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Irán: receta para unas ronchas insoportables

Fuentes: Rebelión

George Walker Bush, «benemérito» presidente de los Estados Unidos de América -y en su subconsciente de todo el mundo, al parecer-, se regodeó en la «deslegitimación» de las elecciones iraníes tan pronto éstas se realizaron, hace unos pocos días. Conforme a su leal saber y entender, el hombre deploró «la influencia decisiva de los ayatolás […]

George Walker Bush, «benemérito» presidente de los Estados Unidos de América -y en su subconsciente de todo el mundo, al parecer-, se regodeó en la «deslegitimación» de las elecciones iraníes tan pronto éstas se realizaron, hace unos pocos días. Conforme a su leal saber y entender, el hombre deploró «la influencia decisiva de los ayatolás en el proceso».

«Nunca son justas y libres cuando un grupo de gente, gente no elegida, decide quién se presenta», dijo Bush, olvidando como de pasada que, si nunca se deben tirar guijarros al techo del vecino, menos se lanzarán con el techo propio de vidrio. Y de puro vidrio está hecha la techumbre de la actual administración estadounidense. El fraude que, para anidar en la Oficina Oval, cometieron George junior y sus conmilitones -entre los que descuella el hermanito Jeb, gobernador del rumboso estado de Florida- representa una limitación vitanda a la hora de juzgar a los demás.

A todas luces, el empecinado cowboy tejano no se acostumbra a otros usos que los de una democracia en ayunas de prestigio como paradigma de una libertad imposible. La estrechez de miras se impone cuando del ajeno se trata. Y antes de determinar casi desde las antípodas geográficas e ideológicas cuánto de aceptable para su pueblo conlleva la estricta ortodoxia islámica de los chiitas iraníes, un observador imparcial debería reparar en el hecho de que el Tío Sam nunca está de acuerdo con lo que sucede en la antigua Persia…

Bueno, ahora hemos caído nosotros en un absolutismo de cariz busheano, sólo que en sentido contrario. Leyendo al historiador norteamericano Immanuel Wallerstein, constataremos que sí, que los jerarcas gringos estuvieron de acuerdo… en respaldar, con Gran Bretaña, un golpe militar que implicó la desnacionalización del petróleo, proclamada por el primer ministro Mohamed Mossadegh, laico de clase media, y en el retorno del Sha de un exilio dorado. Ya en 1953 la CIA comenzaba a dar muestras de su «amor» por Irán.

De acuerdo se mantuvieron con ese sha, Reza Pahlevi, que «brilló» por un autoritarismo y una represión puestos al servicio del postor que lo reinstaló en un trono dorado, por más señas. Pero cuando, en 1979, el monarca resultó derrotado, entonces no por nacionalistas laicos sino por militantes islámicos, dirigidos por el ayatolá Khomeini, ¡zas!, el gobierno de Washington recordó que vino a la tierra a disentir. Y detonaron unas disensiones que lo llevaron a proclamar a Irán el Gran Satán, después de que un grupo armado mantuviera durante 444 días tomada la embajada norteamericana, con numerosos rehenes dentro, con el propósito de que los EEUU entregaran el Sha a la justicia popular.

Pero esas son cosas del pasado, como del pasado es la táctica gringa de insuflar ánimo al mandatario iraquí Saddam Hussein para que éste desatara una guerra contra el vecino díscolo, guerra que sumiría a ambos Estados en el abismo de pérdidas multimillonarias, incluso de vidas humanas… Ya sabemos que George Walker no es muy ducho en Historia. Por eso se centra en el presente. Y del presente se duele. Aparentemente, por el hecho «tremebundo» de que el nuevo presidente iraní, Mahmoud Ahmadinejad, siendo alcalde de Teherán clausuró restaurantes de comida rápida (¿qué harían esos pobres mortales sin fast food?) y obligó a sus empleados a usar barbas y camisas de mangas largas, algo acerca de lo cual la prensa occidental, lampiña e informal en el vestir, se ha despachado a su gusto.

¿El cese de la exhibición de las pantorrillas entre las vistosas jóvenes persas más a la moda? No creemos que precisamente la pérdida de esa opción personal, tan higiénica para la salud de las mozas y la vista de los paseantes masculinos, y para la flexibilidad de todo un sistema de reglas morales, haya de preocupar tanto al dueño del mundo (conforme a su subconsciente, claro). ¿Por qué la Casa Blanca anda asustada con la asunción al poder del «barrendero de las calles de la nación iraní», como se proclama el electo estadista, ingeniero doctorado y de raigales convicciones islámicas, en el sentido de que luchará sin tregua contra la corrupción? ¿Por las famosas pantorrillas o por las intenciones concentradas en ciertas frases? Citemos. «La riqueza más importante de nuestro pueblo hoy es la industria petrolífera. Estoy seguro de que si establecemos un ambiente de mayor transparencia y si obramos de suerte que una parte de la explotación pueda llevarse a cabo por nuestro propio país, seremos capaces de ahorrar mucho dinero.»

