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El imperialismo sabe que, para destruir una nación, debe destruir la voluntad de quienes sostienen el tejido social. En la guerra híbrida, la mujer no es una víctima pasiva, sino una combatiente que reorganiza la voluntad colectiva en cada comuna y en cada territorio.
Espacios de unidad y cooperación nos convocan a defender con fuerza —desde el campo popular—, una paz anclada sobre bases sólidas de soberanía nacional, desarrollo sostenible y justicia social.


