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Si bien la Copa Mundial de la FIFA es, históricamente, un negocio privado altamente rentable, que aprovecha la pasión de las aficiones y el despliegue en un aparato global de comercialización que de manera sincronizada actúa sin mecanismos reguladores de su condición monopolística, no por ello deja de exponerse a tropiezos y a problemáticas imprevistas como parte de la misma voracidad de quienes organizan la justa mundialista.
La gravitación de los procesos de globalización, especialmente en su vertiente económica conducida por el mantra del fundamentalismo de mercado, hacen suponer a los puristas que la iniciativa privada funciona con eficiencia sin la interferencia del Estado en el proceso económico.
Existe una contradicción central en torno –y subyacente– al fútbol contemporáneo: por un lado, el fútbol a lo largo del tiempo se erigió entre los sectores populares como un territorio de disputa respecto a las significaciones y la construcción de sentido y de identidades entre las colectividades.
La Las élites tecnoaristocráticas se asumen a sí mismas como asignadas para gobernar a las sociedades contemporáneas.
La privatización de la conciencia y la depredación y privatización del Estado son una constante en las pretensiones de las oligarquías y de las élites plutocráticas, cuando menos desde el siglo XX.
México, históricamente, cuenta con una afición futbolera que podría ubicarse entre las más involucradas, entregadas, hospitalarias e intensas del mundo. Así se observó en las copas mundiales de fútbol de 1970 y 1986.
El fútbol es un deporte/espectáculo históricamente vinculado al vuelco de las masas y a la expresión desaforada de sus emociones en el estadio o ante la pantalla.


