experiencias, con sacudidas de la vida capaces, según explica la tradición materialista, de generar nuevas visiones del mundo.”3. En Perú la izquierda no se propuso nunca organizar a originarios y afrodescendientes, solo utilizarlos en la guerra o en las urnas.

Notas:

https://cronicon.net/wp/la-ventana-de-la-incertidumbre-y-los-nuevos-desafios-del-sujeto-popular/

2 López y Rivas, G. (2026, 10 de julio). Cuestión nacional y nación (II). La Jornada.

3 Jhonny Peralta Espinoza, La rebelión indígena popular, la única escuela de politización, Rebelión,  08/07/2026 

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.