Nada de pantorrillas. Como aclara un editorial de la Vanguardia Digital (España), el triunfo de Mahmud Ahmadeinejad, de 49 años, sobre el candidato y ex mandatario Hashemi Rafsanjani constituye un tsunami que pone fin a ocho años de tímidas reformas y provoca escalofríos en Occidente. Ahmadinejad llegó a la presidencia -segundo escalón del poder tras el guía supremo de la revolución, el ayatolá Alí Jamenei- con la promesa de una «sociedad islámica ejemplar y poderosa», de ¡favorecer las compañías petroleras nacionales! (Irán es el segundo productor mundial de crudo) y desarrollar plenamente la tecnología nuclear para uso pacífico, tenido en cuenta el anunciado próximo agotamiento del hidrocarburo en escala planetaria. Para empeoramiento de las ronchas instauradas por su fuero en la quebradiza piel de los líderes del reino de las finanzas, en sitio privilegiado los norteamericanos, y sus adláteres vestidos de militar, el recién estrenado gobernante ha declarado lo impronunciable, el tabú: Las relaciones con los Estados Unidos no sólo no son prioritarias, sino que la propia elección popular representa un jaque mate para los enemigos…

Más que la posible radicalización religiosa, con especial acento en la falta de derechos de la mujer, deplorada por el diario de marras, a Occidente ha de dolerle, picarle, la intransigencia anunciada para con su penetración en Irán. Y el que Ahmadinejad y el ayatolá no cedan posición en el enriquecimiento del uranio en las negociaciones con la Unión Europea. Por eso Occidente se decantaba por el «mal menor», un Rafsanjani que abogaba por mejorar las relaciones, y ahora está silenciando de alguna manera ciertas palabras conciliatorias de un novísimo mandatario empeñado en no parecer el primitivo que, como sambenito endilgado por los políticos rivales de dentro y de fuera, le cuelga del cuello de la camisa, de mangas largas.

Esperanzas frustradas

Bush y los demás «rectores» del civilizado Occidente andan de capa caída porque ansiaban el derrumbe del régimen teocrático. Y como opina el colega Eusebio Val, de La Vanguardia, la aparente consolidación del sector «duro» no es tampoco buena noticia para los Estados Unidos porque podría complicar aún más la «estabilización», bajo la férrea égida foránea, de los levantiscos Iraq y Afganistán, países con los que Irán comparte fronteras y sobre los cuales ejerce gran influencia.

Se equivocaron los analistas que juzgaron al pueblo iraní hastiado de tanta ortodoxia religiosa. Evidentemente, pesan más en su ánimo la necesidad de bogar hacia una igualdad pregonada pero no cumplida cabalmente, la anunciada lucha contra el desempleo… y quizás el cansancio de ver que, mientras el régimen reformista del presidente Jatami se debatía con fuerzas tildadas de conservadoras en el plano interno, lo único que los moderados han recibido del exterior ha sido una demonización global.

Y como hay analistas y analistas, como puntos de vista hay, y como realidades distintas, para unos cuantos la contundente victoria de Mahmud Ahmadinajed, con más del 60 por ciento de participación popular, así como el apoyo mayoritario de los más desposeídos y del campo, supone la reafirmación de que esa nación mantiene su propia cultura política, «incomprendida» por Occidente. A ojos vista, sobrevive el espaldarazo a la revolución islámica.

Ya algunos grandes medios reconocen que «sólo un sector de la población no comulga con el régimen y la falta de libertades públicas»… a la occidental, por supuesto. La pregunta del millón sería: ¿Actuaría Occidente con la flexibilidad de un Ahmadinejad que, por lo pronto, ha dicho se propone gobernar sin extremismos? Tal vez sea improbable encontrar en el lado opuesto, el «civilizado», una actitud conciliatoria como la de un ortodoxo islámico que, para apaciguar las inquietudes de los círculos financieros internacionales, se ha avenido a asegurar: «Queremos fomentar las inversiones nacionales y extranjeras», si bien «me propongo tratar con prioridad las empresas, especialistas, inversores y trabajadores iraníes en nuestro sector petrolífero».

No pecamos de aves agoreras, no. Sólo que la arrolladora diatriba contra la dirección del Estado persa no presenta signos de finitud. Quizás hasta el mero asunto de ser y proclamarse diferente ha levantado esa dolencia que se manifiesta en largas e inclaudicables ronchas en la piel de los Estados Unidos de América. De Occidente. «Pues al médico, señores», parece ser el cortés consejo de los revolucionarios iraníes.