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El Salvador

Gorilas en la niebla

Fuentes: Rebelión

Imagine que unos amigos le piden usar parte de su casa para realizar actividades de las que no piensan informarle absolutamente nada. Sería muy lógico que no se los permita o que al menos les exija someterse a sus propias condiciones. Quizás porque no pensamos realmente que El Salvador sea Nuestra Casa, los salvadoreños actuamos […]

Imagine que unos amigos le piden usar parte de su casa para realizar actividades de las que no piensan informarle absolutamente nada. Sería muy lógico que no se los permita o que al menos les exija someterse a sus propias condiciones. Quizás porque no pensamos realmente que El Salvador sea Nuestra Casa, los salvadoreños actuamos de manera diferente: los militares estadounidenses montaron una base en Comalapa, en la que hacen lo que quieren y sin tener que informar a las autoridades salvadoreñas. Mientras tanto, el gobierno de Funes no tiene el valor de exigirle al gorrón de John Wayne que se vaya y, para más escarnio, incluso está pensando en colaboraciones que son una auténtica amenaza.

Hay mucho más que mera gorronería en todo esto. En su libro El águila despliega sus alas de nuevo: Un Continente bajo amenaza, la investigadora mexicana Ana Esther Ceceña explica la estrategia militar estadounidense, que tiene como elemento esencial el establecimiento de bases militares en América Latina, entre las que se encuentra la de Comalapa. Si bien no es muy impresionante comparada con las 13 bases gringas en Colombia (entre instaladas y proyectadas), su ubicación es fundamental para el Pentágono, quien emprende en estos momentos una ofensiva clara contra algunas repúblicas suramericanas, aunque su interés esencial sea más ambicioso: establecer la infraestructura militar que le permita una rápida intervención en cualquier país del Continente, empresa muy útil si hace falta apoyar un golpe de estado o garantizar el éxito de una invasión.

Con este telón de fondo debemos leer el reciente viaje de Funes a Colombia. Las declaraciones de nuestro presidente, en las que elogia al país de los «falsos positivos», no son lo más grave, sino que pretenda revivir un pacto con una fuerza militar tan conservadora, represiva y pro yanqui como la de ese país. Ideológicamente, se ha querido vender como una estrategia de lucha contra el «narcoterrorismo», que se suma ahora al papel de espantapájaros que ha tenido siempre el «miedo al comunismo». ¡Amenaza roja y peligro en polvo! Sin embargo, no es un movimiento aislado, dado el incremento de capital colombiano desembarcando en nuestras costas. Son lazos que llevan una mezcla explosiva: drogas, pólvora y dólares. ¡Ah, las guerras del capitalismo!

El narcoterrorismo es el núcleo de la nueva estrategia contrainsurgente. Ideas quiere la guerra y la última que se les ocurrió a los dirigentes gringos fue la de la amenaza del narco. No hace falta ser un genio para saber que la tragedia que representa el narcotráfico terminaría si se despenalizara el consumo y se dejara de perseguir a los traficantes, pero a estas alturas es bastante evidente que a los funcionarios estadounidenses y a sus secuaces de este lado del Río Grande no les interesa resolverla, sino explotarla como el inmenso negocio que es: vendes droga, vendes armas y tienes estupendas excusas para intervenir militarmente en las naciones que no se someten (como quieren hacer en Bolivia, contra Evo). ¡Y los muertos los ponen los pobres de ambos lados! ¿Se puede pedir más?

Los militares yanquis se preparan para nuevas guerras y quieren que los acompañemos. Aguzando la visión se puede ver a los gorilas del Pentágono, agazapados tras la niebla de la desinformación y rodeados de una multitud de primates de nuestras latitudes. La historia militar es especialmente triste en nuestro país, por eso no podemos asistir indiferentes a los brincos de los chafarotes. Y más increíble es que «el gobierno de la izquierda» se deshaga en regalos y sonrisas para los militares salvadoreños. Al menos los areneros eran congruentes con su ideología, al apoyar la infame guerra de Bush El Tonto, en Irak; pero es vergonzoso que el FMLN no tenga una idea mejor para la seguridad del país que refugiarse bajo las casacas de los militares y aplaudir a Obama I, Gran Señor de la Guerra Global.

Una advertencia: en ningún momento quise ofender a esos magníficos animales que son los gorilas. Sin embargo, soy heredero de la jerga de los setenta, que consagró la palabra para referirse a los militares. No cabe duda de que aquella (aún no tan) vieja película, El planeta de los simios (Franklin J. Schaffner, 1968), les hizo una pésima propaganda a estos nobles, inteligentes y pacíficos animales. Pero también es cierto que el gorila de muchas pesadillas latinoamericanas habita aún entre nosotros y aquellos que se inspiran en su efigie han recibido más reconocimientos de los que merecen.

No estoy de acuerdo con el alargamiento del servicio militar obligatorio, aun si se argumenta que no hay otra clase de trabajo para los jóvenes. Para un país como El Salvador, fomentar el militarismo no es una opción. Esa institución hizo una guerra contra su propio pueblo y nunca se arrepintió de nada; en todo el territorio, no se me ocurre otra que deba generarnos más desconfianza. Y no vale decir que «los jóvenes acuden voluntariamente a las convocatorias», pues a eso los empuja la pura y brutal necesidad, y quizás el terror a emprender un viaje sin retorno hacia El Norte. Tampoco es cierto que «no hay que preocuparse, pues no estamos en guerra», ya que, como señalé al inicio, está claro que los chafas gringos se mueren de ganas por hacer «unas dos que tres».

Pero hay algo más: el militarismo es vulgar ideología, además decadente y antihumanista. Es posible que en algún país del mundo o en alguna época pretérita y olvidada los ejércitos no fueran militaristas, pero nunca ha sido así en El Salvador. No es cierto que a los jóvenes se les enseñe disciplina y servicio, mucho menos valores cívicos. No necesitamos la obediencia ciega ante ningún uniforme ni el servilismo ante el rico y el poderoso; tampoco nuestros valores deban ser los de quienes se sienten muy machos abusando de los pobres y los débiles. Que nuestros hijos e hijas sirvan a la Patria, muy bien, pero no con un fusil en sus manos ni estupidez criminal en sus cabezas.

Carlos Molina Velásquez. Académico salvadoreño y columnista del periódico digital ContraPunto.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.